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viernes, 6 de julio de 2018

Contrastes


Es temprano, lo suficiente para que el sol de junio este aun bajo y le cueste entrar entre los altos abetos que rodean la casa. Los plátanos mas pequeños son la segunda cortina que la luz y las sombras tienen que atravesar para apagar o iluminar todo.


Los colores acompañan a esa luz que trae vida. Sin ella no seriamos nada.
Los contrastes en el aligustre son claros. Destacan sus racimos de pequeñas flores blancas sobre un fondo verde unas veces más claros que otras, rozando la sombra, la no luz, la oscuridad.


Luz y oscuridad, que yuxtaposición tan clara, valga la redundancia, pero que son fieles amigas la una de la otra. No existe en la tierra ni una luz perfecta ni una oscuridad total. Siempre junto a la una está la otra.
Los rayos del sol iluminan las flores perezosas de las hortensias. Estas aun ofrecen esos colores de la infancia tenues y tranquilos en busca de la madurez.


Unas partes de las flores están en la luz, las otras en las sombras. Vuelve el encuentro de ambas delante de nosotros para mostrarnos la belleza que conjuntamente ofrecen.





Luz, siempre la luz dando vida a su alrededor. La luz crea todo. Es la parte esencial de cualquier ser vivo, imprescindible, para plantas y casi todos los animales. Hay algunos que se han aclimatado a vivir sin ella, pero son los menos.
Los contrastes son fantásticos.
Lo único que hay que hacer es acostumbrar a nuestra vista a percibirlos. Una vez que ella se acostumbra a encontrarlos es muy difícil que nos pasen desapercibidos.


Fijaros en las sombras y en las luces que se producen en las hojas del pruno. Contraste de claros y oscuros donde la luz, que lo envuelve todo, permite a la sombra ocupar algunos lugares a su entorno.
Me gusta disfrutar de la luz y de la oscuridad. Cada momento tiene su encanto.





¿Quien no se ha tumbado de noche a observar el cielo sin luna y perderse en la inmensidad de estrellas que titilan en medio de la negrura y ha quedado prendado por ello?


Oscuridad y luz de la mano. Al fin y al cabo la oscuridad no es otra cosa que el espectro negro de la luz, pero sigue siendo luz.
Contrastes, siempre contrastes.
Sed felices
Antonio

lunes, 27 de marzo de 2017

Un día frío de primavera, Soledad.

Un sábado; podía ser un sábado cualquiera, pero no, era el primer sábado de primavera y parecía que el invierno, celoso de su llegada, quería imponerse a toda costa. En el jardín estábamos a dos grados y una suave brisa hacia que el frío se incrustase por tu cuerpo como un convidado desagradable, no querido.


Una cuadrilla de hambrientos y chillones gorriones saltaban de rama en rama de los plátanos aun desnudos, hinchando sus plumas para protegerse del frío. Les miraba absorto, en sus movimientos inquietos, muchas veces de trapecista. Pensaba que aquellos pajarillos se acompañaban unos a otros mientras yo disfrutaba solo viéndolos.


Luego, llegaron dos tórtolas, se posaron en el lado opuesto del jardín. Parecían contentas, despreocupadas, como si supiesen que aquel frio iba a ser pasajero. Lo curioso de ellas es que se miraban a los ojos y parecía que mantenían una charla tranquila, amena. Cierta envidia me dieron, pensaba en ti y sabía que aquello era totalmente imposible, Soledad.


Incluso los rosales, temblando en medio del viento suave pero helador, estaban brotando con fuerza, colorados por su arrojo. Parecía que sus hojas aserradas retaban al aire y a la temperatura. Increíble naturaleza que lucha con el propósito único de seguir adelante, de vivir. 


El hombre muchas veces piensa primero en otras cosas y luego en vivir y, cuando quiere darse cuenta, todo ha pasado, el momento de disfrutar y se acerca veloz a esa tierra que ahora fría y húmeda me sustenta.


Y los brotes de los castaños y las hortensias ponían un aire de festividad en esa mañana gris y fría de un día de primavera que bien podía haber sido de un gélido general. Algunos copos de nieve cayeron arrastrados por el aire desde las alturas de la sierra. Testimoniaban el recado del invierno imponiendo su frío, pero esas hojas nuevas del castaño y los brotes de las hortensias indicaban que tenía la guerra perdida, que aquello no era mas que un contraataque defensivo porque sabía que tenía la batalla perdida, Soledad.


Los enormes lauros que, se han dejado crecer, se han hecho enormes arboles que ávidos de luz extienden sus hojas por el jardín cubriendo con su espesura a otras plantas que angustiadas por el avance de su compañero intentan crecer para encontrar luz. Una luz, que hoy, Soledad, brilla por su ausencia y por la tuya. Pero el lauro no tiene problema. Ha dispuesto ya sus flores y está esperando a los rayos del sol para abrirlas. De ahí nacerán sus frutos y los mirlos se encargaran de trasladar las semillas por todas partes. Nosotros jamás llevaremos semillas a ningún lado.


A mis pies, aprovechando aquellos rincones del jardín que se pisan poco, y que Atila y su rastrillo Othar dejan tranquilos, las violetas inundan de un maravilloso azul muchos rincones. Les gusta el frío, no les importa, y alegran el jardín. Parece mentira que una cosa tan pequeña pueda ser tan bella. Mi abuela las colocaba en un jarrito delante del retrato de mi abuelo en la finca. Todos los días subía un ramito de aquellas flores y lo colocaba en un pequeño jarrón de cristal proporcional al tamaño de aquellas. Creo que nunca tendré un ramito igual, ni siquiera un retrato, Soledad.


Pero la alegría del jardín estaba en un pruno junto a la calle que da siempre ciruelas de dos tipos distintos, esta injertado, rojas y verdes, pequeñas, muy pequeñas, pero sabrosas. Sus flores en racimos están ya al final del periodo de fertilidad. Los abejorros de la madera días pasados estaban como locos alrededor de sus ramos blancos y rosados. Contrastaba el negro de aquellos voladores incansables con el blanco de las flores. 


Pero con el frío desaparecieron y no estaban volando alrededor del pruno. El sonido zumbador de sus alas estaba apagado, como el calor de la primavera o de tu cuerpo, Soledad. Pero al pruno no le importaba la ausencia  de los abejorros, los gorriones se encargaban de acompañarlo saltando entre sus ramas y picoteando de vez en cuando una flor. Qué bueno es no estar solo, Soledad.
El frío me estaba penetrando poco a poco. Los gorriones y las tórtolas se habían marchado. La soledad del jardín se hacía cada vez más intensa. No es bueno estar solo, Soledad.
--o0o--
Sed felices.

Antonio 

lunes, 12 de diciembre de 2016

Flores con poesía CCLXXXIX: El pozo-El Fénix

Nace nuestra poeta en Oliva, provincia de Valencia, España.
Si, escribo poeta porque a ella no le gusta la palabra poetisa.
Crece, se educa, estudia y vive actualmente en su ciudad natal.


Conozco a María Teresa Colomar Ortolá a través de la Red de redes, no personalmente, pero sus escritos reflejan a una mujer que sabe definirse, llena de sentimientos, de agudeza y con enormes ganas de vivir.
Ella misma me ha indicado que empezó a escribir poesía desde los nueve años y desde entonces ha seguido haciéndolo.
Enamorada de los poetas clásicos, en especial de Lope de Vega, y de poetas contemporáneos como Miguel Hernández, Antonio Machado y Federico García Lorca entre otros. María Teresa Colomar Ortolá, es una mujer valiente, con una lucidez de pensamiento  y de crítica extraordinarios, y con una maravillosa visión del mundo que ve pasar todos los días delante de su establecimiento.
Y lo demuestra con unos exquisitos post, que coloca casi todos los días en Facebook, en los que analiza, con humor estupendo y una sinceridad maravillosa, a cada uno de los personajes que pasan por delante de ella o van a comprar sus churros.
Leyendo a uno de sus poetas preferidos, Miguel Hernández, en la última estrofa del poema titulado “Creí que la luz era mía” encontré una definición de Teresa:
Soy una abierta ventana que escucha
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
El carácter y la luz de su tierra está claro que se reflejan en su forma de ser y de escribir.
Me encanta encontrarme con personas así en la red.


Hace unos días coloque una fotos del pozo existente en el jardín de casa de mi madre, sobre el que descansan las macetas de las hortensias, y Teresa escribió sobre él uno de los poemas que vais a leer hoy y que me dedico.
El otro poema, titulado El Fénix, es del año dos mil trece y creo que es un canto maravilloso a una mujer capaz de sobreponerse a todo.
Espero que os gusten.

POZO DE OTOÑO (A Antonio Banús)

El pozo del otoño se lamenta
perdido en sus recuerdos
de antiguas primaveras.


Las rosas de la tarde le susurran
historias de esperanza
al desvaído añil de las hortensias
y el pozo esta callado…


Si el sol no lo despierta
se cubrirá de olvidos
y mariposas muertas.


--o0o--

EL FÉNIX

Llego el momento de ir soltando amarras
y empezar a volar por cuenta propia;
regresa sobre el eco de tus pasos
y acalla ya la voz de la memoria;


aprovecha las tierras más suaves
y anuda tus raíces poderosas
-aunque deshilachadas y algo secas-
para escribir aquí tu nueva historia.


No podrán contra ti los malos vientos
ni las negras tormentas tronadoras,
¡no llores más; estrena risas nuevas,
chispeantes, alegres y sonoras!
Estas viva, y entera, y saludable,
destierra el miedo, abrázate a tu sombra,
y como un ave Fénix triunfante,
abre las alas y álzate gloriosa.
--o0o--


Nada mas por hoy.

Sed felices.

lunes, 15 de agosto de 2016

El beso de las sillas...

Aquel día me había levantado relativamente temprano.


El sol, soñoliento aun, le costaba desperezarse tras las montañas serranas.


Me acerque al pozo a contemplar como esos primeros rayos comenzaban a iluminar indiscriminadamente a unas u otras plantas con la colaboración de los altos abetos y algún que otro plátano.


Los tonos azulados y rosáceos de las flores de las hortensias animaban a pensar, a recordar momentos ya pasados, que difícilmente podrán volver a suceder.


Un rayo travieso juega con la flor como si quisiera tomarlas entre sus infinitas ondas de luz y encestar en una imaginaria canasta.


Si, la vida es bella a estas horas de la mañana, en cambio comienza a ser monótona a las puertas de una vejez que se acerca lenta, pero más rápida de lo que yo quisiera.


Yo quisiera como ese rayo poder coger mis recuerdos y transformarlos en instantes presentes, volver a vivir aquellos momentos deliciosos junto a las mismas plantas cuando la juventud y la energía florecías a mí alrededor.


Aquí bese y me besaron. Plante un abeto que tenía un destino moribundo y que demostró que cuando hay ilusión se puede tirar adelante. Pero ¿y si no la hay? Entonces el árbol se convierte en leña…


Salí de detrás del abeto y me di cuenta que allí donde yo bese, allí dos sillas estaban realizando lo mismo con los primeros rayos de sol… No lo hubiese pensado nunca; por supuesto me reiré de nuevo junto a las hortensias.


--o0o--
Sed felices.

Antonio 

lunes, 22 de junio de 2015

El tiesto de la hortensia, Soledad.



El tiesto, donde presa crece la hortensia, es un triste pedazo de barro moldeado para dar cabida a la vida, una vida maravillosa transformada primero en hojas y luego en flores, para producir a la postre mas vida.
Depende cuando miro el tiesto, Soledad, los sentimientos son distintos.


Con la luz cálida del atardecer las coloraciones y los contrastes se acentúan. Cada hoja, cada tallo y cada flor en esos momentos deliciosos de la puesta de sol presentan tonos dispares, luces dispares, colores distintos que se superponen unos encima de otro, Soledad.


Al mediodía, cuando el sol en lo alto descarga con fuerza todo su potencial, la hortensia a la sombra de pino va cambiando sus tonos en función del aire que en ese momento corra. Unas veces la flor esta a plena luz, otras, por el contrario, es una especie de reja que presenta distintas zonas luminosas.


¿Cómo nos hablan las plantas, Soledad? Las plantas nos cuentan sus sentimientos cuando las miramos; nos enseñan su alegría en los retoños y su salud en unas maravillosas hojas verdes, que como en la hortensia, Soledad, derraman los brillos de la luz que reciben del sol. Basta con mirar una planta, Soledad, para saber si es feliz y si está sana, como basta mirar a los ojos de una persona para saber si te quiere y está feliz, como cuando te miro a ti. 


¿Te has fijado en el pobre barro de la maceta? No es bonita, es un macetón grosero, basto, mas para estar cobijando un árbol antes de su trasplante que soportando tan maravillosa criatura. Pero es indiscutible, Soledad, que ese barro ha sido capaz de albergar y dar vida a una maravilla como es esa hortensia del pozo.


Me encanta acariciar sus hojas, notar el suave tacto de su haz y la sensación algodonosa del envés, que parece que la planta agradece, como me gustaría acariciarte a ti, Soledad.


A diferencia de las hortensias del pozo que se encuentran unas con otras a través de los insectos, tú y yo Soledad, estamos en tiestos distintos que no nos permiten acercarnos el uno al otro.


¿Te has fijado en el tono de las flores? Delicadas, parecen querer decir que son frágiles, temerosas de que una mano las arranque de su planta. Me recuerdan un poco el color de tus labios, temerosos de que yo les bese, Soledad.


Sé feliz, amiga mía, como lo es la hortensia encerrada en el tiesto sin posibilidad de escapar, como tú y yo.


Hasta pronto, Soledad. Un beso.
Antonio

sábado, 12 de julio de 2014

Los últimos rayos de sol en las hortensias.-

La tarde esta vencida. Los últimos rayos de un sol veraniego que se esconde entre montañas frías, llegan limpios y luminosos a las hortensias que mi madre ha cuidado durante tantos años.
Apoyadas contra el costado norte del porche solo reciben un poco de luz solar directa a lo largo de la mañana y algunas algo a ultima hora de la tarde.
Este año vienen algo retrasadas. El frío y las bajas temperaturas del mes de julio se ha dejado notar, no solo en estas flores sino en el campo en general.
Pero la conjunción flor luz creo que se ve bonita.
Os lo dejo a vosotros el juzgar si valía la pena.


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Sed felices.
Antonio