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domingo, 9 de julio de 2017

Dali: una Casa Blanca junto al mar.


Fotografías de Salvador Dalí en el Museo Dalí de Figueras- Las incrustaciones son mías


"Si muero, no moriré del todo"

Con esta frase no sé si de refería a él mismo o al gran Federico García Lorca, pero  vale para los dos; Dalí sigue vivo, su pintura, escultura y el resto de las artes por el tratadas siguen ahí como recuerdo maravilloso de un egocéntrico genial, de un personaje que supo con sus excentricidades cautivar a multitudes y ser odiado por otras tantas.
Antes de entrar en la casa de Portlligat repasemos unas imágenes del museo Dalí, quizás así entendamos mejor el entorno.

El espectro del sex-appeal. Museo Dalí de Figueras

Dalí nació en Figueras y murió allí también, pero vivió fundamentalmente en su casa de Portlligat en Gerona, en la costa, donde la luz y el color se mezclan en un maravilloso mundo de fantasía que él, el gran maestro, supo fundir en muros blancos.


El Museo Dalí en Figueras  es un mundo mágico, que absorbe de entrada al visitante, no dejando que llegues a analizar al personaje ni a su obra en una primera visita. Sobrecoge todo, el espíritu de una Dalí, que parece no haber muerto, esta en cada rincón, en cada cuadro, y si puedo así decirlo, en cada locura pictórica representada en sus dibujos, en sus cuadros. Es importante conocer el Museo Dalí antes de entrar en la Casa Blanca de Portlligat.
Para entender la casa de Dalí en Portlligat hay que entender su obra, su egocentrismo, su capacidad de creerse el centro del mundo, de crear, y la adoración que se creó en torno a un personaje capaz de atraer a las personalidades más importantes del momento.

Vista de la ensenada de Portlligat, una de las calas mas bellas de la Costa Brava desde Casa Dalí.

La casa de Dalí en Portlligat hay que mirarla como una mas de sus artes, colocó enormes huevos donde otros hubiésemos puesto unos geranios, pitas en lo alto de un muro o tesones como perchas de un palomar lleno de ojos son parte de lo que vais a ver.

Salida al jardín

Sala de invierno con vistas al mar

Portlligat como un cuadro en una abertura del muro

No me extraña que Dalí amase su casa. Era su refugio, su huida del mundanal ruido, un lugar donde pasar de actos públicos publicitarios y demenciales a un lugar de recogimiento donde mirar al mar, a su Mediterráneo en compañía de Gala, y allí pintar, imaginar y poder colocar la mente, su maravillosa mente creadora, en disposición de seguir creando.

Izquierda zona despensa; arriba escalera con sombrilla; Abajo espejos para ver la salida del sol y ventana a la bahía.

Dalí, seguía creando en su taller y en toda su casa. 
A quien sino se le podría ocurrir colocar huevos, el germen de la vida, encima de sus terrazas y muros; o amantes sobre un muro al lado de unas pitas o incluso un palomar de ojos saltones.

Distintos huevos cósmicos a lo largo de la vivienda

Pasadizo entre distintas estancias y zonas ajardinadas.

Palomar por la parte posterior.

Y la soledad, el aislamiento de su casa, a los que solo entraban los que él consideraba sus amigos, o su interés, podía rellenarse con cisnes que pululaban por sus jardines o muñecos Michelín sentados en distintas partes como convidados silenciosos y respetuosos con su intimidad.

Cabezas en armonía en lo alto de un muro mirando al mar.
Muñeco Michelín tomando el sol en la piscina rodeado de una gran serpiente

La cal, el geranio, el olivo y las siempre vivas son la decoración de la casa con alguna pita.

Así hay que ver la casa de Dalí, no como un mero habitáculo de cualquier familia, de cualquier escultor, pintor o joyero… Solo puede mirarse como la casa de Salvador  Felipe Jacinto Dalí y Domènech. Su rincón, su lugar intimo, del que obligaba a salir a todo el mundo después de realizadas las faenas caseras, que solo lo abandonó  tras la muerte de su compañera Gala...

Hay lugares para descansar

Y está claro que la frase con la que comencé esta entrada, sea suya o no, sea para él o no, sigue siendo cierta: si muero, no moriré del todo.


Final de la piscina. No podía ser de otra manera.

He elegido una serie de rincones para colocaros en esta entrada. Comencé seleccionando cincuenta fotos y he ido reduciendo todo lo que he podido.
Allí esta encerrada, nos guste o no su autor, una parte de la historia de este país y mucho de un artista que con sus dotes, su arte y sus extravagancias sigue produciendo admiración y todo lo contrario.
A mi personalmente me gusta.

Sed felices.
Antonio 

lunes, 1 de julio de 2013

La mujer del espejo.-Plaza Colón en Madrid. Fernando Botero

Fernando Botero Angulo es un pintor y escultor colombiano, nacido en la ciudad de Medellín, en el año mil novecientos treinta y dos.
Comenzó sus estudios en su ciudad natal pagándose su carrera con las pinturas que el mismo realizaba y ganando su primer premio con un cuadro titulado Frente al mar.

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Con el dinero ahorrado con la venta de sus cuadros viaja a Madrid donde se matricula en la Academia de San Fernando durante un año y haciendo lo propio en la Academia de San Marcos de Florencia al año siguiente.
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En España conocemos al Botero escultor por las estatuas de bronce de volúmenes prominentes que hay por diversas capitales españolas. Pero realmente tanto en sus inicios como el resto de su carrera Botero es pintor.
Se consagra en los años sesenta en Nueva York y desde entonces recorre el mundo de exposición en exposición y de premio en premio.

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Según él, nunca ha pintado a una mujer gorda, sino que es una expresión de la sensualidad.
Admirador de Rubens sus esculturas recuerdan las mujeres de los cuadros de este. Con Botero el modernismo se acerca al estilo renacentista.

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Son impresionantes sus cuadros con un estilo inconfundible que se ve nada mas percatarse de la existencia del cuadro en cualquier galería modernista.

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Os dejo con la Mujer del espejo que tumbada, coqueta, mirando no sé si al espejo o con un suspiro escondido mirando a Colón.


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Espero que os haya gustado. Perdonad la primera fotografía pero el sol de ayer no me dio opciones a fotografiar el conjunto y me equivoque con la máquina.
Sed felices.
Antonio

viernes, 10 de mayo de 2013

FLORES CON POESIA LXXX.- El niño de Vallecas.

 
De familia adinerada, nuestro poeta de hoy nace en la provincia de Zamora, concretamente en Tábara en el año de mil ochocientos ochenta y cuatro.
Estudio farmacia y regento una botica, pero su voluntad era vivir libre y en libertad.
Se unió a un grupo de teatro con el que recorrió España, afincándose definitivamente en Madrid donde tuvo inicialmente una vida dura y difícil.


 
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León Felipe, cuyo verdadero nombre era Felipe Camino Galicia de la Rosa, marcho a América, concretamente a México en mil novecientos veintidós, dando clases de gramática y llegando a ser bibliotecario en Veracruz.
Al estallar la Guerra Civil española regresa a la patria y vuelve a partir hacia América para recorrerla explicando el comportamiento glorioso de los republicanos madrileños. Esto le valdría por parte del régimen de Franco que se le tuviera en el más absoluto de los olvidos.
Exiliado en México después de la guerra murió allí en mil novecientos sesenta y ocho.
León Felipe es un poeta que está intercalado entre dos maravillosas generaciones de poetas españoles: la del 98 y la del 27.
 



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Poeta de una exquisitez fantástica, duro con las injusticias sociales, trasmite con su poesía un interés maravilloso por lo humano. Puede considerarse su poesía como un tremendo grito desafiante ante la injusticia.
Su primer libro de poemas fue Versos y oraciones del caminante. A este le siguieron Drop Star (escrito en Norteamérica), La insignia, El payaso de las bofetadas, El hacha, Español del éxodo y el llanto, etc. etc.
Mantuvo una guerra abierta con la generación del 98 como se observa en las siguientes líneas: “Miradla. Los mastines del 98, que cuando ganasteis la antesala, dejasteis de ladrar, pactasteis con el mayordomo, y ahora en el destierro no podéis vivir sin el collar pulido de las academias…
 



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Os dejo con un poema que D. Santiago Amón, al que tuve la suerte de conocer y dialogar muchos días con el tanto en clase como en el autobús del colegio, le encantaba recitar y ponía como ejemplo: El niño de Vallecas, referido a un cuadro de Velázquez, a un bufón de la Corte. Os dejo con él.

 
 
EL NIÑO DE VALLECAS

 
Bacía, Yelmo, Halo.
Este es el orden, Sancho.


 

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De aquí no se va nadie.
Mientras esta cabeza rota
del Niño de Vallecas exista,
de aquí no se va nadie. Nadie.
Ni el místico ni el suicida.


 
 
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Antes hay que deshacer este entuerto,
antes hay que resolver este enigma.
Y hay que resolverlo entre todos,
y hay que resolverlo sin cobardía,
sin huir
con unas alas de percalina
o haciendo un agujero
en la tarima.
De aquí no se va nadie. Nadie.
Ni el místico ni el suicida.
 
 
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Y es inútil,
inútil toda huida
(ni por abajo
ni por arriba).
Se vuelve siempre. Siempre.
Hasta que un día (¡un buen día!)
el yelmo de Mambrino
—halo ya, no yelmo ni bacía—
se acomode a las sienes de Sancho
y a las tuyas y a las mías
como pintiparado,
como hecho a la medida.
Entonces nos iremos todos
por las bambalinas.
Tú, y yo, y Sancho, y el Niño de Vallecas,
y el místico, y el suicida.

--o0o--
 
 
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De aquí no se va nadie... Luego nos iremos todos por las bambalinas.

Velázquez, el Quijote de Cervantes, el suicida, un bufón deforme de la corte... ¿Se puede pedir mas en tan pocos versos?

Sed felices.

Antonio

sábado, 27 de abril de 2013

EN BUSCA DEL COLOR, LA LUZ Y LAS SOMBRAS.- Paseando una tarde por el parque del Buen Retiro de Madrid

 
Salir a pasear una tarde de primavera por el Parque del Buen Retiro de Madrid, es abrir la mente a un montón de sensaciones que nos van a trasmitir los rincones y los espacios iluminados por los colores, las sombras y la luz.
Hay que llegar allí con la mente dispuesta a descubrir. No podemos andar mirando al suelo y abstraernos  sin observar un espectáculo multicolor, luminoso y sensacional que durante generaciones se ha ido emplazando para nosotros; posiciones estudiadas o casuales que hacen de este parque una maravilla en primavera.



 
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En estos momentos los árboles del amor, los cercis siliouastrum, están rebosante de color, más o menos  morados en función de la luz que tienen a su alrededor. Y junto a ellos, con sus tonos  violetas o blancos, las lilas contrastan por debajo de ellos rellenando esos espacios que los árboles no hacen.
Y como no, los castaños, en un explosivo momento de fertilidad inmensa, tiñen de blanco un panorama que tenía que ser totalmente verde.


 
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Pero no nos confundamos. Realmente lo que en las tardes hace bullir nuestros sentidos no son las plantas en sí. La luz, esa preciosa luz del atardecer madrileño que se da en primavera y otoño, se cuela entre ramas, hojas y flores espectacularmente, de la mano del color y de su enemiga la sombra.
Y el color, celoso y encendido por la intromisión en sus dominios de la luz, surge explosivo en árboles, arbustos y pequeñas plantas, poniendo todo su empeño en las flores.


 
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Las sombras no se quedan atrás. Buscan el menor descuido para colarse en los dominios de las anteriores y poner su gran actuación a disposición del maravilloso cuadro que en cada rincón del parque se pinta.
Os dejo con los tres elementos de una tarde cualquiera de primavera, de un paseo buscando color, luz y sombra
Creo que los he encontrado, pero sois vosotros los que me teneis que decir que es así. 


 
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Las sensaciones y los sentimientos que se sienten en esa busqueda, las añoranzas y los recuerdos, quedan ahí, en cada rincón, en cada instante y en cada acuarela que nos regala el parque.
 
 
 
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Hasta aquí las fotos. No se si habré conectado con vosotros y realmente habré transmitido los sentimientos que sentí yo buscando luz, color y sombra.
Por hoy se acabo. Mañana quizás si el día esta tranquilo podamos salir mis máquinas y yo a dar una vuelta por Madrid. Ya veremos.
Sed felices.
Antonio