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sábado, 10 de marzo de 2018

¡Fiebre!


Atardece cuando estoy volviendo de la farmacia de comprar los aerosoles que me ayudan a respirar.
De repente, como esos soplos de aire que discurren en los días de calma, un ahogo repentino y fugaz me indica que algo no anda bien.
Me detengo un momento; respiro hondo; mentalmente me tranquilizo. El corazón se ha revolucionado algo, no mucho, pero lo siento.
Una fina lluvia cae, pero voy abrigado. Sigo andando; parece que mis bronquios han sufrido un ligero despiste y con la humedad del ambiente se han aturdido y cerrado por un instante.

Llueve al volver de la farmacia

Hasta casa me quedan doscientos metros, quizá algo menos. Ando tranquilamente con la bolsa de las medicinas colgando de la mano izquierda, y voy pensando en quien quiero, que deseo… cuando de repente ¡otro ahogo!  Eso ya no me gusta, pero no puedo correr, sería mucho peor.
Palpo mi bolsillo y allí está el aerosol de emergencia.
No lo dudo. Lo saco, como el que saca un revolver para defenderse, y sin pensarlo dos veces aprieto dos veces el imaginario gatillo y un fluido frio y gaseoso entra hacia mis pulmones mientras contengo la respiración.
Ando ahora muy despacio, La experiencia me lo ha enseñado y subo sin dificultad los seis peldaños del portal y entro en casa.
Parece que la química ha hecho funcionar a mis bronquios. Me tranquilizo.
Me siento ante el ordenador porque hace un montón de tiempo que quiero escribir a Soledad y no encuentro el momento ni la forma. Enciendo el ordenador. Miro el correo. Nada importante. Decido abrir el tratamiento de textos y ponerme a escribir.
Estoy respirando sin dificultad, pero noto que no estoy bien.
Son las siete de la tarde.
La tormenta comienza. Una sensación de frio me invade. Comienzan mis dientes, los que me quedan, a chocar unos contra otros. Sé que llega la fiebre; ahora entiendo esos ahogos. Algo no anda bien, Dejo pasar un rato, La tiritona va en aumento. Comienza a dolerme el cuerpo, no sé si por el gripazo que se avecina o porque el cuerpo regula el envío de oxigeno a sus elementos principales.
Cada vez tirito con más fuerza y cada vez veo a la Soledad mejor.
Me acerco al botiquín y me tomo una aspirina sin pensarlo.
Miro el reloj: las 8,30 de la tarde. Hace dos horas ya que empezaron los ahogos y vuelvo a palpar mi bolsillo, pero no cojo la pistola de la vida.
Intento escribir en el ordenador y los dedos recorren cada tecla sin hacerme caso. So..mme…dad, est…y pensa….fo en ti
Tengo que detenerme. No puedo seguir escribiendo; me pone más nervioso, me cuesta respirar. Noto que sube la fiebre y la fiebre me empuja a pensar en el mundo que me rodea.

Poemas amorosos y épicos se entrecruzan en mi mente...

Decido ponerme el termómetro. ¡Treinta y nueve y medio!
Pero de momento sigo respirando, me digo a mi mismo. ¡Puedo soñar! ¡Tengo fiebre, puedo soñar! Estoy empezando a delirar.
Mi mente divaga en un mundo que me gusta y las imágenes de Soledad se cruzan en el camino con multitud de rosas que me saludan y sobre ellas infinidad de insectos que acompañan. 
Poemas amorosos y épicos se entrecruzan en mi mente formando estrofas maravillosas sin sentido. Poetas antiguos y modernos combinan sus versos  en una sinfonía de rimas maravillosas de palabras para mi incomprensibles pero que me endulzan. 
Griegos, romanos, celtas y otra multitud de civilizaciones recorren delante mío los caminos sagrados de la historia.
Los grandes inventos se me presentan de repente, como juegos de científicos infantiles que han desarrollado juguetes misteriosos que no saben siquiera si van a poder dominar. Veo conjuntos de batas blancas a mi alrededor de personajes sonrientes que reciben premios imaginarios por labores conseguidas y que ofrecen al mundo en total gratuidad.

Los insectos me saludan...

Y a mayores que juegan en los parques junto a los niños. Disfrutan en esos espacios de las horas de sol en los fríos inviernos y de vez en cuando recogen una pelota que un niño les ofrece para que ellos también chuten en un imaginario campo de juego. Y veo un mundo feliz donde vida y muerte se dan la mano en una existencia conjunta y duradera sin temor y sin guerra.
Deliro en un mundo perfecto que viene a socorrerme, un mundo donde todos compartimos alegrías y no existe la tristeza, Cada rincón de ese mundo está limpio y a las puertas de cada vivienda una flor.

...en cada puerta una flor...

Y me doy cuenta que en las ciudades ya no hacen falta en las noches las farolas porque así podemos iluminarnos mirando al cielo y contemplar ese maravilloso otro mundo que nos rodea. Miles de estrellas se encienden como pequeñas luciérnagas y parecen saludarme. Algunas incluso centellean ante mi alegría por verlas. Meteoritos incandescentes pasan a cientos por mis ojos sin quemarme. Y gira el Universo alrededor de la tierra en una espiral de luz y fuegos artificiales maravillosa.

Una alfombra de flores...

Y una alfombra de flores se extiende por las aceras para que los pies anden desnudos sobre ellas. Y los perfumes de la naturaleza invaden las calles.
Y tú también apareces, Soledad, en la inmensidad de mi locura febril y te veo navegar en un mar encendido por el cielo, que refulge en mil colores jamás vistos, gritando ¡amor, amor!
Veo a mis padres jugar conmigo y mis hermanos como si la vida ni hubiese pasado y me doy cuenta de que soy feliz. ¡Viva la fiebre! pienso para mis adentros mientras, ya en la cama, la tiritona sigue adelante, como si aquello no fuera a tener fin. Y reconozco aquella bicicleta heredada de no sé qué antiguo pariente en la que aprendí a montar en una cuesta abajo.
Y sueño con despertar a tu lado y sentir tu pecho entre mis manos en una eterna caricia de cariño al despertar; pensando y sintiendo que fuera existe un mundo de total belleza, de inmensa belleza natural, sin maquillajes ni coloretes que la descompongan…

...de inmensa belleza natural...

Pasan por mi cabeza una ambulancia con las sirenas encendidas. ¡No, otra vez no! No quiero ir al hospital. Estoy sudando ¿de miedo? No lo sé. Son…no se qué hora es. Cojo de la mesilla el Ventolín y disparo de nuevo dos veces. Por si acaso.
Sigo soñando despierto. ¡Viva la fiebre! De repente todos los problemas y las angustias se convierten en banales circunstancias y frívolas preocupaciones. ¡La vida es más importante!
Son las cuatro de la madrugada. Un antibiótico entra por mi garganta y le sigue un fuerte calmante. Estoy despierto, No quiero apagar la luz. La miro constantemente como si fuese mi sol en ese momento.
Es una esfera en movimiento que orbita alrededor de mi cabeza, Calor desprende y su luz hiere las pupilas llenándolas de extraña felicidad. Me ilumina, me trae tus recuerdos y los momentos pasado juntos, Si los pasados contigo y con todos. 

Una esfera de luz...

Quisiera recuperar en esos instantes todos los momentos agradables vividos en mi vida y juntarles en un solo instante de felicidad.
Son las cinco de la madrugada. Parece que el calmante ha comenzado a realizar su función de bajar la fiebre. Pero el reloj me sigue pareciendo gigante, extraño.
Mi mente empieza a darse cuenta que lo vivido eran sueños aunque sigue medio inconsciente. Que Soledad no estaba a mi lado y que las flores en las puertas de las viviendas eran los cubos de la basura. 

...las flores en las puertas de las viviendas eran los cubos de la basura...

Las que cubrían las aceras de las ciudades se van convirtiendo poco a poco en suciedad olvidada en ellas. Y la lámpara que parecía un sol que me guiaba hora molesta mis ojos: pero sigo sin querer apagarla. Los juegos con mis padres se van difuminando y el cielo se apaga cada vez más en la ventana cerrada; el despertar, entrelazados, tendrá que esperar de nuevo y el mundo vuelve a convertirse en una desilusión de guerras y humillaciones de unos a otros.
Poco a poco, muy poco a poco, la fiebre va bajando.
Recuerdo más veraces me van llegando de nuevo: un beso, una parada de autobús, una maquina de fotografiar, Soledad, mis problemas, mis incertidumbres…

...el cielo se apaga cada vez mas...

Cierro los ojos.
Creo que son las seis de la mañana cuando me quedo dormido.
Al despertar, cansado y con el cuerpo dolorido, me acuerdo de mis sueños y pienso que a veces es buena la fiebre. Algo ha reaccionado mi mente después de ella: quizá locura, quizá deseo, quizá un bendito sueño de ilusiones.
Está claro que, si no hay fiebre, habrá que intentar soñar de nuevo con ilusiones que hagan factible concebir la vida como un instante maravilloso que debe vivirse a tope, sin hacer daño, sin perderse en intrigas y odios que no conducen a nada. En fin en soñar y convertir los sueños en realidades tangibles…

convertir los sueños en realidades tangibles...

¡Queda tanto por soñar!........
¡Queda tanto por hacer!.......
¡Queda tanto por amar!.......

--o0o--
Feliz sueño a todos, espero que para ello no os haga falta la fiebre.
Antonio

lunes, 18 de diciembre de 2017

Del infinito pequeño al grande: pensamientos nocturnos.

Observo a los pequeños pulgones encima de un pétalo de una rosa. Su tamaño es increíblemente pequeño, un milímetro y medio de cuerpo, y en su interior, como en el nuestro, bulle una vida increíble.
Infinitamente mas pequeño es el mundo que existe detrás de ellos, pero ahí ni mis ojos ni mis cámaras son capaces de llegar a un.
Y ese infinito mundo pequeño es mi punto de partida para llegar a comprender un espacio inmenso que me rodea. Porque si comprendemos lo pequeño veremos de forma totalmente distinta lo grande.


Aquí comenzamos el viaje con estos dos pequeños pulgones que increíblemente tienen sus aparatos bucales clavados en el pétalo de la rosa y le están extrayendo el jugo de la vida.
Esos escasos centímetros del pétalo es el universo del pulgón, un universo lleno de color, luz y olor.
De repente el mundo crece.
En otro pétalo, en otra rosa, una pequeña crisopa, de algo mas de un centímetro nos muestra un mundo de vida, lleno de vida, que va creciendo. Ya no es los escasos milímetros que ocupa el pulgón, no, ahora la crisopa ocupa casi por completo una buena parte del pétalo de la rosa y su universo es muchísimo mayor y será capaz de extenderlo y aumentarlo.


Vamos observando poco a poco el mundo que nos rodea y esos pequeños universos que se nos  van apareciendo, nos enseñan que todo lo que nos rodea es relativo y a la ves forma un solo espacio.

La realidad de cada mundo nos vendrá dimensionada no por lo que seamos capaz de medir, si no por cada universo que seamos capaces de comprender.


El conjunto de los pétalos le dan la forma a la flor. Y la rosa es ya una estrella en un universo de flores en que cada sol tiene sus propios habitantes. Cada individuo será capaz de alimentar, mientras viva, a pequeños seres que compartirán su entorno, unas veces en perfecta armonía y otras combatiendo para comer. Es una de las leyes que se aprende en los universos, ya sean grandes o pequeños, incluido el nuestro propio.


Qué grande es el micro espacio en el que vivimos. Está formado por una enorme inmensidad de soles y formas distintas que nos acompañan, que están orbitando a nuestro alrededor y que para llegar a ellos solo hay que abrir los ojos y dejar que su luz, su forma y sus aromas lleguen a nosotros.
Y así, de un sol solo, pasamos a una galaxia llena de hermosas flores que nos contemplan.


Fijaros en la galaxia de rosas que forman todas ellas juntas. Un conjunto nuevo está llegando a nuestros ojos. Un universo formado por infinidad de galaxias, unas mayores que otras comienzan a rodearnos. Y su belleza ha partido de la contemplación de un pequeño insecto que la mayoría de los humanos somos incapaces de contemplar. Y así una tras otra las galaxias van expandiéndose para formar distintos universos.
Universos que se complican y crecen cada vez más, y aun no hemos salido de nuestro pequeño mundo. Los rosales han dejado paso a los árboles que con sus hojas y sus frutos forman un espacio infinitamente mayor y que empequeñece el nuestro propio.


Crecen los arboles unas veces puestos por la mano del hombre intentando crear un universo ordenado, con galaxias cuadriculadas, mientras que la propia Naturaleza en un orden desordenado alinea a sus especímenes contando con el azar, pero acompañada siempre por las propias leyes que han regido desde la creación de los mundos.
Y de repente, ese universo que comenzaba a expandirse, se amplía maravillosamente con la imagen de unas tierras inmensas en las que miles de millones de distintos seres que formamos la Creación, nos movemos.
Ya no es cuestión de pequeñas galaxias, no, la galaxia terrestre se nos abre en plenitud, con sus seres vivos y sus seres dormidos, y de ella vivimos todos de los que todos sacamos provecho.


El infinito se extiende hasta donde quiera la vista y cuando pensamos que detrás de la montaña se acabará nuestro mundo, aparece siempre otra llanura de tierra o de agua que sigue demostrándonos que es infinitamente mucho más grande que nosotros, casi eterna.
Y entonces entra en juego el Universo que acoge a todos los universos que formamos el planeta tierra y nos muestra un cielo repleto de distintos mundos de formas y colores, que nunca es igual. Unas veces azul, otras gris y muchas rojizas como si quisiera trasmitirnos un aliento de ánimo y de calor.
Pero tenemos que saber mirar y sobre todo saber percibir las sensaciones que todo ello produce en nuestro ser. 


¿De que nos vale tener tantos universos a nuestro alcance si no somos capaces de verlos?¿Los desperdiciamos? Por supuesto que si.
Cuando cae la noche y parece que ya nada mas puede acontecer un mundo de maravillosas candilejas nos envuelve por todas partes. Cada estrella, cada rosa encendida en el infinito de otros universos, reluce exponiendo infinidad de mundos que debemos imaginar pues no somos capaces de llegar a ellos.


Y una enorme esfera, nuestro vecino más cercano, celosa, quiere tapar el resplandor de tanta estrella y pletórica de luz se nos muestra. Y así podríamos seguir hasta mas allá del infinito cercano e ir avanzando hasta el último y dormido infinito.
Cuando despierto del sueño de los mundos, me doy cuenta que tengo un universo precioso cerca de mi, Soledad.
Sed felices, que esto pasa, muy, pero que  muy rápido, y la belleza que nos rodea nos puede ayudar.

Antonio 

lunes, 7 de marzo de 2016

Como se acostó ayer el sol, Soledad.

Ayer,  estaba sentado en casa intentando escribir algo coherente, igual que hoy, y de vez en cuando el sol entraba por la ventana y calentaba el despacho donde trabajo. 


Los libros parecían tomar una dimensión distinta de la que habitualmente presentan y sus infinitos colores y dorados repujados, resaltaban de forma maravillosa.
Observaba el cielo y veía pasar entre rayo y rayo de sol unas nubes negras que no presagiaban nada bueno. Incluso llegue a pensar que la puesta de sol con tanta nube iba a ser apagada. Pero cuando el sol ya no daba en la ventana, tapado por otro edificio más alto, mire hacia arriba y me di cuenta que algunas nubes presentaban unos colores que indicaban que la puesta se estaba produciendo como a mi me gusta.


Di un salto y cogiendo las dos maquinas salí a la calle corriendo para intentar ver al astro rey acostarse entre las nubes, arrullado por estas, como si de suaves y cálidas mantas se tratasen.



Casi llego tarde. El sol se está poniendo. Hago la primera foto sin llegar al lugar donde quiero aposentarme a ver la puesta.


Las nubes tenían colores entre el negro oscuro y un dorado pobre y pensé por un momento que aquello no iba a llegar a ningún lado.
De improviso, como si el sol y las nubes hubieran leído mi pensamiento, en el horizonte estallo una luz increíble al separarse los nubarrones y dejar paso a los rayos solares.



Me desplace lentamente camino abajo, para intentar que la encina grande de la loma quedara entre el sol y yo; lo conseguí.  Con el tele pude observar que en las hojas en movimiento de la encina se reflejaba el sol, dando la apariencia de un árbol de Navidad.


Un instante después, como si aquello hubiese sido un espontaneo regalo, con la sensación que de niño te quedaba cuando el caramelo se te caía al suelo, volvió a hacerse la oscuridad y el cielo en breves segundos se convirtió en una masa gris de nubes que discurrían tranquilas, sin pausa.


Me di la vuelta, creyendo que aquello había terminado y comencé a retirarme hacia casa tranquilamente, sosegadamente, volviendo los ojos de vez en cuando hacia donde el sol había desaparecido.


De nuevo volvió a producirse el milagro. Suaves coloraciones aparecían en el horizonte.
Allá abajo comenzaba a distinguirse un tono rosado en el cielo. Y de repente, como el estallido de una enorme bomba, el cielo se tiño de tonos dorados y rojos que solo duraron unos instantes.


Luego, poco a poco, dos enormes torres que se habían ido levantando comenzaron a tapar la luz y su tono gris azulado cobijaba ya definitivamente al astro rey.


La oscuridad venia acompañada por las luces de las viviendas, que allá por Valdemorillo, comenzaban a encenderse.


Y como siempre en soledad presenciando el maravilloso espectáculo de la naturaleza.
Cuando llegue a casa era de noche, hacia frío y seguía solo, Soledad.
Sed felices.

Antonio 

jueves, 6 de marzo de 2014

Pensamientos de un filosofo del ladrillo X.- La prostituta, el perro y los feligreses.

 



He salido de la tertulia rumiando lo que en ella se ha dicho y leído. Feminismo y feminidad son dos opciones claramente distintas, convergentes en algunos momentos y enemigas en otros. Soy partidario de una igualdad de géneros y ni machismo ni feminismo me gustan, creo que es mucho mejor hombre y mujer: los dos seres humanos iguales.

Voy paseando y meditando tranquilamente. No veo a la gente, voy enredado en mi pensamiento llevado por la “ráfaga de aire que mueve las hojas y por el puerto que es el puente entre el océano infinito y la tierra”. Las palabras de la poetisa Gloria Young, me están haciendo cavilar.

El paseo, discurre tranquilo. No hay demasiada gente.
 
Voy saboreando un canto de "cumpleaños feliz" que me han cantado los contertulios. Y de eso hace ya quince o veinte minutos, allí en la lejanía de Este Oeste.
Como pasa el tiempo, como discurren las calles en un andar que ni es cansino ni atlético.

Bajo por la calle Fuencarral abajo y de repente me encuentro rodeado de gente en un paseo silencioso solo roto por la música estridente de un músico que no ha tenido suerte. ¡Que importante es la suerte!

Ha cambiado la calle: Peatonal, con árboles y con personas.

Un perro que acompaña en su dormitar a un mendigo me mira un momento. Luego baja la cabeza de nuevo y sigue su sueño urbano. Se prepara a pasar la noche, otra noche junto a su dueño, otra noche de calle.

Las fachadas hasta ahora anticuadas y barrocas han dejado paso al escaparate de luces multicolores, de maniquíes vestidos con ropa interior y a tiendas donde se vende café que antes pruebas o jabones al peso, olorosos y fragantes.

La gente parece vivir en otro tiempo.
Su tiempo y mi tiempo van por caminos distintos.
Los jóvenes, apasionados y dueños del mundo, corren como si todo lo que tuviese que pasar, tuviesen que hacerlo en el mismo instante, ahora mismo; se besan sin pudor delante de todo el mundo. No puedo criticarles, los comprendo.

Medias rotas, moda demodé, y pantalones vaqueros con agujeros se entremezclan con minifaldas y vestidos largos.
Veo que parte de mi tiempo ha pasado; también fui joven, también tuve prisa en hacerlo todo. Demasiada prisa…

Llego al semáforo de Gran Vía con las luces estridentes de las pantallas publicitarias de la antigua Telefónica. En el semáforo, una cuenta atrás indica el tiempo que falta para que podamos cruzar al otro lado de la avenida. Me hace pensar: ¿será acaso un ejemplo de lo que es la vida?
Han pasado quince minutos y un montón de manzanas antes de llegar al semáforo y me pregunto también si es necesario que ese maldito reloj me diga lo que falta para poder cruzar la calle: ¡Ya se pondrá verde…caramba!

Al otro lado un montón de caras inanimadas, como desconocidos fantasmas, miran el reloj del lado contrario. Su espacio y su tiempo son distintos del mío: ellos vienen, yo ya voy.
Por fin, el número mágico, el cero; podemos cruzar la calle; y nos cruzamos en medio de ella los de un bando y los del otro como enemigos de trincheras opuestas; ni nos saludamos. Nos esquivamos buscando por donde escapar de un contacto que no queremos. Han pasado quince segundos, solo quince segundos desde que el semáforo se puso verde y dejó de contar, y ya estoy al otro lado de la calle. Tiempo y espacio parecen congraciarse por una vez.

De repente todos mis pensamientos sufren un batacazo terrible.
En un instante  ráfaga de aire que mueve las hojas y por el puerto que es el puente entre el océano infinito y la tierra” desaparecen, se rompen en mi cerebro, se destruyen.

Estoy en la calle de la Montera en el encuentro con Caballero de Gracia, en la plazuela que forma al desembocar esta en la Gran Vía: una puta, un perro atado, esperando al dueño que debe estar con otra en la pensión y la salida de los feligreses de misa son un contraste tan grande que mi cerebro sale de su ensoñación y vuelve a la realidad cotidiana.

Ella, la puta, con cierto tinte cobrizo en su piel, de fuertes y gruesas piernas, que dejan ver una lucida y cortísima minifalda, puesta delante del eje de la calle estrecha impresiona; detrás de ella escasos treinta centímetros un enorme bolardo de granito adquiere un extraño significado.
Se rompe el encanto de la feminidad y el feminismo comentados durante la tertulia para dejar paso a un pedazo monumental de carne que de alguna forma, te repele, pues es todo lo contrario a la felicidad. Se rompe la feminidad para convertirse en un mercado terrible de carne sin sentimiento.
Blusa entallada dejando ver un enorme busto.
Hay alguien que se le acerca y vuelve a alejarse, como si de un tratante de ganado se tratase. Y en el fondo es eso, un trato de ganado, vendo carne, a tanto ¿a cuánto…? Vuelve y va, va y vuelve.

El perro, un pequeño perro de colores blancos y negros, está atado delante de un lúgubre portal, estrecho, unos metros más debajo de la puta. ¿Cuánto tiempo llevara ahí el animalito? Mueve el rabo, en un lento movimiento que es más de espera que de recibo y alegría. Sabe dónde está. Ha venido más veces ¡seguro! Y si mueve el rabo es porque el tiempo del contrato temporal debe estar llegando a su término. El perro en la calle y el dueño seguro que arriba. Estoy tentado a quedarme esperando, pero me parece absurdo, me imagino que saldrá con cara de despistado, haciéndole caricias al perro y mirando arriba y abajo de la calle…

Los feligreses salen de la misa vespertina. En grupos charlan tranquilamente calle arriba, despacio, sin tiempo y sin prisa. Qué ironía; la puta les mira. En cambio ninguno le mira a ella. Abrigos de buen corte, sombreros de fieltro, parecen hechos a medida, y bufandas blancas…
Contraste de personajes abrigados y desabrigados, de piernas tapadas y otras desnudas y en el fondo unidos todos en el mismo espacio que el perro y todos, como el perro, atados a un destino en el tiempo y en el espacio.
Los feligreses suben, el perro sigue meneando la cola y el cliente de la puta va y viene. Todos en su tiempo, en un tiempo para cada uno, en espacios absolutamente distintos.

Qué cantidad de contrastes en  un paseo. Hace un rato, allí a lo lejos, cerca de la glorieta de Bilbao hablando de feminismo y feminidad, del tiempo y el espacio.
Aquí, ahora, una puta, a la que la vida ha tratado de la peor forma posible, en el eje de una calle sin tráfico. El perro sigue moviendo el rabo y los feligreses encienden el cigarrillo que tanto anhelaban. Todos unidos en el mismo espacio de calle, en el tiempo del rezo y en el de un polvo con perro guardián en el portal, pero todos, absolutamente todos, es dimensiones distintas y en un mismo tiempo.

No vuelvo más la cabeza hacia atrás. Ya he visto bastante; sigo mi camino.

Pasa mi tiempo y el espacio sigue corriendo bajo mis pies. Espacio y tiempo, segundos y metros, que se juntan en cada paso y a la vez se alejan el uno del otro. El espacio viene, el tiempo se marcha.
Con lo bien que ha estado la tertulia, ¿Por qué han tenido que aparecer la puta, el perro y los feligreses?
Retomo mis meditaciones: “ráfaga de aire que mueve las hojas y por el puerto que es el puente entre el océano infinito y la tierra” y mi mente vuelve a su espacio y a su tiempo, busca su aire y su puerto.

Cuantas cosas distintas en unos minutos que se fueron y en un espacio que permanece.

Sed felices.
Antonio