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viernes, 6 de julio de 2018

Contrastes


Es temprano, lo suficiente para que el sol de junio este aun bajo y le cueste entrar entre los altos abetos que rodean la casa. Los plátanos mas pequeños son la segunda cortina que la luz y las sombras tienen que atravesar para apagar o iluminar todo.


Los colores acompañan a esa luz que trae vida. Sin ella no seriamos nada.
Los contrastes en el aligustre son claros. Destacan sus racimos de pequeñas flores blancas sobre un fondo verde unas veces más claros que otras, rozando la sombra, la no luz, la oscuridad.


Luz y oscuridad, que yuxtaposición tan clara, valga la redundancia, pero que son fieles amigas la una de la otra. No existe en la tierra ni una luz perfecta ni una oscuridad total. Siempre junto a la una está la otra.
Los rayos del sol iluminan las flores perezosas de las hortensias. Estas aun ofrecen esos colores de la infancia tenues y tranquilos en busca de la madurez.


Unas partes de las flores están en la luz, las otras en las sombras. Vuelve el encuentro de ambas delante de nosotros para mostrarnos la belleza que conjuntamente ofrecen.





Luz, siempre la luz dando vida a su alrededor. La luz crea todo. Es la parte esencial de cualquier ser vivo, imprescindible, para plantas y casi todos los animales. Hay algunos que se han aclimatado a vivir sin ella, pero son los menos.
Los contrastes son fantásticos.
Lo único que hay que hacer es acostumbrar a nuestra vista a percibirlos. Una vez que ella se acostumbra a encontrarlos es muy difícil que nos pasen desapercibidos.


Fijaros en las sombras y en las luces que se producen en las hojas del pruno. Contraste de claros y oscuros donde la luz, que lo envuelve todo, permite a la sombra ocupar algunos lugares a su entorno.
Me gusta disfrutar de la luz y de la oscuridad. Cada momento tiene su encanto.





¿Quien no se ha tumbado de noche a observar el cielo sin luna y perderse en la inmensidad de estrellas que titilan en medio de la negrura y ha quedado prendado por ello?


Oscuridad y luz de la mano. Al fin y al cabo la oscuridad no es otra cosa que el espectro negro de la luz, pero sigue siendo luz.
Contrastes, siempre contrastes.
Sed felices
Antonio

martes, 22 de agosto de 2017

El sueño de mi madre y la luz

Son casi las ocho de la tarde. Un sol radiante de agosto está donando sus últimos rayos.
Mi madre dormita en la silla de ruedas. El sol le ayuda a calentar su cuerpo, lo que casi no puede hacer su corazón.


Estoy sentado junto a ella observando la luz que, casi horizontal, ilumina todo con tonos cálidos y brillantes. Se introduce entre los árboles encendiéndolo todo. Los últimos estertores antes de acostarse tras el Alto del León.


Mi madre sigue dormida. Es un sueño reparador de la fatiga que su cuerpo lleva soportando durante mas de noventa y ocho años.
Tomo mi maquina de fotografiar, la tengo al lado.


Quiero fotografiar los contrastes de luz que se dan en las adelfas y el pruno que tengo delante.
Es un brutal contraste entre luz y sombra, como es el contraste entre la vida y la muerte.


El objetivo me permite fotografiar sin moverme del sitio y si lo hago son solo unos pocos pasos los que me separan de ella.
Igual que observo la luz filtrarse por las hojas observo su tranquilo dormitar. La tranquilidad de un sueño reparador que le hace olvidarse de sus achaques y sus dolores, que son muchos.


Muchas veces me pregunto si es justa una duración tan larga de la vida cuando se sufre. Y el sufrimiento no es solo el dolor de una escara, o un ataque de reuma, o una digestión mal hecha, no, hay un dolor moral de personas que han sido activas y ahora dependen para todo de otras personas y una silla de ruedas.


Pero resiste estoicamente.
Esta dormida mirando a la única rosa que está a su alcance.
Cuando despierte y los rayos de luz iluminen la flor, me dirá que la ve.


A la rosa le quedan ya pocos días de permanecer encendida. Pero parece que está resistiendo nada mas para que mi madre la vea.
Y cuando mejor la ve es cuando la luz de la tarde enciende sus colores maravillosos de un profundo rojo que parece las brasas de un fuego apagándose.


La luz, esa luz que ilumina la rosa y deja a los ojos de mi madre apreciarla, traspasa también las flores de la adelfa que están sacando las últimas flores del verano.
Me vuelvo a sentar junto a ella. En silencio. Disfruto de su sueño, de su tranquilidad momentánea; de la luz entre las hojas...
Cuando despierte verá de nuevo la rosa.


Sed felices.

Antonio  

sábado, 6 de mayo de 2017

11 flores y unas hojas

Todos conocéis mis paseos por el Real Jardín Botánico de Madrid. O solo o en buena y placentera compañía, con la que gusta charlar, cambiar impresiones, hablar de nuestras cosas y proyectos e incluso de deshonestas excursiones para darnos pequeños homenajes gastronómicos.
Y en esos paseos, entre charla y charla se van observando todo aquello que a tu alrededor fascina, las flores, los arboles, un gorrión con mucha cara que viene a pedirte algo etc.
Normalmente los ojos se fijan en las formas y los colores que presentan las distintas variedades de flores. Esas llamativas y enormes flores de las peonias, o las mantas que forman los rododendros que se ven a metros de distancia, o las pequeñas campanillas queda la sanación que en cualquier momento van a comenzar a sonar; y un largo etc. maravilloso con el que no os quiero cansar.
Si, flores a montones. Se pueden hacer ciento de fotos de ese maravilloso mundo. Yo os he elegido once flores y unas hojas.
¡Ah, unas hojas! ¿Por qué? Sencillamente porque en ellas hay una belleza distinta y seductora.
En la foto veréis como arropan a las flores ya marchitas de un Sorbus aria decaisneana, como si quisieran proteger  lo que quedan de ellas de los impetuosos cambios de tiempo de estos últimos días.
Si, once flores y unas hojas quizás al revés: Unas hojas y once flores.
Os dejo con ellas. Espero que os gusten

Camelia japonica 


Jara


Iris Belgian princess


En el corazón de una peonia sp


Rhododendron Virginia Richards


Manzano Golden delicious


Magnolia X Loebneri Merrill 


Osmanthus X Burkwoodh 


Peonia sp


Rododendron


Pruno mahaleb o Cerezo de Sta Lucia 



Y para terminar y cumpliendo con el enunciado del titulo aquí están las hojas que esperabais.


Sorbus aria decaisneana


Sed felices, no quiero otra cosa.

Antonio 

lunes, 27 de marzo de 2017

Un día frío de primavera, Soledad.

Un sábado; podía ser un sábado cualquiera, pero no, era el primer sábado de primavera y parecía que el invierno, celoso de su llegada, quería imponerse a toda costa. En el jardín estábamos a dos grados y una suave brisa hacia que el frío se incrustase por tu cuerpo como un convidado desagradable, no querido.


Una cuadrilla de hambrientos y chillones gorriones saltaban de rama en rama de los plátanos aun desnudos, hinchando sus plumas para protegerse del frío. Les miraba absorto, en sus movimientos inquietos, muchas veces de trapecista. Pensaba que aquellos pajarillos se acompañaban unos a otros mientras yo disfrutaba solo viéndolos.


Luego, llegaron dos tórtolas, se posaron en el lado opuesto del jardín. Parecían contentas, despreocupadas, como si supiesen que aquel frio iba a ser pasajero. Lo curioso de ellas es que se miraban a los ojos y parecía que mantenían una charla tranquila, amena. Cierta envidia me dieron, pensaba en ti y sabía que aquello era totalmente imposible, Soledad.


Incluso los rosales, temblando en medio del viento suave pero helador, estaban brotando con fuerza, colorados por su arrojo. Parecía que sus hojas aserradas retaban al aire y a la temperatura. Increíble naturaleza que lucha con el propósito único de seguir adelante, de vivir. 


El hombre muchas veces piensa primero en otras cosas y luego en vivir y, cuando quiere darse cuenta, todo ha pasado, el momento de disfrutar y se acerca veloz a esa tierra que ahora fría y húmeda me sustenta.


Y los brotes de los castaños y las hortensias ponían un aire de festividad en esa mañana gris y fría de un día de primavera que bien podía haber sido de un gélido general. Algunos copos de nieve cayeron arrastrados por el aire desde las alturas de la sierra. Testimoniaban el recado del invierno imponiendo su frío, pero esas hojas nuevas del castaño y los brotes de las hortensias indicaban que tenía la guerra perdida, que aquello no era mas que un contraataque defensivo porque sabía que tenía la batalla perdida, Soledad.


Los enormes lauros que, se han dejado crecer, se han hecho enormes arboles que ávidos de luz extienden sus hojas por el jardín cubriendo con su espesura a otras plantas que angustiadas por el avance de su compañero intentan crecer para encontrar luz. Una luz, que hoy, Soledad, brilla por su ausencia y por la tuya. Pero el lauro no tiene problema. Ha dispuesto ya sus flores y está esperando a los rayos del sol para abrirlas. De ahí nacerán sus frutos y los mirlos se encargaran de trasladar las semillas por todas partes. Nosotros jamás llevaremos semillas a ningún lado.


A mis pies, aprovechando aquellos rincones del jardín que se pisan poco, y que Atila y su rastrillo Othar dejan tranquilos, las violetas inundan de un maravilloso azul muchos rincones. Les gusta el frío, no les importa, y alegran el jardín. Parece mentira que una cosa tan pequeña pueda ser tan bella. Mi abuela las colocaba en un jarrito delante del retrato de mi abuelo en la finca. Todos los días subía un ramito de aquellas flores y lo colocaba en un pequeño jarrón de cristal proporcional al tamaño de aquellas. Creo que nunca tendré un ramito igual, ni siquiera un retrato, Soledad.


Pero la alegría del jardín estaba en un pruno junto a la calle que da siempre ciruelas de dos tipos distintos, esta injertado, rojas y verdes, pequeñas, muy pequeñas, pero sabrosas. Sus flores en racimos están ya al final del periodo de fertilidad. Los abejorros de la madera días pasados estaban como locos alrededor de sus ramos blancos y rosados. Contrastaba el negro de aquellos voladores incansables con el blanco de las flores. 


Pero con el frío desaparecieron y no estaban volando alrededor del pruno. El sonido zumbador de sus alas estaba apagado, como el calor de la primavera o de tu cuerpo, Soledad. Pero al pruno no le importaba la ausencia  de los abejorros, los gorriones se encargaban de acompañarlo saltando entre sus ramas y picoteando de vez en cuando una flor. Qué bueno es no estar solo, Soledad.
El frío me estaba penetrando poco a poco. Los gorriones y las tórtolas se habían marchado. La soledad del jardín se hacía cada vez más intensa. No es bueno estar solo, Soledad.
--o0o--
Sed felices.

Antonio 

lunes, 13 de marzo de 2017

Contrastes en los prunos... y en mi.


CONTRASTES



Iba andando, tranquilamente y en solitario, por debajo de una hilera de prunos que se ofrecían sin ningún tipo de restricciones a se fotografiados. La calma total del aire lo hacía blanco fácil al enfoque de la maquina. El calor excesivo para estas fechas del año parecía doblegar algo a sus flores, pero aun así la belleza del conjunto era extraordinaria y ya más cerca, casi en la intimidad de la mirada, cada ramita era una exposición de color y armonía.






Andaba tranquilamente; me di cuenta que realmente buscaba el detalle y el contraste, No quería fotografiar flores en general cegadas por una potente luz cenital del mes de marzo a las doce de la mañana, no, quería contrastes. 



Intentaba encontrar las diferencias entre la luz y la sombra, entre el color blanco de las flores y el casi marron rojizo de las hojas y el azul del cielo; quería encontrar también el contraste entre lo que el objetivo enfocaba y aquello que quedaba detrás como un fondo tejido de colores diversos que le daban al objeto fotografiado personalidad, preferencia sobre el resto. En fin, queria encontrar los contrastes internos y compararlos con los del mundo exterior






Pero a la vez, aunque mis ojos buscaban los detalles, mi espíritu gozaba del conjunto, intentando sacar el máximo partido a ese milagro de la naturaleza que son las flores de los frutales adelantándose con su belleza a las hojas que le darán la vida al árbol. Ellas, las flores,  le darán el fruto, la continuidad, la prolongación en el tiempo.
Los abejorros de la madera, violáceos y negros, aprovechaban esas flores para ir libando de una en una e ir transportando los gérmenes de una nueva generación de flor en flor.



Esa era la belleza del entorno, el detalle fantástico de la lucha por la supervivencia en una expresión maravillosa de belleza y yo estaba sumergido en ella y quería seguir estándolo, impregnándome de cada pétalo blanco; había que superar las angustias, había que abrirse a un mundo pleno y dejar los pensamientos agoreros a un lado.



Difícil, muchas veces, esquivar el contraste entre la belleza que te rodea y las angustias que llevas dentro o que otro lleva dentro y tienes que compartir. Pero esos contrastes son parte de la vida que nos toca vivir. Alegrías y penas comparten un mismo espacio y un mismo tiempo. La vida nos exige complementar unas y otras y luchar por cada segundo de permanencia sobre la tierra intentando que sean las alegrías las más poderosas. Pero es cierto que al final la experiencia se basa en esos contrastes de belleza y fealdad, alegría y pena, triunfo y derrota que son a la fin y a la postre el pan nuestro de cada día.



La vida es un puro contraste de momentos distintos, como las flores de los prunos y el medio que les rodea. La vida es lucha constante, paciencia, esperanza, deseo de llegar a donde sea… La vida es un contraste continuo que tenemos que superar, con el que tenemos que luchar y vencer.



Seguí paseando bajo los prunos y mantuve la vista en las flores y en sus distintas coloraciones y contrastes. Allí había vida; allí se luchaba por salir adelante aprovechando cada instante, cada momento de sol y calor para que, como otros años, los frutos naciesen.



Mire por última vez los arboles, las flores, y sentí, dentro de mí, una sensación de paz que no tenía desde hacia tiempo: había contemplado la belleza al tiempo que charlaba o dejaba charlar a un amigo. Y creo que un poco de paz transmitieron aquellas pequeñas flores y sobre todo aquella charla.




Sed felices

Antonio