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miércoles, 8 de junio de 2016

El tiempo, la realidad, los sueños...Una puesta de sol

Esta tarde llegué a casa después de la puesta de sol, como muchas otras tardes. Ya es de noche. Hace un instante era de día. La puesta de sol ¿ha sido real o me la he imaginado?...


Paseo solo, como casi siempre que salgo con las maquinas de fotografiar, es una mala costumbre. Me estoy acostumbrando a ello, pero por otro lado me sirve para pensar, meditar, relajar el estrés acumulado a lo largo de los días, recordar, recordarte, soñar, admirar, ver, observar. Sobre todo observar lo que a mí alrededor sucede, como me gusta observar unos ojos u otros, o los tuyos; observar a la gente, su verdad o su mentira, su realidad y la mía, que aveces se cruzan y otras caminas por sendas paralelas mas o menos iguales.


El campo por donde piso, esta segado. Bajo mi peso, crujen las pajas protestando ante mi intromisión. Mi vista está en el horizonte, relativamente cercano.


La luz es aún demasiado potente y los ojos protestan al mirar hacia donde el sol se está poniendo. Esperaremos un poco, ya casi no queda día, y mientras tanto, la soledad lo permite, repaso momentos que me son agradables: una mirada cruzada, un beso perdido, un taza de té, una discusión, Soledad…
Por la tarde ha habido un conato de tormenta y en estos momentos aquí, que no en el horizonte, el cielo se ha ido despejando. Hacia poniente, allí donde las sierras de Ávila y los montes Escurialenses se dan la mano, dos enormes torres grises se elevan majestuosas, indicando donde se encuentra en ese momento todo el poder de la atmósfera.


A su derecha una capa más fina de nubes; deben ser los restos de las que han pasado durante la tarde.
Justo al costado de una de esas torres oscuras, una preciosa abertura se abre para dejar pasar por ella los rayos de sol. Hay dos escenas en la misma imagen: por un lado luz, por el otro oscuridad como el tiempo y el no tiempo, es decir la vida y la muerte. Todas ellas van siempre cogidas de la mano. 


El cielo esta aun demasiado claro. Unas golondrinas revolotean cerca de mí, encima del erial en que se ha convertido el campo, no sé si será porque al andar estoy levantando bichos que salen volando. Pero aparte de esas golondrinas, estoy solo. No hay nadie hasta dónde puedo distinguir a simple vista y me pregunto si el disfrute de la soledad es un privilegio o un castigo.
Creo que es lo segundo. La soledad forzada es un castigo. La soledad buscada es un maravilloso elixir que hay que practicar de vez en cuando. Ni me lo merezco, ni lo he buscado: ha surgido.


El cielo comienza a cambiar de color. El agujero en la nube se hace más nítido y el rayo de sol más potente. Un ojo en el cielo: ¿será el ojo de Dios? La luminosidad que por él entra supera con creces todo lo que hay a su alrededor. Por un momento, durante unos segundos que no puedo contar, mis ojos no se apartan de aquella abertura celestial que parece estar fuera de contexto.


Mis manos, antes que mi cerebro, reaccionan y cogen una de mis maquinas; están entrenadas para reaccionar solas ante lo imprevisible. Ya no miro a través de mis ojos la puesta de sol, lo hago a través de los ojos de la electrónica que me acercan el cielo o me lo alejan infinitamente; miro al instante pasado con ojos de presente y de futuro. 
Me recreo en la escena. Doy gracias porque la existencia me haya dado el don de la observación; observo todo lo que a mí alrededor transcurre. La belleza está a nuestro alcance, solo hay que mirarla, disfrutar de ella, saborearla como si de un delicioso manjar se tratase.


En silencio, va cayendo poco a poco, también el día. Allí en medio del campo ¡estoy disfrutando! En este momento mi cabeza es un hervidero de desencuentros y emociones. Soledad, compañía, belleza, luz, trino… si me repito, ya lo se, pero es que todo es un goce absoluto: soy feliz en este instante porque vivo el tiempo.
La función está en pleno auge. La música, una música magistral de colores, quizás como el Pájaro de Fuego de Stravinski, surgen, aparecen y se apagan en instantes de una cadencia exultante: es el cielo, dibujando en el aire una maravilla de cuadro; un cuadro superrealista, posmoderno; ¿O acaso es un cuadro clásico? No lo sé, el tiempo pasa volando y pinta rápidamente, mucho mas rápido que yo en poder admirarlas pinceladas maravillosas que hay por doquier.



De repente, un cambio en el ritmo colorea el cielo de tonalidades que van del más brillante de los blancos a un gris oscuro, tenebroso, de aquellas nubes que por Levante van perdiendo los rayos del astro rey. La orquesta, con milenios de existencia, conoce perfectamente los movimientos de cada partitura que interpreta. Hoy toca la composición del Ojo del Cielo, de un compositor llamado Naturaleza y el director es el cuarto Evo de nuestra existencia.
Hay momentos sensacionales en los que la partitura alcanza el clímax y los colores se esparcen por el cielo inundándolo absolutamente todo de pasión. Otros en cambio, son los dorados lo que se extienden dibujando una joya en el cielo. Y al final, en una explosión sublime de enojo por tener que acostarse, unos tonos rojos se dejan ver.


Repentinamente, como si el director de la orquesta hubiese terminado de leerla partitura y dejado sobre el atril la batuta, cesa la música, se apagan las luces y los tramoyistas se preparan para organizar el cielo para una nueva función.
Ya es casi de noche. La puesta no ha sido lo que yo esperaba, pero aun así ha sido bella. Noto el fresco que recorre el cuerpo.


Ha llegado el momento de dejar de pensar en ti, y en ti, Soledad. Debo volver a integrarme en el mundo, a dejar de soñar y de vivir. Ahora me toca retornar a mi tiempo, al tiempo que, siendo siempre el mismo, siempre es distinto. Una veces se llama pasado o ayer, otras ahora y otras muchas ilusión o mañana. Vuelvo de repente ante el televisor, a los problemas del país, a mis problemas, a esos telediarios que parecen el Caso y aun mundo cada vez más frío, más lejano y distante, incapaz de mirar al cielo. Vuelvo a un tiempo que me gustaría que se pudiese modelar, retorcer, convertir en un espacio de infinitas lineas espaciales donde fuese t=0. Volver... Vuelvo a la vida diaria, adiós cruce de miradas, beso, tiempo perdido, añoranza…


Vuelvo la vista atrás, pero de lo que ha sido, si es que ha sido, solo queda la oscuridad. Solo en el agujero del cielo un tenue resplandor sigue colándose….
Hace un rato que he llegado a casa. El tiempo, recordando y recordándote, parece haber retrocedido. Hace un instante que comencé este recuerdo y hace otro que lo terminé, Soledad. Mañana cuando lo leas habrá pasado un instante mas, pero de futuro.
--o0o--
Nada mas por hoy. Sed felices.
Antonio

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Recuerdos de niñez; sueños grises...

Nubes grises cubren el ocaso, caído ya, oscuras y cada vez más negras. No traen agua. Corren delante de mi ventana y de mis ojos, de norte a sur. Son nubes secas, sin herencia, que han dejado sus lágrimas allá atrás, en las montañas, cubriéndolas de una sábana blanca excesivamente pura.


En los árboles del paseo, cada vez son menos las hojas que quieren cubrir la desnudez del tronco frio. Y las bolas de simiente que cuelgan de sus pequeños rabillos esperando el momento oportuno para reventar dan una triste imagen de soledad. Amarillos y marrones contrastan con el gris del cielo, destacando más si cabe en este atardecer frío y solitario de noviembre.
Una cierta tristeza recorre la avenida. Ya pasó la hora de salida del colegio. Los aparcamientos han vuelto a quedar vacíos de coches. Las luces de las farolas, perezosas, permanecen apagadas, dando más sensación aun de tristeza.
Y de todo ello mi alma y mi sentimiento se contagian. Me pregunto si será la depresión post hospital, que de alguna forma me tiene algo atrapado entre sus tentáculos. Seguro que algo de ello hay, pero seguro estoy también que con un poco de luz solar y un paseo tranquilo al solecito de la mañana, volverán los ánimos al lugar donde deben estar.


Estos días de atrás, en la soledad de la habitación de enfermo, con el acompañamiento del monótono burbujear del oxígeno en el agua humecedora, ha dado tiempo para pensar.
Y cuando estas así, se piensa en tantas cosas, en tantas personas: familiares, amigos, conocidos… e incluso en los enemigos, que al fin y al cabo, lo son porque ellos quieren serlo, pues yo no los tengo como tales. 
Tiempo hay para los recuerdos, aunque sean algo grises.
Estos días los recuerdos de la niñez han llegado: mi padre, las Coca-Colas compartidas a medias con los dos hermanos que venían detrás, una Coca-Cola para tres, junto al estanque del Retiro. Con los patinetes, bajando corriendo por el bulevar, cuando mi calle era un bulevar. Las carreras de chapas, aprovechando los dibujos del suelo de casa, rellenas de plastilina y con la foto de los mejores ciclistas del momento pegados. Aquel helicóptero de Shucco que unido a un cable y mediante una manivela hacías mover las aspas y... ¡volaba!
Todo aquello quedo roto en un instante; desgarrando el sentimiento de un crío de una manera totalmente injusta; ahora, en la distancia del tiempo, me sigue pareciendo injusto.
El traslado a vivir con mi abuela, separado de mis hermanos, a muchos kilómetros de distancia. Aquella primera noche, interno sin saber porque, con once años, en un dormitorio donde podría haber cien camas y yo estaba solo…


Aquella soledad de aquella noche, aun me salen las lágrimas con las que mojé aquella almohada, aquel pánico de un crío en un internado en el que el único alumno era yo, en la primera oscuridad fuera de casa y solo; una imagen que cuando me pongo enfermo es recurrente en mi recuerdo, viene y se queda durante unos días. Luego lentamente, como la propia enfermedad, va desapareciendo, lenta y pausadamente.
Estando allí, murió mi padre. Recuerdo aquel sábado. La abuela sentada en su silloncito. Mis tíos de un luto riguroso, como si hiciese tiempo que esperaban el desenlace. Y lloré.
También allí viví unos años felices con una abuela que me inculco el respeto por los demás, fuesen de la condición social que fuesen y que me enseñó a apreciar el mundo en el que vivimos.
Aquella maravillosa mujer, era en bondad inversamente proporcional a su pequeña estatura. Aquellos pelos blancos, aquellos ojos vivos, que me miraban con ternura, aquellas manos que todas las tardes, sentada en un pequeño silloncito tapizado con terciopelo rojo, realizaban verdaderas filigranas con el ganchillo y el hilo, mientras de sus labios salían una plegaria monótona mientras rezaba su rosario…
¡En el fondo qué tiempos aquellos! Miedos, alegrías, penas, amistad, juegos, amor… Todo se mezcla en una maravillosa batidora de la que de vez en cuando surgen extraños y tristes recuerdo. Solo de vez en cuando.


El hospital me ha retrocedido de nuevo a mis años infantiles. Quizás a la soledad de aquellos años en la que la falta del contacto con tus hermanos y con tu madre, esencial en la pubertad, dejaron una huella en mí: la huella de la soledad y la distancia. Pero aquello también me hizo fuerte, quizás excesivamente fuerte y excesivamente frágil, como el vidrio, capaz de aguantar el más fuerte de los esfuerzo y estallar en mil pedazos ante el más mísero de los ataques.
Y me pregunto ¿Por qué cuento todo esto? La respuesta, querido lector que estés leyendo estos renglones, no es otra que: ¿de qué me sirve no contarlo? Al fin y al cabo, seré así más real, más cercano.
Por hoy ya está bien. Soledad y soledades, tristezas, forman parte también de nuestras vidas, como los momento de euforia y de alegría. ¿Por qué esconder nada? Si solo te muestro mi sonrisa, el día que llore pensaras, que me estoy muriendo.
Y aunque la vida muchas veces tiene colores grises, blanca y negra, en otras, ¿Por qué no mañana?, resplandecerá con todos los colores del arco iris.



Mañana será otro día, mañana…
Necesitaba escribir, trasmitir algo…
Gracias por haberme acompañado un rato
Buenas tardes
Antonio

sábado, 26 de octubre de 2013

UN PASEO ENTRE CHAPARRONES.-Cuando los árboles lloran.

Hoy típico día de finales de octubre, oscuro, brumoso, lluvioso, tanto que las hojas de las plantas lloraban antes de caer al suelo.
 
 
 
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He podido dar un corto paseo.

Con las máquinas bajo la gabardina y la cabeza bajo el sombrero de fieltro he salido a la calle antes de que la luz se fuera. Un gran angular y me pequeño teleobjetivo han sido mis acompañantes hoy.
Mi meta, los árboles que en Guadarrama pugnan entre el verano y el invierno. Unos parecen querer quedarse en el primero y otros, poco a poco, sin prisas, buscan al segundo pintando sus hojas de cientos de tonos distintos. Pero el tiempo pondrá a cada uno en su lugar. Los peremnes seguirán verdes y los demás, en unos días, aparecerán desnudos conservando sus energías de cara a la primavera siguiente.


 
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La lluvia ha dejado sobre las hojas gotas que parecen querer llorar; no se sabe si es de la lluvia que ha venido triste o de las hojas que añoran las dulces mañanas soleadas de un septiembre que ya parece lejano.
Plátanos, acacias y otros, compiten en mostrar un arco iris de tonos que fluctúan en maravillosos tonos amarillos y verdes que quieren destacar. Los colores del arco iris, del otoño, estaán acostados bajo una inmensa manta gris y húmeda que los hace resaltar. El azul del cielo hoy se ha apagado. Mañana será otro día y ya veremos.


 
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De hoy, queda el recuerdo del color y la lluvia. El olor fantástico del agua sobre la tierra y la humedad que se pega a tu cuerpo como la de un amante. Mañana será otro día.
Os he preparado una serie de fotos de árboles y arbustos que están alrededor de casa de mi madre. Quince minutos de paseo y cuarenta fotos de las que os he elegido estas.



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Como habéis visto el corto lapso de tiempo ha dado para ver unos cuantos árboles de alrededor de casa. Si mañana, siempre mañana, el día levanta luz, me dedicaré a recorrer estos montes en busca de otras fotos.
Sed felices, no lloreis como los árboles.
Antonio