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miércoles, 11 de diciembre de 2013

LOS JARDINES DEL MORO EN UNA FRIA MAÑANA DE OTOÑO. Madrid

Hace frío en Madrid esta mañana. La temperatura no ha subido de los siete grados al sol y en las zonas de penumbra la escarcha está presente, pero el espectáculo es grandioso.
Una ligera bruma, esas brumas matinales madrileñas, que como un ligero velo le quita al sol la fuerza necesaria para que el día sea totalmente radiante.

 
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La vista es espectacular desde la puerta de acceso en el paseo de la Virgen del Puerto. Y a Ali Ben Yusuf le debió parecer lo mismo cuando a la muerte del rey Alfonso VI en 1109 intentó volver a conquistar esta ciudad, asentando su campamento debajo de la fortaleza que allí existía, sin conseguir su propósito.

 
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Jardín romántico, está lleno de senderos y caminos por donde pasear. Pequeños estanques, fuentes e incluso pequeñas edificaciones aparecen en distintas partes según vas caminando.


 
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La diferencia con otros parques de Madrid está en el número de personas que a él acuden. Es un jardín regentado por Patrimonio y en el no existen ni bares ni puestos de mercadillo, con lo que el publico rehúsa acercarse a él.
 

 
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El jardín se termino a finales del siglo XIX y durante la batalla de Madrid en nuestra Guerra Civil sufrió mucho, pero hoy en día es una maravilla visitarlo.



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En los Jardines del Moro, puedes encontrar castños, olmos, chopos, abetos, pinos, arces, arbustos de todos los tipos, y en temporada un monton de plantas de flores increibles.



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Impone la vista del paseo central con la fachada oeste de palacio. Imponen sus altos árboles y la densidad de ellos.
Incluso en estas fechas otoñales, a pocos días del cambio de estación, con los árboles casi desnudos, es bellísimo.

 

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La luz de hoy, cálida, tumbada pues al sol le cuesta levantarse, velada por la ligera bruma, y a la vez clara le dan a los de por si marrones tonos un aire más potente. Contrastan los verdes de la hierba con los tonos amarillentos de las hojas y los grises de los troncos desnudos con los relucientes amarillos de los árboles aun vestidos.

 

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Si, hoy ha sido un día frío en Madrid, pero ha valido la pena el paseo…

 

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Sed felices.
Antonio.

jueves, 27 de diciembre de 2012

ADIOS AL OTOÑO.- Hojas de los robledales de El Escorial

 





Ayer estuvimos andando un rato por las cercanías de la Silla de Felipe II en El Escorial. Pensé que iba a encontrar más gente paseando, pero el día gris y frio no invitaba; el silencio en el monte era una delicia, solo roto de vez en cuando por una leve ráfaga de aire que presagiaba una lluvia que llegaría mas tarde. Fuimos a despedirnos del otoño. Las últimas hojas estaban intentando prolongar su estancia en el árbol deseando poder seguir contemplando las maravillosas vistas de  Abantos y los montes escurialenses. Sus compañeras, caídas ya en la propia  alfombra a tejer, no entorpecían su visión.
 
 
 
 
 

Hojas, siempre hojas que marcan el paso del tiempo. Relojes nuevos todos los años que nos marcan poco a poco con horas de color el paso de las estaciones. Hojas de arboles que eternos viven al sol y duermen en los fríos del invierno. Me gusta fotografiarlas; son todas iguales, pero cada una tiene su personalidad. Su estatus dentro de las jerarquías del árbol. Las ultimas en abandonarlo, las más fuertes, las más arraigadas.
 











 
Los robledales eran una mancha gris del tono de las ramas, salpicadas de vez en cuando por motas amarillas y quizás alguna aun verde que les daban color. Allá abajo, el monasterio y antes los prados verdes de un campo de golf jugando con ellos a estampar el paisaje. De vez en cuando, en mitad del robledal, una mancha de verde oscuro, pequeña, dejaba a la vista un enebro que la naturaleza espontáneamente ha colocado en el lugar.
 

 
 
 
 
 
 

Y contrastando con el robledal, en las faldas de Abantos y San Juan, los pinos dejan su otro tono verde, distinto, casi azulado en la distancia pareciendo querer señalar las pequeñas manchas blancas de la nieve que aún queda de la semana anterior.










Todo es paz a nuestro alrededor. Silencio que no nos atrevemos a romper porque en ese momento no hace falta. Las rocas, engalanadas ya con sus mantas de invierno, de un verde rabioso, y los arboles con sus manguitos de líquenes grises nos acompañan; parece que nos persigan en nuestro paseo.








 
Unos con formas enrejadas parecen querer obligarnos a no traspasar el lugar; como cárceles naturales donde las ramas son las rejas; otros, rasgados por un animal o por la mano del hombre, resisten el embate del tiempo; aquellos, que refugiados en sitios más cálidos de la espesura, son como faros encendidos de tonos verdes y amarillos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Llegamos a una tapia de piedra y desde allí, respetando lo que ella significa, nos dimos la vuelta a contemplar el paisaje. Delicioso. Suave y brusco a la vez. Y en cada árbol una hoja o dos, nos recuerdan que el invierno está a punto de llegar y que debemos despedirnos del otoño. Un otoño que ha pasado rápido, veloz, casi sin darnos tiempo a empaparnos de él. Y mañana, cuando lleguen las fuertes heladas invernales y las verdaderas nieves, lo echaremos en falta, por su calidez y su color. Tendremos que esperar cuatro meses para que aquí mismo el tono gris desaparezca dando paso a la vida nueva que surge cada primavera….
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Nada más. Espero que os hayan gustado. Sed felices
Antonio


lunes, 17 de diciembre de 2012

ROCA Y MUSGO.-




Roca y musgo o musgo y roca; que más da. La base de granito, el bosque de roble, la altura y la temperatura permiten que el bosque se tiña de verde. De un verde que contrasta con las ocres hojas de los robles que pueblan estos montes escurialenses.
Ambos  son afines, se necesitan el uno al otro para convivir. El granito le da sustento y soporte al musgo y este embellece la roca, como si de una maravillosa peluca se tratase.
Inmensas bolas de granito que afloran allí donde la naturaleza le dio más fuerza que a sus hermanas, que con el tiempo se convirtieron en arenas, que iluminan el paisaje con grotescos castillos pétreos que te empequeñecen. Pintadas de colores grises y pequeños cristales, los granitoides gigantes crecen ante nosotros, superan a los robles jóvenes y nos ponen en el lugar que nos corresponde por estatura y por edad.
Los musgos, como alfombras persas teñidas de verde, repiten cada año su llegada temporal del otoño. Los fríos, las primeras nevadas y heladas que enfrían las rocas, preparan el camino para que estos reaparezcan con fuerza. Ha pasado la época del calor donde los musgos se han reducido a pequeñas muestras en la roca, secos, desolados; es el momento de resurgir triunfantes y los fríos y la humedad de este otoño han contribuido a ello.
Vuelve el invierno, se está acercando a pasos agigantados.
Os dejo con unas pocas fotos; el día no era muy bueno, las luces mezcladas con las nieblas y las nubes no dejaban salir a un sol tibio, sin fuerza; de todas maneras ahi estan, espero que os gusten.































Buen día a todos.
Sed felices.
Antonio