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lunes, 21 de julio de 2014

La abeja aterida de frío.-

Esta mañana cuando he salido al jardín con el café con leche en la mano, llevaba un ligero forro polar encima pues la temperatura a esas horas, las 7,30 de la mañana, rondaba los seis grados en este 20 de julio de 2014. Seis grados y yo en pijama y andando por el jardín.

 
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Me he acercado a la lavanda para haceros la foto de saludo de los buenos días y cuál ha sido mi sorpresa cuando he visto a una abeja que parecía estar levitando, como ausente, en una de las flores de esta hermosa planta.
Me he acercado pensando que quizás una araña estaba en las inmediaciones, temeroso de encontrármela dando buena cuenta del desayuno, pero no, allí no había ataña de ningún tipo.

 
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Y entonces he caído: la abeja se había quedado entumecida con los fríos de ayer tarde y de esta mañana y de alguna forma estaba aletargada.
La he fotografiado durante mucho rato; he empezado sobre las ocho de la mañana y he terminado sobre las dos de la tarde momento en que la temperatura ha empezado a subir y la señora ha decidido marcharse, después de comer afanosamente de las flores de la lavanda.
Os dejo con ella.


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Pensé que le había mordido una araña
 


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Esta cogida a la flor por sus patas delanteras y la boca
 


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Han pasado dos horas y la temperatura sube algo. Estira una pata
 

 
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Abre sus patas como si estuviese haciendo ejercicios gimnásticos
 


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Pero no: vuelve a su posición inicial y a dormir de nuevo, hace frío aun.
 


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Son casi las dos de la tarde. La temperatura ronda los 17º. Se despereza y comienza a comer.
 


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No piensa en otra cosa que no sea comer. Debe haber pasado frío con ganas
 


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Es la ultima foto que me deja hacerle. Parece que me mira y me dice que soy un pesado. Vuela y se va.

 
Es la sencilla historia que he podido vivir en la lavanda de casa. A este paso tendré que fijarme muy mucho en ella todas las mañanas.
Sed felices.
Antonio

lunes, 10 de febrero de 2014

PASEANDO BAJO LA NIEVE.- 9 de febrero de 2014

El año que murió mi padre, en 1961, tenía entonces yo la edad de doce años, recuerdo que aquellas navidades fuimos a comer con mis tíos y unos amigos a un restaurante que había en la carretera de La Coruña, que creo se llamaba Casa Mariano.
 
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Luego, después de la comida, con mi tío nos subimos a Guadarrama a ver como estaba la finca y la casa que tenía el allí arriba. Recuerdo que no pudimos pasar de la puerta con el coche. La nieve llegaba a la altura del capo y era imposible avanzar.
La carretera estaba limpia pero los caminos y accesos que llegaban a ella eran prácticamente imposibles de transitar. Para a un crío de 12 años, aquello no era ningún inconveniente, todo lo contrario.
El bóxer de mi tío, enorme y fuerte, y yo nos lo pasamos pipa corriendo por aquellos campos completamente blancos y vírgenes, que nadie había pisado.
 
 
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Como aquella nevada no recuerdo ninguna más. Ha habido nevadas de 20 o 30 centímetros, pero han sólido durar poco y últimamente son más bien escasas.
La de hoy ha sido un conato de nevada cincuenta años después de aquella otra de mi infancia. Ha empezado igual, con unos inmensos copos que me han hecho pensar que nos quedábamos en Guadarrama aislados. ¡Pero ca! La mezcla unas veces de nieve y otras de agua nieve ha tirado por la borda la ilusión de ver de nuevo aquellos prados con cincuenta o sesenta centímetros. Otra vez será
He dado un paseo y he sacado algunas fotos, que os dejo.
 
 
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Sed felices.
Antonio

sábado, 8 de febrero de 2014

PENSAMIENTOS DE UN FILOSOFO DEL LADRILLO VII.-

UN PASEO EN DICIEMBRE NO RECUERDO EL AÑO.-
 
 
Hacia fresco, no frio. Se podía pasear bien. Poca gente, la justa para andar tranquilamente, sin agobios.
 
 
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La luz del sol cada vez esta más baja, quiere dejarnos el astro, pero sus últimos rayos se afanan en agarrarse a la parte alta de los árboles y en las hojas; en las hojas que aún quedan en los castaños de indias.
Un banco vacio donde las hojas han ido a refugiarse pues allí no se sienta nadie. Soledad. La luz se retira poco a poco.
 
 
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Son dos mundos distintos en pelea desigual e inexorable. El reino de la noche va conquistando poco a poco cada reducto que el rayo de sol es incapaz de conservar y un extraño frio va invadiendo la tierra (el alma).
 
 
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En silencio, recogido en mis pensamientos sigo caminando; quiero encontrar algo, algo que me llama, una luz que ilumine la noche fría que se avecina, pero no hay forma. No, recapacito, lo que busco esta dentro de mí y a la vez muy lejos: son los sentimientos que día a día hemos ido dejando aparcados en la cuneta del camino, en la cuneta de un corazón que poco a poco va convirtiéndose en hielo porque le falta el calor del rayo de sol, el cual se escapo dando paso a la penumbra y al silencio.
 
 
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Una hoja brillante lucha afanosa por darle al árbol toda su energía antes de caer al suelo; filtra la luz a su través en infinidad de tonos que cubren un arco iris de cálidos marrones y verdes que van perdiendo el vigor de los días pasados.
Esto me recuerda el transcurrir de mi vida.
 
 
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La niñez esplendorosa, casi suicida, de risas y juegos que rozaban muchas veces el máximo riesgo, amparadas siempre en el regazo de una madre solicita.
La juventud en su lucha desesperada entre dejar la niñez y alcanzar la madurez, verde lozana, con una fuerza irresistible de conquistador que anhelaba el regazo joven de un pecho desconocido.
Luego poco a poco, una madurez que va penetrando en tu ser confiriéndote tonos más morenos, arrogantes hasta cierto punto, que te obligan en más de una ocasión a dejar los sentimientos a un lado, quizás demasiadas veces, para cumplir con una obligación que no sabemos cómo se ha ido imponiendo poco a poco. Un pecho calido y conocido da cobijo cada noche en un arrullo de animos y deseos muchas veces no cumplidos.
 
 
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Y ahora, al contemplar la luz cálida del último rayo de sol, me doy cuenta que mi piel es como esa hoja que es marrón  y que está llegando a su final. Y los sentimientos que estaban aparcados allí en la cuneta surgen de repente doloridos por el abandono de tanto tiempo, heridos en su amor propio y destrozados, enlazados entre sí como si de un gigante rompecabezas de pensamientos se tratase.
Sigo caminando, me fotografío en cada hoja, en cada rayo de sol y no quiero que llegue la noche que poco a poco va llenando la vida de frio.
 
 
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Era una tarde hermosa, demasiado hermosa para el mes de diciembre…y como siempre me faltabas tu y tu regazo.
--o0o--
 
Nada más por hoy. No dejéis que el frío os alcance; buscad el regazo.  Sed felices.
Antonio