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domingo, 24 de mayo de 2020

Fantasmas en mi casa-

 
Cuando nos trasladamos a nuestra vivienda actual, hace ya veinte años, no esperábamos encontrarnos con los acontecimientos que se dieron al cabo de un tiempo.
La vivienda era agradable, capaz de albergar a los siete miembros de la familia, a los dos perros y a la cotorra, dando espacio a cada uno.
Todo empezó un día que escuche una conversación entre mi mujer y una de mis hijas en la que hablaban de presencias en la casa. Pregunte y obtuve por respuestas que ellas tenían la sensación de que había alguien, que no era de este mundo, conviviendo con nosotros en la casa, incluso se percibían malos olores (olores que yo había achacado a un mal funcionamiento de cañerías de desagüe)
 
La cosa empezó a ponerse seria cuando un día festivo, que comíamos los siete en casa, mi mujer que venía andando por el pasillo con la bandeja del aperitivo fue a dar de bruces al suelo. Un estrépito bestial y mujer y bandeja por el suelo, vasos rotos y el aperitivo esparcido por encima del parqué.
Solo decía: “Alguien me ha puesto la zancadilla, alguien me ha puesto la zancadilla”




A partir de ese momento empecé a tomarme las cosas en serio, pero más cuando un día que estábamos tranquilamente en el salón, un tomo, de la colección de Blanco y Negro, salió despedido de la parte alta de la librería y fue a parar a los pies de una de las sillas de la mesa del comedor.
¿Cómo salió aquel recordatorio de años pasados volando solo de la librería? Aun nos lo seguimos preguntando. ¿Cómo era posible que aquel volumen de mas de un kilo hubiese volado casi tres metros.

Después con los sucesos siguientes comprendimos definitivamente que había que pedir ayuda aunque nos íbamos haciendo a la idea de tener que compartir vivienda con nuestros fantasmas invisibles.
Una tarde mis hijos estaban de cháchara con amigos y primos en el salón de casa con las puertas que dan al hall abiertas.
Mi sobrina de repente vio entrar a una persona que no conocía y pensó que era alguien de fuera que había venido. Lo comento con mi hija y sabiendo que nosotros no estábamos en casa fue con uno de sus primos a investigar. No había nadie. Se miró por toda la casa y no se descubrió a nadie ni a nada.
Otro día una botella de dos litros de Coca-.Cola empezó a desplazarse sola por el suelo ante el pasmo general de la concurrencia. La botella estaba detrás de las mesas del centro de sofás y a su lado no había nadie que pudiese tocarla y menos desplazarla.
A mí personalmente a parte de la caída del libro, que solo oí, no la vi, hasta ese momento no me había pasado nada en particular y no había visto nada tampoco, pero ante tal cantidad de historias algo realmente tenía que estar pasando.
Los que sentían la presencia de esas “animas”, decían que por las noches tenían la sensación de que les agobiaban, que no dormían a gusto y que sentían como si estuviesen arrimándose a ellos.


A mí personalmente me han sucedido dos encuentros que os voy a narrar a continuación:
Una noche sentado en un sofá de casa, con las contraventanas de la calle echadas, las luces apagadas y solo la televisión encendida; me estaba fumando el último cigarrillo del día. Cuando el cigarrillo estaba por la mitad, eso lo recuerdo muy bien, apague la televisión y me quede a dar las dos últimas chupaditas al cigarro con la luz apagada.
De repente, como si surgiese de detrás del sofá, una luz rectangular, un poco más grande que un folio y de un grosor de medio centímetro empezó a correr por el respaldo en dirección a la zona de asiento. No era una ilusión. Aquello tenia volumen y parecía amoldarse de una manera increíble al respaldo del sofá y a un cojin de esos pequeños que se ponen de apoyo.
No me asuste. Es más me quede mirando aquello asombrado. Vi como descendía lentamente y poco a poco se introducía entre el respaldo y uno de los tres cojines, hasta que desapareció totalmente.
Tan extrañado estaba y tan tranquilo que decidí levantar el cojín a ver se allí debajo seguía aquella cosa brillante, con volumen y luminosa. Pero allí no había nada.
Me quede un rato más en la oscuridad del salón y no pasó nada. Y muchas noches que me he sentado a oscuras aquello no ha vuelto a repetirse.
Pero lo que sí es cierto que a los cinco minutos iba encendiendo las luces de toda la casa para llegar a mi dormitorio.
Cuando lo conté en casa todos me dieron la bienvenida al club de los fantasmas.
A mí me pasaba lo que a santo Tomas: había que ver, para creer.
El segundo encuentro me dio cierto miedo.
Tenía que sacar a mi perra, era de noche.
En el hall de casa le puse la cadena, abrí la puerta de la escalera, apague la luz y salí al descansillo. La perra, muy tranquila ella, al salir se paro ante el tramo de escalera y gruño. Lógicamente giré la vista hacia donde miraba la perra y en la meseta intermedia como si estuviese sentado se veía la figura de una casulla de monje sin nadie dentro.
Había cerrado la puerta y corrí a dar la luz de la escalera, mientras la perra seguía mirando hacia la meseta.
Cuando di la luz y volví a mirar, allí no había nada y la perra quería subir a husmear.
Abrí de nuevo la puerta de casa y entre a beber un vaso de agua y a que se me quitara el susto.
Hace tiempo que parece que se han marchado. Ya no notamos presencias, ni que las cosas cambien de sitio o que desaparezcan sin motivo alguno. Pero aquellos años fueron realmente duros para los que lo sentían, tanto que estuvimos a punto de cambiarme de casa.
Nada más, espero que sensaciones y vivencias de este tipo no las tengáis, pues aunque no te asustes, siempre dejan un resquicio de interrogación, cuando no de temor.
Sed felices.
Antonio

lunes, 19 de diciembre de 2016

La biblioteca y yo

Estoy solo en casa.
Solo la música del Mp3 me hace compañía. Se van sucediendo una tras otra las distintas entradas de música clásica, Haydn, Mozart, Chopin… Son como una especie de reloj, cada una va marcando las horas, cada una a su ritmo, cada una expresando sentimientos distintos, pero en el fondo todas, absolutamente todas, son las más bellas ecuaciones matemáticas que jamás se pudieron escribir.
El romanticismo de Listzt suena ahora. El piano parece querer transportarte por encima de las olas en una melodiosa composición dedicada a Venecia y Nápoles.
Mientras esto sucede en los intrincados laberintos de transistores del aparato, me voy fijando en mí alrededor. 


La librería está algo desordenada, pero me da una pereza enorme meterme  a colocarla en condiciones, entre otras cosas por el polvo que los libros acumulan y que mis pulmones rechazan.
Un vagón de tren, sigue guardado en su caja esperando que mis manos lo coloquen sobre la vía y comience a andar en su viaje por el país de Liliput.


La Empusa pennata metálica que me regalo Julio sigue mirándome con sus patas delanteras alargadas como si quisiera agarrarme como a cualquier otro insecto.
Un antiguo GPS, de aquellos primeros que había que meterles el mapa, duerme plácidamente entre los libros de uno de los estantes haciendo ver que los sujeta.


Las dos brujas que penden de las estanterías me miran con cara de lo que son. Una navega por los estantes encima de su escoba y la otra parece danzar un baile macabro. Le iría fenomenal tener al lado la olla donde preparar los mejunjes mágicos con los que poder hechizar a todas las bellas Blanca Nieves existentes en el mundo.



La colección de CDs están ahí, quietos, seguramente celosos que un aparato tan pequeño contenga tantos de ellos en su memoria. Estan todos juntos, pero cada uno en la soledad de su caja esperando que llegue el momento de poder vomitar todo lo que llevan en su interior.


Los abuelos, parecen querer decirme desde su retrato del día que se casaron, que la soledad que siento ahora mismo, aquí en la habitación solo, es una cosa temporal. El abuelo era alto, con bigote, un gran vividor. La abuela era pequeñita, la recuerdo siempre vestida de negro, con aquellos zapatos grandes, sentada en el silloncito rojo haciendo ganchillo mientras rezaba un eterno rosario que a mí me parecía no acabar nunca.


Tengo que arreglar la estantería del equipo de fotografiar. Es un desastre. Tengo que organizar que todo este más ordenado, mejor colocado, pero es difícil pues nada es lo suficientemente recto como para poder sostenerse por si solo.
Hay una estantería que siempre me da pena mirarla y es la de los grandes libros que se utilizan muy pocas veces. Tratados de música, de mi mujer, geografías de muchos países del mundo, la mayoría de las cuales se quedan atrasadas nada más salir de la imprenta, y que muchas veces son regalos que ya se habían regalado.
Y en lo alto los libros de arte, de románico, pintura, y aquellos que a mí me gusta ojear de vez en cuando.


Y encima de todo ello una enorme hilera de álbumes de fotografía que desde mis orígenes hasta ahora me han acompañado siempre.
Me quedo un rato mirando todo ello, la mesa, la habitación y miro por la ventana y veo a la luna, desdibujada en medio de la claridad del firmamento, allí arriba en mitad de un cielo azul y radiante;  medito.
Y de repente me doy cuenta que no estoy tan solo, que infinidad de escritores, músicos y artistas me acompañan. Que mis hobbys están conmigo y mis antepasado y aquellos que vienen detrás mío también.


Miro de nuevo por la ventana y me doy cuenta de que la luna ya no está ahí, pero yo la he inmortalizado en una foto desde aquí mismo donde estoy escribiendo.
No, no estoy solo, la biblioteca es mi compañera todos los días, pero tengo añoranzas y quizás por ello os cuento todo esto, que a lo mejor no le importa a nadie, en un instante de soledad.
Sed felices.

Antonio