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miércoles, 6 de febrero de 2019

El hombre de la cabeza gacha.-


En los últimos viajes que he realizado en el metro he observado y mirado descaradamente a mi alrededor y me he dado cuenta de que vivimos en un mundo cada vez mas distanciados los unos de los otros , más lejano para aquellos con los que no mantenemos unas relaciones de amistad o de familia. Surge, cada vez que se toca este tema, la discusión si las técnicas modernas acercan o alejan; si se lee mas ahora con los móviles o las tabletas que con los libros de papel. Pero lo que es cierto es que cuando subes a un vagón de metro solo ves ojos puestos en los aparatos electrónicos y no se desvían de ellos como si mirar a otro lugar  fuese saltarse una norma de urbanidad.


Y hace falta observar para darnos cuenta que no estamos solos; nos rodea un mundo de miseria, de desgracia y desesperación, que aquellos que algo tenemos, no queremos ver y preferimos mirar a nuestros aparatos electrónicos, a nuestro interior.
Un mundo de silencios acompañados de una música celestial que llega a los oídos a través de infinidad distinta de tipos de cascos, pero con oídos sordos a los lastimeros gemidos de aquellos que quieren hablarnos de sus penas, de aquellos que nos suplican su atención. Y nos rodean a cientos, incluso cada uno de nosotros puede ser uno de ellos, porque hay muchas penas distintas en este mundo.
Las más vistas son aquellas que tienen relación con el dinero, el paro y la falta de tener cubiertas las mínimas necesidades, que conducen primero al resquemor, ala vergüenza, luego a ejercitar la mendicidad solicitando unos euros, comida, un cigarrillo, alcohol, luego cualquier cosa. Y esa desesperación que no queremos mirar o ver, conduce a caminos tan dispares como el ostracismo, la desesperación, el robo o el suicidio, esto último de infinidad de maneras distintas que no tienen porque llevar a una muerte física; a veces esta ultima mucho mejor que una muerte psíquica y de desesperación.
¿Por qué escribo esto? Tan sencillo como la presencia de tres indigentes distintos en un espacio de veinte minutos y seguramente rodeado de algunos más que aun no habían atravesado el primer estadio de lo dicho anteriormente.
El que más destacaba, era un hombre al que se le veía desesperado. Doblado sobre si mismo, mirando al suelo; no se atrevía a levantar los hombros como si una terrible carga recayera sobre ellos. Sus zapatos, casi botas, recias, miraban hacia adentro, como señalando el punto a donde sus ojos de se perdían en la desesperación. Ocupaba un asiento al extremo de la fila. Daba la espalda a todo el que se sentaba a su lado. Estaba solo; solo y rodeado de gente. Ni una sola vez levanto la vista hacia mí, ni hacia nadie. Cuando sus manos se desenlazan, abre algo los brazos, como si quisiera aceptar algo, y vuelve a entrelazarlas. Sigue mirando al suelo. Así seis o siete estaciones. ¿Cuál será su problema?
Seguro que la falta de trabajo y de dinero. La desesperación del que desea y no puede dar; desesperación si hay hijos pequeños a los que alimentar.
Sigue sin levantar la cabeza, sigue buscando una solución a su problema. Seguramente estará pensando que la suerte le ha abandonado, que todo está perdido…
Y todos seguimos mirando a nuestros móviles o escuchando música con la mirada perdida como si estuviéramos viendo un recuerdo, como si aquel hombre de la cabeza gacha no existiese.
Y realmente para los que vamos en el metro los hombres de cabeza gacha no existen porque no queremos verlos; no queremos sentir cerca de nosotros la pobreza. Nos asusta, nos da miedo que llegue un momento en el que tengamos que enfrentarnos a lo mismo y no queremos saber nada del hombre de la cabeza gacha, de los hombres de cabeza gacha. En el fondo con tanto transistor, con tanto adelanto, nos hemos convertido en maquinas egoístas que solo nos miramos a nosotros mismo y no queremos ver reflejada en nuestra mente la miseria de los demás.
Sed felices
Antonio

lunes, 3 de diciembre de 2018

Niebla


Silencio.
La niebla invade mi calle. Es un manto quela cubre y solo la luz de una farola despunta.
Paseo silencioso por la acera.
Pienso que estoy solo en el mundo. No se oye un ruido; no se vislumbra un alma.
Silencio sobrecogedor.



Al pasar bajo la farola mi sombra me acompaña en el aire.
Finas gotas mojan mi cara y empapándome del frio de la noche.
Silencio, niebla, silencio, nadie.
El ruido de mis pasos sobre las hojas caídas me acompañan. Me acompañas tú también.
Extraña forma de pensar de cada uno. Distintos enfoques para un mismo motivo.
Divergen los pensamientos en una única idea como los faros del coche en la niebla: cada uno por su lado.
Silencio, niebla, silencio, niebla.
Calla el mundo, todos pasamos de todo.
Estamos dormidos en una terrible niebla que nos maniata. Ya no pensamos por nosotros mismos. Nos hemos amparado en las maquinas y el pensamiento propio se ha perdido.
Teclados y pantallas discurren para que no hagamos esfuerzos. ¿Para qué pensar? Solo hay que hacerlo respecto al trabajo ¿Y el vecino? ¿Ylos demás? Seguramente detrás de un televisor, perdiéndose el espectáculo tenebroso de mi sombra andando entre el vapor helado.


Silencio. Subes en el ascensor con cuatro más y da la sensación que estas rodeados de estatuas vivientes. Un circo de malos actores incapaces de mirarte a los ojos.
La niebla está cerrada en la calle y en la mente.
Esa sabana que te envuelve y te enfría, ha conseguido introducirse en gran parte de la sociedad.
Silencio, niebla, silencio, niebla
La ciudad a mi alrededor está escondida en las casas. Asusta enfrentarse a la verdad, a la oscuridad luminosa.
Retorno sobre mis pasos. Silencio absoluto.
Lo que me encantaría escuchar, no lo oigo.
Con quien me gustaría andar, no está a mi lado.
Niebla, silencio, soledad… frio.
Un frio que se introduce dentro, una niebla terrible que va envolviéndote. Pensamientos, ilusiones se van perdiendo en el caminar nocturno entre la niebla.
Niebla y silencio ¿A dónde nos lleváis?
No, no me respondáis, que me da miedo vuestra respuesta.
Prefiero pensar en medio de la niebla y el silencio.
Niebla, silencio…. frio.


Sed felices
Antonio  

martes, 9 de enero de 2018

El beso

Soñé con un beso.
Era de madrugada. El silencio en la sala del hospital solo estaba roto por la monotonía del aire que salía por la rejilla de la calefacción. En los pasillos, solo de vez en cuando, el quejido lastimero de un enfermo mayor rompía el silencio; era un quejido monótono, repetitivo.


Mis ojos se abrieron ante la extraña sensación que un beso se me estaba dado en la mejilla. Tenía la sensación de que una boca con labios como pétalos me besaba.
¡No podía ser! ¡Estaba solo en la habitación! Pero aquellos labios volvían a besarme de nuevo en un beso inocente, o no,  que a mí me pareció lo más bonito del mundo.
Confundido encendí la luz pensando que estaba viviendo una realidad querida y no un sueño.
El beso había sido perfectamente perceptible.
Pero la habitación seguía vacía. Solo yo ocupaba la cama, nadie mas a mi alrededor.
¡Maldito sueño que me hubiera gustado que fuese realidad! Unos labios abiertos me besaban en la mejilla… ¡Ay! ¡Qué desilusión!
Parece mentira las extrañas emociones que pueden darse tras un beso. Solo un beso, un beso en sueños tan real que estoy deseando volver a dormirme para comprobar de nuevo su existencia.
Un beso en la mejilla con un a boca entreabierta. No era un beso de contacto, no, había algo mas en aquel beso.
Apague la luz. Solo la leve claridad de la luz de emergencia perturbaba la noche.
Volví a dormirme.


Al despertar de nuevo estaba muchísimo mejor. En mi mejilla aun notaba aquel beso.
¡Ojala alguna vez vuelva a sentirlo! Era tu beso.
Sed felices, lo demás no importa.

Antonio 

viernes, 28 de abril de 2017

Divagando entre rosas


El jardín esta en silencio. Hay un silencio absoluto, casi un silencio muerto.
Estoy solo, como casi siempre, pero no me disgusta.
Si disfrutaría quizá más si estuviese en compañía, pero no es el caso. Por lo tanto a disfrutar en la soledad, mientas contemplo las bellezas que el rosal me ofrece.


Me fijo en él. Me fijo en sus flores. Y es curioso pero me llaman más la atención las flores maduras que los capullos formándose.
En el capullo se refleja la inexperiencia, una belleza latente, pequeña, con ansias de grandeza.
Pero no es aun nada.


Los ojos solo me permiten dedicarles unos segundos, los justos para una foto o dos.
Contemplo las roas ya formadas. Me doy cuenta que son mucho más bonitas; hay experiencia en ellas; hay ganas de vivir, de contagiar el aire con sus colores y sus perfumes.
Redondeadas, rosas, rojas, blancas, amarillentas, todas preciosas.


El silencio sigue.
La soledad también.
Una rosa méllame la atención. Luego unas cuantas mas. Parecen decirme algo; escucho, silencio absoluto.
Me pregunto ¿Por qué tanta belleza para solo un instante de visión?
Allí están las rosas, aquí estoy yo mirándolas. Ellas me perciben, saben que me tienen completamente conquistado. Son maduras y bellas.


Algunos pétalos demuestran la proximidad de un fin que esparcirá los pétalos por la parcela.
Belleza hasta el final. Armonía de color. Muerte silenciosa sin el mas mínimo quejido. Y con su muerte llegar la simiente de una nueva generación. Madurez, saber hacer.


Sigo solo, no me importa. El silencio me agrada. La tarde corre.
Rosa-Rosae, primera declinación, tercero de bachillerato en Gerona.
Frente al colegio, la casa de la bruja llena de rosales.  No recuerdo a la bruja que nos cobraba diez céntimos por cada balón que caía en su casa, pero sí recuerdo y veo aun aquellos maravillosos rosales.


Los rosales me llevan a mi niñez o a mi entrada brusca en la pubertad.
Recuerdo tantas coas de aquel tiempo al observar las roas que lago tienen que ver con mi memoria.
Quizá sean ellas la memoria; quizás sean las neuronas que activan mis recuerdos.


Sigue el silencio a mi alrededor, solo roto por la máquina de fotografiar. Me gusta sentir el ruido del espejo en cada foto, y disparo, disparo… pero no mato, al contrario conservo la belleza de las rosas que me están haciendo compañía.


Caigo de repente en la cuenta quelas rosas me están diciendo que su belleza depende de su experiencia. Han crecido, se han formado y están dando la vida al fruto que viene tras de ellas.


Y pienso y comparo. Cada vez lo tengo más claro; en la madurez hay  belleza fruto del conocimiento, de la experiencia, de la labor realizada.
Algunos pétalos caen volando por el jardín. El césped comienza a teñirse como si de un tablero de ajedrez se tratase.


Miro el rosal. Allí en lo alto esta la rosa medio rosa y medio escaramujo.
Bajo el rosal sigo solo y en silencio.
Me doy cuenta de mi soledad. Me admiro de  la belleza.
Divago, pienso, recuerdo; quisiera tal vez en este momento una caricia, pero…


Admiro por ultimo a las rosas.
Me fijo en una roja dispuesta ya casi a cubrir de sangre el césped.
La fotografió; me viene  l mente de nuevo Gerona y mis once años; la bruja. El rosal de la bruja.
No me importa volver a mi pasado, no, siempre que sea contemplando la belleza madura de una rosa o de una mujer.
Me encantaría que esa mujer fueras tu.


Sed felices… con mirar a una rosa se consigue.

Antonio 

martes, 21 de marzo de 2017

¡Silencio! El sol se acuesta

¡Silencio! ¡Comienza el espectáculo!


La brisa ni siquiera es capaz de mover la hierba de la pradera.
¡Silencio! Es sol se está acostando, no vayamos a despertarle.


¡Silencio! ¡Silencio! Aprendamos de algo que sucede todos los días, uno tras otro, la belleza que encierra la Naturaleza del mundo en el que vivimos.




¡Silencio! Deja tu móvil; ¡Calla! Mira al cielo al atardecer y pinta con él en tu corazón y en tu mente. Aprende a apreciar el espacio que te rodea, vive con lo poco que realmente es tuyo: la belleza de nuestro entorno.


¡Silencio, no me rechistes! Quítate las gafas que no te permiten ver el entorno y observa, ¡mira!, ¡descubre! y, sobre todo, ¡disfruta!


Empieza con las puestas de sol.
Cuando comiences a sentirlas, a comprenderlas, a quererlas, comenzaras a entender un mundo maravilloso que vive a nuestro rededor.




¡Silencio! El sol se esta acostando. ¡Chis…..! ¡Silencio!
Observa, mira, disfruta. No hables, deja que sea el corazón quien te sorprenda.




El sol se ha acostado. ¡Silencio! no vaya a despertarse.
--o0o--
Fotos de la puesta de sol de ayer 19 de marzo de 2013 al lado de casa.
Son correlativas con dos maquinas distintas.
Sed felices

Antonio 

lunes, 1 de junio de 2015

Una noche de silencio, Soledad.

En el silencio de la noche; cuando ese silencio se hace impenetrable, mi pensamiento discurre en tu busca y mis sentimientos aceleran el pulso, con solo imaginarte, Soledad.
Es un silencio perenne que sirve para meditar, un silencio que me transporta a tu figura, un silencio para recordarte facilmente mirándome, mirándote.


Como pasan los días, Soledad, raudos, increíblemente severos en su corta duración, vertiginosos como si de una carrera quisieran tratar a la vida que nos resta; dos vidas distantes, tu allí, en tu soledad, Soledad, y yo en la mía anhelándote a ti y solo escuchando el silencio impenetrable de esta noche.
El campo está cerca de la casa, pero ni siquiera el canto del grillo atraviesa la calle para acompañarme en estas horas de recogimiento. Silencio, silencio bravío, que lucha con un mundo en el que el ruido es el dueño y señor; silencio acogedor que me abraza. Silencio y susurro al pronunciar tu nombre, Soledad. Lo gritaría, chillaría y reiría si pudiera hacerlo, pero rompería entonces un secreto tan profundo, Soledad, que solamente tú sabrás interpretar y darle el justo valor que tiene.


Silencio y grito. Un grito apagado, que sale del interior del alma, ¡Soledad, Soledad!, pero que no consigue, o eso creo yo, llegar a la tuya y que tú me respondas con un grito similar. ¡Ay! Soledad, en tu desdicha te veo rodeada de un mundo en el que deberías ser reina y has sido destronada. Cuando se debería poner una alfombra para que tu nombre pasease por todos lugares y la gente y yo pudiésemos aclamar ¡Soledad, Soledad! En cambio, te veo caminar descalza por un suelo hiriente que se forma en tu propio interior, Soledad. Un camino que te han trazado y al que tú, ingenuamente quizás, te has dejado arrastrar, y en el que pisar hiere.


Yo, no puedo ofrecerte un camino con alfombras, Soledad; mi camino es quizás mucho más peligroso y dañino que el que vives tu hoy en día, pero ello no quita para que en mi pensamiento estés, Soledad, en el ultimo silencio de la noche y en el primero sonido del despertar.
Tecleo tu nombre, Soledad, y me asusta el ruido de mis dedos sobre cada una de tus letras. Intento acariciarlas como si te estuviera acariciando a ti, Soledad. S  O  L  E  D  A  D.
Que perfidia tiene tu nombre. Estoy ahora contigo en el silencio de mi despacho, Soledad, y en cambio no te tengo a mi lado para poder darte un sencillo beso, otro sencillo beso…
Mañana, cuando leas esta, si eres tú, Soledad, cuando la leas, descubrirás, sentirás, me añoraras y desearás. Si eres otra, dejaras pasar estas palabras, sonreirás…


Ahora, cuando mis cabellos cada día son mas blancos, puedo expresarte mis sentimientos tranquilamente, al fin y al cabo, Soledad, solo tú y yo sabemos quién eres ¿o no?

Buenas  noches, Soledad.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Pensamientos de un filosofo del ladrillo.- ¡Silencio!

 
¡Silencio!  
Solo esta a mi alrededor el bosque y su silencio.

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Escucho el ruido del aire entre los pinos y el ruido de mis pisadas sobre las puntiagudas agujas de la pinaza.

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Siento el aroma que desprende la jara en estos últimos días de calor. En lo alto se oye el chillido del aguilucho que solicita comida a sus mayores en uno de sus primeros vuelos fuera del nido.


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Una nube blanca, con ciertos tonos grises, pasa lentamente por un cielo solitario; me recuerda la cabeza de un insecto.
El arroyo casi ni habla. El pequeño salto que está un poco más arriba de su desembocadura parece querer unirse al silencio del bosque. No corre el arroyo, gotea.


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Una mariposa preciosa revolotea por sus orillas buscando las pequeñas flores que nacen al amparo de la humedad.

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Una cama de césped me invita a tumbarme un rato a contemplar los lentos movimientos que en las ramas de los pinos produce el viento y escuchar sus sonidos.
 
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Miro al cielo. La nube ya se ha alejado. Al aguilucho no lo oigo lastimosamente pedir comida. La mariposa se debe haber posado en alguna florecilla grande donde poder libar un buen rato.
Estoy solo en la eternidad del bosque. Gigantes más grandes que los del Quijote me miran desde cualquier ángulo por mucho que desplace mi vista. Pero no van armados. Al contrario, acogen en sus enormes brazos a pequeños y descarados petirrojos que cantan con su chasquido eléctrico.

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Una enorme urraca parece mirarme a los ojos, ¿mirarme a los ojos? Solo se de alguien que de vez en cuando me mira a los ojos y a escondidas.
De repente, con el suave murmullo de la brisa una imagen me viene a la cabeza y un sonido familiar: es tu voz.
¡Me levanto de un salto entusiasmado! ¡Te veo llegar! Me abrazas, un beso ligero se escapa de tus labios, y sonrojada pero feliz, me miras.
Si, sonríes. Pero te vas, sigues tu camino.

Desesperado intento seguirte y no puedo. ¡Me angustio y chillo! Estoy atrapado en la cama de cesped. Te despides con un ademán y me miras furtivamente a los ojos, como siempre…furtivamente...
Suena el teléfono y me despierto súbitamente de un maravilloso sueño. Miro a mí alrededor.

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El bosque está ahí, y el aguilucho,y la urraca, y el petirrojo e incluso la suave canción del aire entre las ramas de los pinos.
Y tu ¿donde estas?
Me has dejado; te has marchado de mi maravilloso sueño y de mi.
--o0o--

Sed felices.
Antonio

sábado, 8 de febrero de 2014

PENSAMIENTOS DE UN FILOSOFO DEL LADRILLO VII.-

UN PASEO EN DICIEMBRE NO RECUERDO EL AÑO.-
 
 
Hacia fresco, no frio. Se podía pasear bien. Poca gente, la justa para andar tranquilamente, sin agobios.
 
 
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La luz del sol cada vez esta más baja, quiere dejarnos el astro, pero sus últimos rayos se afanan en agarrarse a la parte alta de los árboles y en las hojas; en las hojas que aún quedan en los castaños de indias.
Un banco vacio donde las hojas han ido a refugiarse pues allí no se sienta nadie. Soledad. La luz se retira poco a poco.
 
 
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Son dos mundos distintos en pelea desigual e inexorable. El reino de la noche va conquistando poco a poco cada reducto que el rayo de sol es incapaz de conservar y un extraño frio va invadiendo la tierra (el alma).
 
 
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En silencio, recogido en mis pensamientos sigo caminando; quiero encontrar algo, algo que me llama, una luz que ilumine la noche fría que se avecina, pero no hay forma. No, recapacito, lo que busco esta dentro de mí y a la vez muy lejos: son los sentimientos que día a día hemos ido dejando aparcados en la cuneta del camino, en la cuneta de un corazón que poco a poco va convirtiéndose en hielo porque le falta el calor del rayo de sol, el cual se escapo dando paso a la penumbra y al silencio.
 
 
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Una hoja brillante lucha afanosa por darle al árbol toda su energía antes de caer al suelo; filtra la luz a su través en infinidad de tonos que cubren un arco iris de cálidos marrones y verdes que van perdiendo el vigor de los días pasados.
Esto me recuerda el transcurrir de mi vida.
 
 
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La niñez esplendorosa, casi suicida, de risas y juegos que rozaban muchas veces el máximo riesgo, amparadas siempre en el regazo de una madre solicita.
La juventud en su lucha desesperada entre dejar la niñez y alcanzar la madurez, verde lozana, con una fuerza irresistible de conquistador que anhelaba el regazo joven de un pecho desconocido.
Luego poco a poco, una madurez que va penetrando en tu ser confiriéndote tonos más morenos, arrogantes hasta cierto punto, que te obligan en más de una ocasión a dejar los sentimientos a un lado, quizás demasiadas veces, para cumplir con una obligación que no sabemos cómo se ha ido imponiendo poco a poco. Un pecho calido y conocido da cobijo cada noche en un arrullo de animos y deseos muchas veces no cumplidos.
 
 
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Y ahora, al contemplar la luz cálida del último rayo de sol, me doy cuenta que mi piel es como esa hoja que es marrón  y que está llegando a su final. Y los sentimientos que estaban aparcados allí en la cuneta surgen de repente doloridos por el abandono de tanto tiempo, heridos en su amor propio y destrozados, enlazados entre sí como si de un gigante rompecabezas de pensamientos se tratase.
Sigo caminando, me fotografío en cada hoja, en cada rayo de sol y no quiero que llegue la noche que poco a poco va llenando la vida de frio.
 
 
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Era una tarde hermosa, demasiado hermosa para el mes de diciembre…y como siempre me faltabas tu y tu regazo.
--o0o--
 
Nada más por hoy. No dejéis que el frío os alcance; buscad el regazo.  Sed felices.
Antonio

miércoles, 13 de noviembre de 2013

PENSAMIENTOS DE UN FILOSOFO DEL LADRILLO: Paseando junto a la valla.-

 
Esta mañana he salido a pasear por el camino, junto a la valla de piedra que me guía, junto al sendero, y me prohíbe a su vez adentrarme en sus dominios. Me recuerda en algo a la vida cotidiana de las leyes y las prohibiciones. "te guío, pero me obedeces."
 
 
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El sendero se aparta del camino, como si quisiera buscar una soledad que ya existe a su alrededor. Ni un alma transita por el paraje. Soledad total.
 
 
 
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Voy  dejando camino atrás aunque realmente eso ya no es camino, era. Paso a paso, avanzo lentamente. Me gusta fijarme en el entorno que me envuelve como si de un gran capote se tratase. Los fresnos, con sus  ramas a medio vestir, festejan el poco aire con movimientos lentos y perezosos de sus ramas. Alucino con los contrastes. Mi espíritu comienza a sosegarse...
 
 
 
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Otro arroyo corre ahora paralelo al camino. Una alfombra de pardos colores lo cubre. A mi me cubre en este momento el bosque. Me llena, me satisface sus sonido, sonido del silencio solo roto por el lejano relinchar de un caballo y por el suave murmullo del aire. Mira mi mente hacia atrás y la gran ciudad me viene al encuentro... Me niego a soportarla en este momento. Respiro hondo; abro de nuevo los ojos y me empapo de la serenidad del campo. Sigo mi camino.
 
 
 
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Como cuando el alma descubre plenitud en los sentidos, así la valla de vez en cuando se abre para que el bosque se transforme en pradera. La luz y las sombras se conjugan en uno solo;  el color se alía con ellos.
Los ojos recorren lentamente el prado, empapandose de cada uno de los pequeños detalles que en el existen; la mente se relaja y los recuerdos comienzan a aflorar. Recuerdos de paseos contigo vuelven poco a poco. Sentimientos que están ahí, que salen de dentro como si de un despertar repentino se tratase... Y todo porque de repente el bosque se ha convertido en suave pradera. Pradera deberían ser entonces todos los rincones que mis ojos mirasen...
 
 
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Las zarzas acosan  la valla. Cubren con sus rasposos brazos las piedras tan bien engarzadas como si de una alambrada de espino se tratase, protegiendo  su trinchera. Lo que hasta hace un momento era orden se ha convertido en un intrincado paso entre espinas.  La vida es un poco el sendero junto a la valla: praderas y zarzas entremezclados.
 
 
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¿Donde estoy? Y tu: ¿Donde estas? Quizás al otro lado de la valla, en el reino a mi  prohibido. Protegida por una coraza de piedra que no te deja percatarte de mi presencia. Quizás me huyes, no lo se, como mi sombra: junto a mi pero siempre imposible de atrapar. Hay un muro infranqueable en todo: tu allí y yo al otro lado sin que ninguno de los dos podamos traspasarlo.
 
 
 
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Guardo mis pensamientos y me concentro de nuevo en el sendero. Los rincones del bosque de fresnos están llenos de sorpresas. Una hiedra, que ya lleva años chupando del árbol, se encarama hacia sus altas ramas buscando la luz. Plantas bajas arbustibas hacen de calzado del bosque y entre ellas un sin fin de pequeños animales.
 
 
 
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Tiñe de ocres el paisaje el robledal. Pocos robles, pero todos apretados en una estrecha franja luchan con los fresnos por el dominio de un terreno que a estas alturas es de ambos, pero que no pueden compartir juntos.Algo me recuerda en eso el bosque al hombre ¿Será la guerra ?
La valla de piedra sigue imparable su recorrido.Es una cinta sin fin que nunca para. Quizás un portón la  detiene y hunde en el suelo, pero unos metros mas adelante resurge: constancia de alguien que marco en su momento su territorio y que hoy haría con unos postes de hormigón y una hiriente malla metálica.
 
 
 
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Otro rincón mas para poder recordarte a ti. Se abre de nuevo el bosque y se abren mis pensamientos. Mas tristeza que alegría en este momento. Pero tu recuerdo me reconforta, aunque estés inalcanzable al otro lado de la valla. Paseo en solitario con tu sombra del recuerdo a mi lado y pensaba que estaba solo. Tonto de mi; soledad es cuando ni siquiera se pueden tener recuerdos y yo los tengo tuyos.
 
 
 
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Se acaba el paseo. Hay que volver a la ciudad y sus intransigentes momentos de ruidos, prisas y malos olores. Tiemblo solo de pensar en aparcar el coche cuando aquí todo, sin ser mío, me pertenece. Estoy solo en el camino, junto a la valla interminable de piedra, y por un momento he tenido la suerte de escuchar el silencio. Si escuchar el maravilloso sonido del silencio del bosque ¿No lo habéis oído? Escaparos un día a su soledad y podréis percibirlo.
 

 
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Es bueno dejar discurrir la mente tranquila, que diga lo que siente: al fin y al cabo ¿No es la vida, sentimiento?
Había que aprovechar un momento y ya esta hecho.
Sed felices.
Antonio