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miércoles, 3 de agosto de 2016

Reflejos en el pantano, Soledad

Son casi las nueve y media de la tarde.
El sol lleva puesto un buen rato detrás de la montaña.
La tortuga de piedra donde solíamos sentarnos está rodeada de agua por todas partes. Quizás huye de nosotros y se ha escondido en las aguas. No quiere que nos acerquemos a ella separados. 



Los reflejos se convierten en triste recuerdo de lo que fueron. 


El viento se ha vuelto tan vago que ni ondas levanta en el agua. 


Es otra tarde sin ti, aunque realmente siempre he estado sin ti.
Me doy cuenta de que los pinos también crecen hacia abajo. Hace tiempo que mi mundo se vuelve del revés, no me choca ese pino. Me chocas mucho mas tú fuera de los reflejos.


Son y no son nada. Sin luz, o con poca, pierden la consistencia que tienen durante el día. Se diluyen en las sombras profundas del pantano, como tú, que, poco a poco, te hundes en mi recuerdo.


Es curioso, incluso me parecen ver fantasmas donde no debieran estar. Un árbol emerge reflejado donde no lo veo en tierra. Me da la sensación que juega al escondite conmigo.


La otra orilla, por aquella que tu andas, esta inalcanzable. Has elegido mala orilla. Eso sí, es bella, como tu recuerdo.


Las sombras se van adueñando de las aguas. Algunos retazos de cielo azul quedan prendidos de los reflejos. Hay silencio absoluto en toda la orilla. Estoy totalmente solo.


Cerca de mí, en la ensenada del arroyo, las sombras se convierten en negrura. Es difícil distinguir que es cada cosa. En ese lugar se ha perdido el espíritu de la verdad, se ha cambiado por otro, como ese que fabricaste tu para esconder el desencanto. Un desencanto que tú misma provocaste.


La orilla al frente esta desnuda. Palabra mágica la de la desnudez. Nos hemos vestido para ocultarnos a nosotros mismos la belleza. Me encantaría verte así… como esa playa que está enfrente, vacía, virgen, desnuda.


Como aquella otra ribera a la que es imposible acercarse, eres preciosa, lejana, fría, y sin luz para iluminarme… Soledad.


--o0o--
Sed felices

Antonio

miércoles, 21 de enero de 2015

Mirando las copas de los árboles, me gustaría ser poeta.-

 



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La experiencia de pasear por el Real Jardín Botánico de Madrid es siempre fantástica y más en la maravillosa tarde con la que nos resarció Madrid de las nieves del día anterior; a siete grados de temperatura al sol y con una maravillosa luz con que la tarde, ya cansada, quiere hacerse noche.

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Me gustaría ser poeta y poder describir en unos versos las sensaciones que causan en mi estos maravillosos árboles desnudos, que elevan sus copas al cielo intentando alcanzar las nubes.

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Cae el sol; él, da esa luz maravillosa de los atardeceres de Madrid cuando el cielo está limpio y hay alguna pequeña nube en el firmamento.
La temperatura bajaba con cada instantánea pero la ilusión y el goce de la visión que a mí alrededor se mostraba, valía de estufa con la que calentar el cuerpo y el alma.



Me gustaría ser poeta, saber describir los contrastes de luz y sombra en tres versos endecasílabos rimados en consonante, pero mi capacidad poética no es lo suficientemente buena como para intentarlo.



Chopos, olmos, plátanos, manzanos, palmeras, pinos, árboles exóticos y arboles del amor se convierten en esqueletos vivientes, bellos y trasparentes, que enseñan sus brazos desnudos, que enlazan unos contra otros, como si en un abrazo eterno quisieran fundirse.


La luz, esa luz me gusta, lo inunda todo. Las sombras de los gigantes se proyectan en los paseos y en los parterres ahora vacíos de flores y plantas. Las sombras, dibujan en el suelo copias sublimes de lo que vemos alzarse en el aire.






El paseo, contemplativo, te ayuda aserenar el espíritu inquieto. La grandeza de los arboles a tu alrededor te enseña la pequeñez de nuestro transito a su lado. 






Dentro de dos días, a finales de febrero o principios de marzo, comenzaran a espesar sus transparencias y día a día iremos perdiendo la visión de las copas. Unas por las propias hojas, otras por las hojas de los otros árboles.



El paisaje del Real Jardín Botánico se convierte en un escenario donde los telones son transparentes,pero a la vez están llenos de significados que los árboles han ido acumulando a lo largo de sus casi trescientos años de existencia.





Me gustaría trasmitir sensaciones de calor en un desnudo mundo helado que quiere despertar al primer rayo de sol tibio. Un mundo que muchos piensan que esta muerto y realmente sigue latiendo aprovechando las reservas que ha acumulado durante el verano. 






Me gustaría ser poeta, pero solo soy observador…

Sed felices
Antonio