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domingo, 8 de febrero de 2015

Historias de mi madre: la mona.-

Me contó el otro día mi madre,  dos historias completamente distintas. Una de ellas trágica cómica y la otra cómica trágica.
Como no tengo fotos de aquella época os coloco unas más actuales.
La primera, y a la que vamos a hacer referencia hoy discurre allá por los años de 1933 o 1934, donde mi madre tenia entre quince y dieciséis años.
Mi madre a la que siempre le han gustado los animales, y a la que mi abuelo mimaba siempre que podía, tenía cuatro ejemplares completamente distintos y completamente amaestrados con los que jugaba al escondite.



 
Eran una mona de Gibraltar, un perro, un gato y un pequeño ratón.
Les había educado para que se escondieran y al que le tocase, buscar a sus compañeros, incluida mi madre claro, sin hacerse daño ni discutir.
Aquí comienza el relato de mi madre:
En Semana Santa, cuando bajábamos a la finca de Tarragona desde Barcelona, los animales  viajaban cada uno en su jaula, arriba en el techo, y el coche de parecía más del dueño de  un circo que de un Barón fabricante de sedas, que era mi padre.
Por la masía tanto mona, como perro y gato andaban sueltos todo el día, y cuando yo les llamaba acudían raudos a uno de los dos silbidos. Uno, de tres pitidos seguidos, era para reunión ordinaria. El otro largo y muy agudo, mi madre silba para indicarme como era, lo utilizaba yo exclusivamente a la hora de darles la comida. (Claro que los animales sabían de sobra a que hora les daban de comer)
Un día, a la hora de la cena, y tras repetir el silbido tres veces consecutivas, faltaba y no llegaba uno de los comensales, ante la impaciencia de los otros tres a los que tenían acostumbrados a comer todos juntos. Era mi mona la que no obedecía al silbido.
Intrigados todos los componentes de la casa, comenzamos a recorrer toda la masía, de tres plantas, y la mona de Gibraltar que no aparecía por ningún lado. Incluso el perro y el gato, después de su cena, salieron a inspeccionar por ahí sin ningún resultado.
Llegamos a la conclusión de que la mona se había escapado y que a la mañana siguiente aparecería cuando tuviese hambre.
La mona se había escapado, y de árbol en árbol, en este caso de frutal en frutal, fue a parar a una finca distante un kilómetro de la nuestra y en la que los masoveros, el capataz de la finca, vivían, en una pequeña casa en la que comedor y cocina era una misma cosa.
Por la mañana, la mona aterida de frío y de hambre, al olor de la leche caliente y las tostadas que debía preparar la mujer se acerco a la casa; en un descuido en que la cocina se quedo sola, la mona entro decidida y cogió el cazo de leche y comenzó a bebérsela, sentada cerca del fogón, pues allí estaba calentita.


Entro la mujer y tuvo tal susto que por lo visto no podía decir nada, hasta que de repente comenzó a chillar y gritar diciendo: ¡El demonio, el Demonio! de tal manera y espanto que la mona salió corriendo, mientras que la mujer seguía ¡El demonio, el demonio! La mona, sin soltar el cazo, trepo a una palmera que había cerca de la casa de los payeses asustada por aquellos gritos.
La mujer por lo visto seguía gritando desesperada ¡El demonio, el demonio!
Ante los gritos de su mujer, el payés, después de ver al demonio subido a la palmera, fue por la escopeta, para matar a aquel espíritu maligno que había osado entrar en su casa y beberse la leche.
Llego el hombre con la escopeta debajo de la palmera y cuando apunto con la escopeta, la mona se tapo los ojos con sus manos, pues cuando mi padre disparaba la escopeta ella hacia eso, ya que no le gustaban nada el ruido de los tiros.
El payés, ante aquella muestra de miedo, recapacito y pensó que aquello no podía ser un demonio, sino un animal que él no conocía pero que sabía lo que era una escopeta, con lo cual decidió que había que bajar aquel ser extraño, mitad demonio, mitad hombre, de la palmera y entregarlo en el cuartelillo de la Guardia Civil.
Ni subió a la palmera acogerá la mona, ni le disparo un tiro. A base de tirarle piedras hicieron bajar al pobre bicho, ensangrentado y dolorido, que atado y encadenado como si del mas ruin de los ladrones se tratase, fue conducido así  dentro de un saco, hasta el cuartelillo de la Benemérita,  que se encontraba a unos cuatro kilómetros del lugar.
El cabo, comandante del puesto, conocía a mi familia y en sus paseos de vigilancia por los campos del Baix Camp de la provincia de Tarragona la había visto alguna vez a mientras estaba conmigo.
Marcaron el teléfono de la finca y al comprobarse que la mona se había perdido, tal como el payés la había llevado, así se la llevaron hasta la masía.
La pobre mona cuando me vio me lanzo los pocos brazos que le quedaban libres para que la cogiese. Se apretujaba contra mí, de tal forma, que no podía quitarle sus ligaduras de maleante. Llegaba herida, muy herida, tanto que mi padre decidió ir a buscar al veterinario de Reus para que viese a la pobre Luciana, que así se llamaba la mona..  Con sangre de las heridas esparcida por todo el cuerpo parecía un Ecce Homo de tantas pedradas recibidas para bajarla de la palmera.
Nunca más volvió se me volvió a escapar la mona y desde entonces siempre tenía a la vista a alguno de los familiares, para no quedarse sola…


--o0o--

Hasta aquí el relato de mi madre que yo he oído infinidad de veces, pero que este jueves pasado me volvió a contar.
Creo que la mona después de aquel percance vivió unos dos años, justo hasta un poco antes de estallarla Guerra Civil,  mordió en ese tiempo a mi madre en un dedo que por poco pierde y cuando veía a mi bisabuela de visita en casa de mis abuelos intentaba quitarle el moño.
Lo único que he hecho ha sido escribir lo narrado por esta formidable mujer que a sus casi 96 años sigue recordando infinidad de cosas.
La semana que viene os contare el asunto del ataúd. Muy gracioso
Sed felices.
Antonio

sábado, 18 de mayo de 2013

LOS PATIOS DE CORDOBA.-No mires los ojos de una morena...

A mi amigo Luis, cordobes hasta la medula.
Deciame mi amigo que se emocionaba cuando alguien le habla de Córdoba. No me extraña Luis: luz y color se dan la mano; cielo y tierra se miran y se gustan. Las flores, las humanas y las de los tiestos, preciosas. "Mirar ustedes" la armonía de colores, cielos azules, paños blancos y los ojos... Los ojos de una cordobesa no hay que mirarlos, porque sino no se sale nunca más de Córdoba.

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Las flores luchan en las paredes encaladas para intentar elevarse al cielo y contemplar desde allí su ciudad. Quieren ganar los aleros y subir a las cubiertas de teja, haciéndose como palmeras y poder mirar  desde allí la mezquita y el Guadalquivir.


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 Pero las sombras, envidiosas del contenido multicolor de sus tiestos quieren dejar su huella en los blancos encalados cordobeses. Arco iris de macetas y flores; blanco y negro en encalados y sombras. Y mires donde mires siempre hay una flor, una maceta, un encalado, una sombra y una morena.

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 Y la reminiscencia árabe, se ve reflejada en las cubiertas y en los techos; los patios y los altares de los edificios se encierran entre flores para darle frescor a los suelos  y a sus moradores. Conviven geranio y buganvilla, hiedra y gitanilla; teja árabe que se asoma despreciando el vértigo para ver las flores y los picos de gorrión de los aleros cantan por si solos canciones mudas que les enseñaron sus antiguos, los moros ilustrados del medievo. Y allí una morena; no le mires a los ojos que no sales de Córdoba.

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 Contrastes de luces, colores y sombras. La vida y su sombra conviven sobre el encalado de la pared del patio. Patios cordobeses donde hasta las macetas son flores y las paredes selvas que trepan hacia el sol. Y con las flores, las sombras que le dan vida con sus movimientos a los blancos encalados.

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Todos los años, siempre un año mas, se renuevan las plantas, se encalan las paredes, se pintan los tiestos y se reza a la Virgen de los Faroles para que las flores embellezcan cada rincón de la casa como si cada una fuese una luminaria. Sinfonía de tonos rosas, rojos, verdes, azules, amarillos; negros ojos... Cuidados con los ojos negros de una morena: no los mires que no sales de Córdoba.

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 ¿Quien vive detrás de tan hermosa cortina? Ningún tapicero ha conseguido jamás realizar una tela semejante como la que la cordobesa ha tejido en esta ventana y su reja. Cascada de geranios y gitanillas que parece que están cantando, Voces altas arriba y agudas en el alféizar; el director de escena es la luz maravillosa de Córdoba. Para que no escape a recorrer cantando por las calles de la ciudad, la reja contiene a los cantantes.

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 ¿No te decía yo que las sombras querían ser flores? Que rebosaban de felicidad por poder adornar como ellas las encaladas paredes. Y que me dices de la reja; tan negra que casi es otra sombra. Y el tiesto azul  con su geranio o su gitanilla ¿Sabes por que esta tan alto? ¿Sabes por que hay una persiana detrás de la reja? Para que nada enturbie los ojos de la morena cuando salga a la ventana: nunca le mires a los ojos, que no sales de Córdoba.

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Y el farolillo deslumbrado por las flores permanece apagado. Sueña con la noche, quizás con una guitarra o el canto solitario de su dueña, para encender entonces el patio. Y al son del aire que corra en ese momento hará danzar a las sombras y a las flores a las que alumbrará por los muros del patio como el más grandioso ballet que jamas hayas podido imaginar.

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Pugnan ambos por ver quien deja la sombra mas hermosa,el rosa o el encarnado, geranios ambos. Magia de chinescas que no mueve nadie, solo el aire y las flores. Dialogo de flores entre si, diálogos de sombras entre ellas; escchalos; sentimientos que aportan las flores en monocromos movimientos, suspiros de flor, anhelos de sombra. Disfrutalas cuando estés ante ellas; se dejan sentir y se alegran de que seas capaz de sentirlas.

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¿Prisión o marco? Apuesto por el marco.
Detrás de la maceta una ventana en penumbra, más parece un simple hueco; al frente una reja que enmarca; por todos lados unos geranios que corren alrededor como adornando y las sombras que convierten la planicie en una pradera que cambia a cada minuto como  reloj de sol, haciendo el escenario distinto en cada momento. ¿Se puede pedir más en menos? Y detrás de todo ello seguro que hay los ojos de una morena... no le mires a los ojos que no sales de Córdoba.

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¿Que le falta a esta ventana? Mira que es bonita; mira como destaca; mira su añil y su luz... Pero algo le falta.
La negra reja parece ser excesivamente grande para solo dos macetas. Dos macetas una alegre y otra triste.Una con flores rojas de pasión y otra con pequeñas flores blancas de pureza. ¿Que le falta a la ventana? 
Ya se que le falta a la ventana, mas flores que la arropen y los ojos de una morena que... No le mires los ojos a una morena cordobesa que ya no sales de Córdoba.
--o0o--
                                                                                
 Mayo de 2013