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sábado, 22 de enero de 2022

Cuando los árboles quieren para ellos la puesta de sol



 


Cuando he salido a paear esta tarde, el cielo presentaba una formacion de nubes que no presagiaban una puesta de sol genial. Pero con el cielo nunca se sabe y el sol a ultima hora de la tarde a ido desgajando las nubes y ha comenzado a colarse entre ellas, produciendo en el campo los contrastes de esas tardes en que unos rayos calidos, dorados tirando a rojo, iluminan y sus sombras apagan los alrededores.



Muchas veces, a lo largo del camino, cuando andas junto al arroyo, ahora en silencio por la falta de lluvias, y miras hacia el cielo, las ramas desnudas de los arboles de ribera tejen unos bordados maravillosos que destacan contra el gris y el azul tímido del cielo. Bordados increíbles a los que hay que mirar para disfrutarlos.



Contrastes, luces y la negrura que ellas mismas producen, alargándose loma arriba o regocijándose en unas matas que agradecen ese calor frio de ultima hora de la tarde, donde confluyen luz y oscuridad, calor y helada y con un poco de suerte cielo y estrellas



Incluso en las matas ya viejas que esperan las lluvias para fecundar de nuevo el suelo, la luz de la tarde, esa luz fría del invierno, da vida, color cálido y contraste a la naturaleza muerta que se resiste a morir definitivamente. El hinojo aguantara hasta que las nuevas matas comiencen a surgir y ya no quede ni la mas mínima semilla en su cáliz.


El sol se esta escondiendo. Los contrastes de luces y sombras son acusadísimos. Solo en las cumbres de Guadarrama, con rastros de nieves perezosas, la luz cálida aun ilumina. Quedan cinco minutos antes de que el astro rey se acueste definitivamente.


El sol ya no es visible. Solo se sabe que existe porque se dedica a pintar a las nubes, que los árboles, de las calles que miran a poniente, quieren adueñarse de él. 


Color. Color escondido en cada pliegue de la nube; la paleta de tonos varian desde un rojo anaranjado a un gris marengo realizando en el cielo de cada calle un maravilloso cuadro, al que hay que mirar por encima de las copas de los árboles y de las luminarias de las altas farolas.



Otra calle mas. Otros árboles. Han pasado cinco minutos entre calle y calle por culpa del andar cansino de Coco que no sabe lo que es andar deprisa. El paseo que debía durar cuarenta minutos se convierte en una hora y media. Hay que arrastrarla con la voz: ¡corre Coco que se hace de noche!


Y de noche se esta haciendo. El cielo adquiere tonalidades rojizas que en cualquier instante se perderán en los grises que preceden a la noche. Difícil mirar sin encontrarse ramas de por medio, pero la belleza esta ahí, reclamando una mirada que muy pocos alzan. Pintura infinita en el tiempo que los humanos dejamos escapar muchas tardes, demasiadas, absortos en querer bajar unos gramos mas o en un aparato que solo nos hace mirara hacia abajo.


La hojas de un árbol despistado, que las mantiene a estas alturas del invierno, cierran el ciclo de la puesta de sol de hoy. El sol, demasiado cerca de América ya, se ha cansado de atravesar con sus rayos la atmosfera y los colores se pierden definitivamente para dar paso a la noche. ¡Corre, Coco, que se hace tarde! 
Feliz día. Cuidaros
Antonio 


domingo, 16 de enero de 2022

Mirando al cielo y a la tierra.

 

El viernes pasado fue un día estupendo por muchas razones.


Una de ellas poder darme un paseo por el Real Jardín Botánico de Madrid, en un día radiante, con un cielo limpio y una tranquilidad pasmosa dentro del recinto.






Me di cuenta que en invierno hay que mirar arriba y abajo; observar el cielo a través de unos árboles prácticamente desnudos y de otros que anticipándose a la primavera aprovechan la luz para empezar a sacar hojas nuevas. Y aquellos otros perezosos que quieren conservar a toda costa sus hojas para dar color al cielo azul.




La esbeltez de los pinos, machacados por la nevada del año pasado, y arreglados y cuidados por el personal del Jardín, aumentan la perspectiva; te sientes pequeño, indefenso ante la magnitud brutal de todo lo que te rodea, ya sea en magnitud física o en magnitud temporal. Eres un enano que observa lo que generaciones antes lo han hecho, desde que al rey Carlos III se le ocurrió la idea de trasladar aquí las plantas de todos sus reinos.

Pero también hay que mirar al suelo, donde las sombras dibujan extraños túneles en los paseos que las parras de las vides llenaran cuando las temperaturas y el sol, en un acuerdo que llega todos los años, decidan que la savia tienen que volver a discurrir por las cepas viejas y retorcidas de multitud de variedades distintas.

Y qué decir de las aves, palomas, mirlos, estorninos, urracas. etc. que encuentran entre las hojas, en el suelo de los cuarteles florales, infinidad de alimentos, desde semillas a las lombrices que oxigenan y enriquecen los suelos.

Los colores, esos maravillosos tonos distintos que el invierno ha heredado de otras estaciones iluminan el horizonte, como si un maravilloso paisajista hubiese cogido sus pinceles y pintado sobre el cielo como lienzo, la belleza maravillosa del mundo vegetal.

Y allí en el suelo, un único agujero nuevo, estaba preparado para recibir un rosal. Un rosal llamado Afrodita que enriquecerá esta primavera con sus flores el lugar donde ha sido plantado.





Mirar arriba y abajo, en todas las direcciones que quieran nuestros ojos y contemplar belleza. En un jardín botánico se puede disfrutar también del invierno y sentir la belleza del mundo vivo que nos rodea.

Y si a todo esto le agregas para rematar el día una comida agradable…

Feliz día, cuidaros, y mirara arriba y abajo y veréis, descubriréis, mundos fantásticos que se pierden muchas veces por nuestra falta de interés, por conocer lo que nos rodea.

Antonio