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martes, 12 de mayo de 2020

Meditaciones en el jardín de los campos.


En memoria  de mi amigo Luis Fernández que se fue.
A mi amigo Moli que se ha quedado entre nosotros después de Covi-19

Después de cincuenta días encerrado necesito salir un rato a pasear. Hace un radiante día, luminoso y caluroso para principios de mayo. Pero por mi edad tengo restringidos los horarios y de siete a ocho de la tarde puedo tomar mis maquinas e irme a meditar un rato por los límites del campo y la ciudad donde vivo.


Han pasado tantas cosas desde el uno de enero de dos mil veinte, que aún no hemos tenido tiempo de asimilar lo que realmente ha pasado. No hemos tenido tiempo de darnos cuenta del drama que estamos viviendo, todos, la humanidad entera. Y por eso el paseo en soledad, al que estoy acostumbrado desde hace muchísimos años, ayuda a la meditación al tiempo que puedes gozar de los pequeños detalles que te ofrece el campo cuasi urbano.
El calor aprieta; mi gorra roja con un enorme letrero que dice “España” la voy rotando en todas direcciones de acuerdo a mi posición con el sol. Unas veces parezco un ciclista con cara de velocidad con la visera hacia atrás y otras un muchacho, ya quisiera parecerme a un muchacho, con la visera a un lado e inclinada.


Las pequeñas alondras, salen de los campos cuando me acerco a sus lugares de descanso o de nidificación. A ellas no les incumbe lo que el mundo está pasando, no, más bien estaban disfrutando de una temporada sin ser molestadas. Habíamos desaparecido casi por completo y el campo lo demuestra también, hermoso y florido hasta la saciedad. ¡Ojala llueva pronto! para que la tierra, ahora cubierta por tanta vegetación pueda aguantar la humedad y tengamos flores hasta lo más tarde posible.
Pienso en los veinticinco mil muertos que llevamos sobre nuestras espaldas. Lo mismo que diez atentados como los de las Torres Gemelas o, ciento quince como los atentados de Atocha. ¿Cómo es posible esto? Ando despacio; tantas muertes inútiles pesan sobre mi conciencia. ¿Cómo es posible? Y hasta el momento nosotros somos la décima parte de los muertos en el mundo; la décima parte; que pronto se dice…


Las espigas están soltando sus semillas. La vida volverá con ellas este año si vuelve a llover o el año que viene cuando el invierno permia que arraiguen. Tan pequeñas, tan frágiles al son de la música que el viento impone, llevan en su interior la vida. Que pronto se dice, la vida y que bien suena la palabra vida. Es todo lo contrario a la muerte. Vida, maravillosa vida que ha encontrado mil formas distintas de burlar a la muerte en un constante nacer, en un constante nacer.


En un rincón del jardín del campo, donde las altas hierbas han dejado paso a un cardo de hojas puntiagudas y molestas, la flor de este reluce maravillosa imponiéndose a la vista y a los pensamientos. Es un rincón de belleza natural que surge espontaneo como si un experto paisajista lo hubiese diseñado. Rodeado de viboreas y malvas silvestres el cardo tiene luz y sombra y su flor atraerá en cualquier momento a una pléyade de insectos que se alimentarán de él.
De repente me doy cuenta que mis pensamientos se han desviado, que el campo ha conseguido sacarme de mi confusión y me ha transportado a un mundo idílico de luz, color y olor.
¿Quién nos iba a decir que la humanidad iba a atravesar una crisis como esta? ¿Quien no fue capaz de gritar al aire ante los primeros síntomas que nos protegiésemos? ¿Cómo se puede no prevenir a la gente? ¿Cuál es la misión de los gobernantes? ¿Por qué nos han dejado sufrir?


Las margaritas son la alegría de los herbazales. Allí donde las hierbas altas crecen, allí ellas aprovechan y crean simpáticas alfombras que forman infinitos dibujos llenos de sonrisas. Recuerdo cuando era bastante crio, con aquella primera novieta, la de margaritas que pudimos llegas a deshojar… Si, no, si, no, como han pasado aquellos años románticos llenos de platonismo de los doce a los catorce. Sí, no…lo ves no me quieres. Y la pobre margarita desecha quedaba a los pies preguntándose porque ella debía ser el juez que marcase la veracidad del amor.
Me detengo un momento. Vuelvo a mis pensamientos. Se me ha ido un amigo y a otro he estado a punto de perderlo. Esta enfermedad, que no se quien la ha inventado, ni para que, ha destruido anti natura lo que a base de mucho tiempo hemos ido fundamentando. He podido palpar los sufrimientos y los daños colaterales que han sufrido los que la han pasado.
Angustia de familiares, de esposas y maridos, hijos que no han podido despedirse de sus padres…


La Naturaleza nos muestra su simetría en todo lo que la vista alcanza. Las hierbas de todo tipo giran por regla general alrededor de un eje  todas sus flores. Incluso algunas son capaces de llevar al sumun esto y construyen perfectas esferas transparentes de una belleza increíble que, no están hechas para la admiración, sino para extender por los aires, hasta donde los vientos quieran sus semillas en forma de helicópteros como los que tenía pensado Leonardo. Ligeras aspas que tienen por misión transportar y generar nueva vida, no nueva muerte.
Me está pegando una paliza el sol. No está acostumbrado este cuerpo a él después de tanto tiempo encerrado. Parece mentira como el ser humano es capaz de asimilar el castigo y obedecer. Encerrados en casa como si fuésemos terribles asesinos en serie a la espera de ser juzgados. ¿Por qué no se tomaron las medidas oportunas antes? Porque hacía tiempo que se sabía que venía esto…


Las espigas de la cebada han emprendido su vuelo, el viaje sin retorno a la conquista de nuevos territorios para su especie. Las glumas que las han envuelto mientras maduraban parecen aplaudir al son de la brisa que las hace danzar en una interminable y eterna sinfonía que durara hasta bien entrado los calores estivales. Mientras tanto las otras esperan impacientes que lo que en su interior han protegido durante tanto tiempo emprendan la marcha, al igual que sus hermanas.
Las consecuencias de este ataque brutal y despiadado, impensable hace seis meses, no son solo la enfermedad y la muerte. Ahora llega el momento terrible de la desesperación por la falta de trabajo. Ha llegado con la epidemia otra epidemia terrible, la epidemia del hambre y de la desesperación. Cuanta gente vive con miedo los meses venideros; están buscando la forma de encontrar un trabajo que se les niega por el miedo al contagio. Nos estamos contagiando de egoísmos absurdos, porque somos nosotros los que queremos estar por encima de las penalidades de otros, nos subimos un peldaño para que el barro no nos llegue a manchar los zapatos.


Veo a las abejas compartir una con otras el néctar que les da su vida en las flores de las malvas silvestres. Una a una van recorriendo las flores, cogiendo su polen y engrosando la bola de el que se va torneando en sus patas. Y seguirán así hasta que el peso de la bola les permita volar. Y cuando se llegue al límite volaran raudas hasta su colmena a compartir el alimento con las demás.  Vaya ejemplo nos dan algunos animales de solaridad.
He decidido que no quiero seguir pensando. Necesito que mis pensamientos vuelen en otras direcciones, en otros valles más alegras que ese. Las cifras y las estadísticas de los meses de marzo y abril las veo reflejadas en la curva que las televisiones se empeñan en enseñarnos todos los días como si las muertes se tratasen de una ecuación matemática que al final tendrá una asíntota en el infinito porque tarde o temprano nos tocará el turno a los demás.


Por ello quiero belleza. Quiero presenciar la belleza que cada metro cuadrado de vereda me ofrece para distanciarme del problema, para intentar olvidarme de él, asumiendo, deseando impregnarme del color y las formas que estas hierbas del campo me ofrecen. Y tenemos hierbas tan bellas que quieren asemejarse a pequeñas orquídeas.
Luchemos por vencer nuestro miedo, luchemos por ganar a un virus maldito; luchemos por seguir siendo nosotros y que esto no nos cambie. Estoy deseando poder dar un abrazo a la mujer, al amigo y al hijo y no un encuentro de codos que no llevan a ningún lado. Vivamos y disfrutemos de la belleza que baila a nuestro alrededor Disfrutemos con poco. 


Seamos capaces de  volver a asombrarnos con una amapola. Si conseguimos esto, volveremos a ser de nuevo humanos. Sepamos disfrutar de la que nunca debimos olvidarnos: la Naturaleza.
Sed felices
Antonio

jueves, 19 de marzo de 2020

Los claustros y el Covid 19


Los claustros y el Coronavirus
(Esta entrada la puse ayer en Facebook y las fotos estaban al final)


Los claustros: oración, silencio y recogimiento. ¿Miedo? Quien ha dicho miedo…
Llevamos prácticamente una semana aislados, por lo menos yo, encerrados en casa cumpliendo las órdenes que nos llegan desde arriba para evitar ser productores de nuevos contagios y de contagiarnos a nosotros. Encerrados en nuestras casas y dejando mucho tiempo para poder pensar, razonar y observar.



Y te das cuenta que como va cambiando la curva de los que caen y de los que enferman. Y tienes la sensación que aquella persona que va a la compra y pasa por delante de tu casa puede ser tu peor enemigo: el contaminador.
Y piensas por que los gobiernos, el nuestro y el resto de los europeos, han tardado tanto tiempo en adaptar las medidas que al final han tenido que tomar. Los muertos crecen cada día y los contagios aumentan por momentos. Sabemos que una parte importante de la población se contaminará, enfermará. Esto recuerda las famosas epidemias de Peste negra que sacudieron Europa.
Pero también es cierto que de aquellas epidemias salió el mundo y nosotros estamos aquí porque ellos se salvaron. Habrá que pensar que la humanidad seguirá habitando este planeta, pero ¿habrá servido todo este inmenso desastre para que tomemos conciencia que somos frágiles? ¿Dejaremos de fabricar productos, llámalos como quieras, para provocar la guerra bacteriológica? O por el contrario nos daremos cuenta que lo que hay que hacer es pensar más en vivir.


Me imagino que cada uno de nosotros sufrirá estar enclaustrado a su manera. Libros, conversaciones por videoconferencia con familiares, ordenador y redes sociales, trabajo a distancia, tablas de gimnasia para no agarrotar el cuerpo, comida, bebida, siesta (ahora es el momento de aprovecharse de ella), mirar por la ventana, aplaudir a las 20,00…
Vosotros no lo sé, pero yo intento organizar mi tiempo.
Gimnasia a primera hora después del desayuno, 15 minutos. Ducha, Trabajar un rato hasta la hora de comer, comer y siesta. Lego estudiar fotografía y por último, después de cenar y escuchar el réquiem de las noticias de las 9, dedicarme un ratito a vosotros, que al fin y al cabo después de mi familia sois lo que me importa.


Sueño con poder volver a salir a la calle, agacharme en una mata y saludar a cualquier bichín que se encuentre en ella. Quiero estrenar mis objetivos nuevos y quiero pasear.
Pero también quiero vivir y para ello toca refugiarse en el claustro casero y con ayuda de mi familia, y paciencia, luchar. Y creo que podemos luchar y vencer, aunque por desgracia algunos caigamos por el camino. Lo cierto es que tarde o temprano habrá que hacerlo.


Como veréis os he incorporado unas fotos a este escrito; un bichín como el Coronavirus no puede hacer que cambie mis costumbres.
Seguro, como decía una amiga, mañana volverá a salir el sol y calentará nuestros rostros.
Yo os dejo un sol vegetal para que vaya calentados.


Sed felices, dentro de las horas angustiosas, intentar ser felices.
Antonio




miércoles, 16 de enero de 2019

Buscando a mi alrededor. Filosofía de albañil.


Una tarde cualquiera de una primavera incierta, también cualquiera. Un paseo, una intuición, recuerdos. De repente un minúsculo insecto pasa por delante mío. Le sigo con la mirada. Veo donde se posa. Le fotografío… Y ahí empieza todo.

Escondida detrás de la viborea una abejita quiere ser encontrada.

Muchas veces me pregunto que soy, donde estoy y el por qué de mi presencia en un mundo formado por increíbles mundos distintos que conviven con nosotros envolviéndonos. 

Una insignificante espiga o ¿una gran espiga? Todo depende como queramos interpretarla

Y entre pregunta y pregunta, me surgen las dudas de las distintas formaciones y conocimientos que de todo este universo que nos rodea tenemos  cada ser humano.

Las moscas, como esta de la familia Syrphidae, también liban y comen de las plantas.

Entiendo que la esencia del saber estriba en el conocimiento, pero el conocimiento no es algo innato en nuestra creación. Sabemos que los pájaros hacen sus nidos porque en sus genes existe una especie de disco duro que les indica cómo hacer ese nido. 

La rucula, que muchos hemos comido en ensalada, da estas preciosas flores.

Pero el hombre, con su inteligencia suprema sobre el resto de la creación, es incapaz de comportamientos que no sean aprendidos a través de la observación y la educación.

Las arañas. Ingeniosas e ingenieras, producen uno de los tejidos mas resistentes del mundo animal.

¿Cómo sabe un insecto recién salido del huevo que tiene que cazar?
O ¿Por qué las flores crecen prácticamente iguales y sus semillas producen nuevas plantas iguales a ellas?

Anchusa officinalis, con sus flores tan pequeñas, otra de las plantas de nuestros campos.

Si, la ciencia nos lo explica todo con todo detalle y la teoría de la Evolución explica las diferencias y las divisiones entre todas las especies.
Y todo ese mundo, que busco y encuentro en mis paseos, es el gran desconocido para una inmensa mayoría, incluso para mí mismo,  que se considera culta porque es capaz de entender a los grandes sabios de todas las ciencias y artes.

Los erodium son una familia de plantas preciosas

Pero ¿qué es la cultura? ¿Viajar? ¿Saber resolver problemas de ecuaciones matemáticas y astro-físicas? ¿Entender y leer a Zola y Murakami? ¿Saber escuchar? ¿Entender a nuestro compañero, familiar o amigo? o quizá ¿saber ver y a preciar nuestro entorno?

Una de las grandes flores de nuestros jardines: la paeonia.

Mis paseos por los campos, e incluso por las ciudades, son siempre un continuo descubrimiento de esos universos que conviven con nosotros y a los que nosotros maltratamos porque los desconocemos. 

Mi amiga la empusa. Increíble insecto capaz de lanzar sus patas contra cualquier cosa al salir de la ooteca.

Y que coste que no estoy haciendo ningún alegato de tipo ecológico, muy al contrario quiero hacer un alegato de volver a la sabiduría de las gentes de antes, aquellas gentes  del campo que convivían, comprendían y sabían que estaban rodeados de  infinidad de universos, a los que tenían que cuidar si querían sobrevivir.

El Plantago lagopus, conocido en castellano como llantén, puede verse en todas nuestras praderas.

Levanto un momento la vista del monótono teclado que tengo delante y me doy cuenta que en mi librería existen todo tipo de libros, desde aquellos aparatosos de la coleccion Skira, con su arte plastificado en enormes paginas, pasando por el Summa Artis, magníficos tomos de éxitos internacionales, la historia novelada, las obras completas de Emilia Pardo Bazán, y un sinfín de libros más, muchos de los cuales han quedado relegados a absorber el polvo, y entre ellos solo tres libros relativos al tema que tratamos hoy: el mundo que nos rodea y que cada día sigo descubriendo.

Cuando le oigamos cantar tenemos que dejarnos llevar por su canto y con un poco de suerte lo veremos. El ruiseñor.

Y como última reflexión, insistiendo, os vuelvo a preguntar: ¿igual que miráis el mar o la montaña, sois capaces de mirar la geografía minúscula que se encuentra a tus pies o delante de tus narices en la tela de una araña, o en esa flor preciosa que adorna cualquier jardín?

La reina de los jardines. ¿Sabéis que las zarzas son el origen de las rosas?

¿Qué es por lo tanto la cultura? o quizá ¿podríamos hablar de la cultura especializada? No lo se, es mi gran duda.

Una de nuestras mas amigas, aunque pique. Una abeja sobre una malva silvestre.

Sed felices, yo por lo menos lo voy a intentar viviendo cada día, aprendiendo todos los días e intentando descubrir esos maravillosos universos que nos rodean, entre los cuales está el tuyo.
Antonio

Claro que mirar al horizonte también es fantástico.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Detrás de la tapia: recuerdos y tiempo perdido (filosofía de albañil)



Paso por delante de la tapia como tantas veces en el pasado. La casa de al lado sigue igual, siempre pulcra y blanca. Por sus fachadas no corre el tiempo.
La tapia es como un muro que separa los recuerdos de un presente real y efímero. Tras ella, un montón de vivencias olvidadas que vuelven a resurgir cada vez que traspaso la puerta.


Recuerdos, muertos como el tiempo mismo en que se vivieron, pero rescoldo de todo un comportamiento pasado, presente y seguramente futuro.
Traspaso la puerta y en cada rincón llega un momento distinto.
El jardín, siendo el mismo, es ya otro diferente al de aquellos recuerdos.


Veo las pilastras envejecidas y me doy cuenta que yo estoy envejeciendo con ellas. Al mirarlas comprendo que igual que se han inclinado ellas, yo me estoy curvando y me asomo a los recuerdos también doblados.


¿De qué sirve tanto recuerdo? ¿No sería mejor buscar en el incierto futuro?
Los recuerdos se nos aferran de tal manera que coaccionan nuestro presente. Si coaccionan ese presente que ya es recuerdo. No nos permiten realizar nuestra vida. Estamos sometidos a ellos. 


Nos perdemos en ellos sin darnos cuenta del presente. Olvidamos el mismo instante perdido y lo seguimos recordando. ¿Por qué?


Amarrados a creencias que vienen de lejanas tradiciones, de parientes que a su vez heredaron recuerdos de sus mayores,  de viejos momentos que vamos distorsionando, rehechos a nuestro querer interpretarlos, somos incapaces de mirar hacia adelante, de dejarnos llevar por el deseo y la imaginación. Desperdiciamos el presente jugando a ser niños buenos, incapaces de tomarse en serio ese instante que pasa continuamente; somos incapaces de soltarnos de ellos y de las tradiciones. 


Nos aferramos a vivir en la seguridad de un presente falso, que se convierte continuamente en pretérito, muchas veces imperfecto.
Tan amarrados estamos a los recuerdos, las tradiciones, los consejos, las leyes y las obligaciones que somos incapaces de reaccionar, de liberarnos de sus lastres y dar rienda suelta a la vida. Somos incapaces de pecar. Porque la vida debe ser un imperativo presente y futuro: no se puede decir "vivimos", si no "sobre todo hay que vivir, hay que disfrutar". En la vida a veces hay que pecar sin tener que arrepentirse.


Lógicamente no todo recuerdo es un lastre. Tenemos que abrir la puerta de la tapia y saber aprovecharnos de aquellos recuerdos que nos son beneficiosos, pero sin dejarse llevar por la contemplación y el bienestar de algo ya muerto, inexistente para la mayoría que nos rodea. Hay que ser valientes y enfrentarnos al presente-futuro rompiendo muchas veces con ellos y dando rienda suelta a los nuevos sueños que seamos capaces de imaginar, aunque para ello haya que romper moldes encerrados por la sociedad en una caja fuerte que inmoviliza todo. A veces hay que ser valiente y romper esa caja: cuando eso se produce se dan cambios en la forma de pensar, la sociedad evoluciona y cada uno de nosotros también.


Bajo las hojas de las acacias y los rosales, todas ya amarillas por la vejez del año, me vienen y dejo durante unos instantes que circulen por mi aquellos momentos que ya no volverá a ser nunca mas, y barajo pensamiento y deseo, mezclandolos con los deseos que mañana no podré hacer realidad.
Cuantos momentos dejamos pasar pensando en el pasado. Cuantos deseos quedan sin realizarse porque somos incapaces de despegarnos de las tradiciones y las creencias. Y mientras tanto, el tiempo pasa. El futuro se hace presente a cada instante y es pasado perdido. Y el tiempo se va agotando poco a poco;  o muy rápido, demasiado.
Miro el pozo. Cierro la puerta de mi mente y quedan ahogados en él todos esos recuerdos que no me dejan fluir hacia mi futuro. Y aunque sé que ahora es ayer y que mañana es solo una ilusión ¿Por qué no recordar los posibles recuerdos de mañana antes de que sea ayer?


Recuerdos que me atan, no me sirven. Recuerdos que cierran mi vida en un pasado en el que no he sido feliz, solo me valen para no tener la valentía de enfrentarme con un presente futuro que pasa veloz.
¡Está bello el jardín! No es el mismo que hace muchos años conocí. No quiero que sea igual. Pero cada rincón me trae un recuerdo.
Miro de nuevo al pozo, vierto en el mis malos recuerdos, salgo a la calle y cierro la puerta.


¡Quizá mañana sea feliz! Mañana ya ha pasado…
Sed felices.
Antonio

miércoles, 2 de mayo de 2018

El Universo: un metro cuadrado de terreno.


Hace unos días “El Rincón de Mefistófeles” coloco un interesante artículo de “Ciencia de sofá” en el que se exponía si el Universo que vemos todas las noches es finito o infinito.

Nubes sobre el Guadarrama.

Os aconsejo que leáis dicho artículo que aparte de llevaros hasta los límites conocidos, y posibles de ver, os hará reflexionar sobre la grandeza del mundo en el que estamos colocados a bordo de una maravillosa nave que se llama Tierra.

Espina dorsal de Abantos nevada el 30 de abril de 2018

Y en esta nave existen universos increíbles que la mayoría de nosotros desconocemos, que estando a nuestro alrededor nos pasan desapercibidos. El primero de ellos el propio Universo en el que vivimos pues, cada vez más, las noches con las iluminaciones de las grandes urbes y las tecnologías en la mano nos impiden mirarlo y comprender la belleza y la magnitud de lo que debía ser observado por todos todos los días.

Presa de La Jarosa, llena a rebosar. 1 de mayo de 2018

Pero tampoco miramos a nuestro alrededor, ni siquiera al terreno que pisamos donde infinidad de distintos universos giran unos alrededor de otros, complementándose y, por lo general, destruidos por el hombre debido a su ignorancia.
Cada día que salgo al campo me doy cuenta de lo poco que personalmente se de esos pequeños y maravillosos Universos que nos rodean: el de las plantas, el de los animales grandes y pequeños, e incluso el propio de los minerales; todos ellos conjugados con los fenómenos propios de la Naturaleza están esperando que los descubramos, los admiremos y los protejamos.

La Jarosa.

Solo hay que coger un día una ruta campestre, da igual el lugar, y elegir dentro de ella varios universos de un metro cuadrado y comenzar a mirar. Si, en un metro cuadrado puede darse el caso de que exista una cantidad de vida inimaginable para muchos.

Ruiseñor que cantaba como un loco ayer 1 de mayo de 2018 en La Jarosa.

Si observas un tapiz de hierbas desde tu altura solo veras tonos verdes salpicados de florecillas de todos los colores. Pero si pones los ojos en cerca del suelo comenzaras a ver entre ellas insectos y arácnidos que pululan por allí.

Margaritas en los prado de Guadarrama.

Si subes por los troncos de las plantas y por su ramas, contemplaras infinidad de seres vivos que comparten habitas comunes en una lucha por la supervivencia en donde unos es posible que se coman a otros en la conocida cadena trófica de la vida.

Gasteruption hastator  sobre una ramita donde dormir. 

Pero en esos pequeños mundos de un metro cuadrado hay una regla básica, común en toda la Naturaleza que conocemos y que se repite, salvo raras ocasiones, y no es otra que vivir sin destrozar y manteniendo el cuidado del mundo que les rodea. ¿Lo hacemos nosotros? No.
Intentar descubrir los universos que tenemos a nuestro alrededor; intentar acercaros a ellos aunque os tengáis que tirar al suelo para observaros. Yo lo hago muchas veces cuando voy al campo y, en cada nueva ocasión, descubro algo infinitamente mucho más pequeño que yo, que hace más grande el universo Tierra en el que vivo.

Antocharis cardamines aterida de frío ayer 1 de mayo de 2018 en subida a Abantos

Buscad un metro cuadrado de tierra y observadlo durante varios momentos distintos: descubriréis y os ayudará a descubriros a vosotros como si de un enorme libro de texto se tratase, una escuela maravillosa donde el catedrático es el propio mundo que te rodea y tú el alumno que vas aprendiendo la asignatura de la vida que compartes con otros. Y normalmente gusta; luego vienen los cursos donde te vas especializando en su conocimiento y en el propio conocimiento día a día. Porque aprender a conocer los Universos terrestres nos enseña también a conocer el propio universo de nuestro Yo, a veces demasiado dejado y olvidado.

Aculepeira armida esperando una presa pacientemente

Cuando tenía unos cinco o seis años, mi abuelo me enseño por primera vez como se producían las noches y los días con la lámpara de su mesilla de noche y una pequeña bola del mundo metálica.

Pequeña abeja sobre la flor de la rúcula.

En el campo, en la provincia de Tarragona, aprendí con él, y sus prismáticos, a mirar el cielo y su distribución en distintas constelaciones y con ello me introdujo en el conocimiento del mundo, de su enormidad y su belleza. Aquellas primeras lecciones me han llevado hasta los universos terrestres que empiezo a conocer unas décadas después.

Puesta de sol en la provincia de Madrid.

Reflexionar; vale la pena agacharse, mirar, observar, aprender y reflexionar. Tenemos un mundo fantásticamente maravilloso que nos rodea. No lo destruyamos. También vale la pena salir de la ciudad de noche, buscar un lugar apartado y mirar al cielo: volveréis a descubrir un espacio maravillosos compuesto de infinidad de mundos.

Luna llena del 3 de diciembre de 2017.

Sed felices.
Antonio