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viernes, 20 de mayo de 2016

Filosofía de albañil: el sendero de la vida

Cojo el sendero que discurre a cada lado de los campos sembrados de cereales, por los linderos, que, por su apariencia, probablemente son trigos que tarde o temprano se convertirán en pan, pero para entonces habrán pasado muchos días y algunas lunas.


Comparado con estos días de atrás, el día es cálido, y al sol se nota en la espalda, pero cuando entras en las sombras de las grandes encinas que en algunos lugares bordean el camino se siente un frescor agradable.


Voy arrastrando mis pensamientos, mis pesares, mis ausencias y mis pecados entre las flores de un jardín maravilloso que algún gran jardinero imaginó en su momento. Su visión ayuda a llevar mis sentimientos encontrados, mis errores, repetidos uno tras otro hasta la saciedad, como un autómata.



Y sobre el jardín, o en su interior, una gran cantidad de pequeños animales de seis u ocho patas ayudan con su visión a perder durante instantes esos agobios que te acompañan durante el día y a algunas horas de la noche.



Un manojo de margaritas me distrae de mis pensamientos. Han nacido espontáneamente, seguramente ocupando un día de viento el lugar de otra planta con unas semillas dispuestas a enraizar. En el fondo, ese maravilloso jardín, no es mas que una guerra continúa entre especies por apoderarse de los lugares húmedos y soleados para reproducirse. Y ello me hace pensar que, al fin y al cabo, el hombre hace lo mismo: se pelea en su jardín por conseguir el dominio de un terreno mejor, más rico y productivo, dando igual la supervivencia.


A las flores que estoy viendo, amapolas, margaritas de todos los colores y tamaños, dientes de león con sus molinos preparado a recibir la primera brisa fuerte, las viboreas, la sangre de Cristo y un enorme etc, cubren una pequeña extensión a derecha e izquierda del camino. Tienen sus límites marcados, como si de una carretera se tratase, por los sembrados que alternativamente van naciendo a sus costados.
Y es curioso, que cuando miras esos campos maravillosos de cereales, increíblemente iguales unas espigas a las otras, no aparecen en ellos rastros de flores como cuando en mi niñez veías en medio de ellos aquellas amapolas rojas bailando con el trigo o la avena al compás del viento. Ya no se ven. No, los herbicidas no dejan que en sus dominios crezcas, amapola: ¿para qué?



Dentro de unos días, cuando los calores de junio comiencen a apretar irán desapareciendo esos campos verdes y floridos para dejar espacio a las matas altas del hinojo o los cardos secos y enormes que con sus flores darán de comer a los insectos que por allí pululen.
Y en realidad me doy cuenta que ese vivir y morir de las plantas en como nuestra vida. Crecen, se reproducen y mueren como morimos nosotros todos los días. Y me pregunto: ¿Cómo medirán las plantas sus años, sus días de vida, sus instantes de gozo? Y entonces surge en mi la duda, pues me doy cuenta que mi vida es como una primavera y que dentro de poco llegará el estío, y con él, la muerte. Hoy las flores me están gastando una mala pasada. Necesito ánimos y me gustaría ser feliz, pero… el viento de la vida maneja mis penas como le da la gana y las alegrías las barre en suspiros que no retornan. Hay Soledad, mi querida Soledad, cuán lejos quedan aquellos días en los que solo se veía la vida, y solo en el paseo, hoy comienzo a ver el otoño que se aproxima a increíbles velocidades. Antes el verano con la guadaña segara la mies de los campos y de paso, arrastrara más de una vida con ellos.


Sigo andando, hoy la angustia esta clavada muy adentro como si fuese una garrapata cogida al alma, y a cada vuelta el camino cambia su fisonomía. En las zonas soleadas está exuberante de plantas, mientras que en los llanos de tierras pobres y secas solo una pequeña capa de margaritas multicolores cubre los suelos.



Camino en silencio. Voy observando vida. Aquí una mosca que toma el sol tranquilamente sobre una flor sin importarle mi presencia. Allá, entre pétalo y pétalo de una efímera amapola, una araña espera tranquilamente a su presa si prisa. Ya llegará. Un mariposa cruza rauda por delante mío y se esconde en lo más alejado del sendero. Una enorme tulipa, de ojos verdes enormes, me mira con desconfianza presta a echarse a volar.
Bulle vida a mí alrededor, en cada mata, en cada flor, tan efímera como a la madre naturaleza le apetezca, con sus ciclos de frío, calor, sequedad.
Continúo el camino, como llevo tantos años haciéndolo, pero creo que esta vez se me hace mas cuesta arriba la vida… No quiero seguir el paseo, pero ¿quiero seguir la vida?



Mañana será un nuevo día, ya veremos cómo están las sendas, como sigue la vida. Esperemos, llevo tanto tiempo esperando que mañana un rayito de felicidad nos ilumine.
Me despierto. Abro los ojos y me doy cuenta que el camino puede ser aun largo y costoso, pero sigue habiendo camino, sigue habiendo esperanza. Aunque el camino tenga cardos, también tiene flores...
Sed felices.



Antonio 

lunes, 28 de octubre de 2013

PASEANDO POR UN SENDERO DE LA PRESA.-

El sábado cogí un sendero del lado opuesto a donde suelo ir a pasear. Lado sur de la presa de La Jarosa, en el término municipal de Guadarrama, debajo de Cabeza Lijar y de Cuelgamuros, por lo tanto bajo la parte baja del Sistema Central en el momento que desde el Alto del León tuerce hacia el monte Abantos.
 
 
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Sendero que hacia muchísimo tiempo que no andaba y que realmente utilizan los pescadores, pues para pasear el itinerario es corto y estrecho, no como al lado de la zona de la capilla.
Tras pasar la puerta que permite el acceso al público, aparece la primera sorpresa. Un pequeño bosque de chopos de pequeña altura, con uno más alto, antes de llegar a la orilla del agua, impregna la vista con sus colores ocres, amarillos y verdes.
 
 
 
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De repente ante mí, una aparición soberbia: el lago artificial reflejando en sus aguas tocadas por una ligera brisa, lo que al otro lado de la orilla le rodea. Y al fondo, como recuerdo de algo que fue y que estaba unos cincuenta metros más abajo, la espadaña sin campanas de la antigua ermita.
 
 
 
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Hace un día extraño, las nubes y el cielo se combinan en guardias de extraña duración que crean un paisaje de contrastes claro-oscuros, que crean sensaciones distintas en el ánimo del paseante. Luz entre sombras o luz radiante o oscuridad varían la curva de los elementos tierra, agua y cielo.
 
 
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Hace un día extraño, las nubes y el cielo se combinan en guardias de extraña duración que crean un paisaje de contrastes claro-oscuros, que crean sensaciones distintas en el ánimo del paseante. Luz entre sombras o luz radiante o oscuridad varían la curva de los elementos tierra, agua y cielo.
 
 
 
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Al lado contrario del agua, en el límite de los niveles más altos de la presa, la lucha de los elementos se deja ver. El agua intenta ocupar la tierra y la va descabezando poco a poco, formando pequeños taludes. Estos se protegen de su destrucción con las raíces de árboles como chopos, álamos y pinos que se aferran a un terreno donde la roca granítica aparece por todas partes en pequeños bolos o en grandes piedras.
 
 
 
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Hay momentos donde la paz del paisaje contagia el alma del silencioso caminante, que avanzando por el sendero, va descubriendo maravillosos rincones en los que retozar con la mirada y con el espíritu.
 
 
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La tranquilidad de las aguas en algunas playas y las suaves ondas de una brisa casi dormida ayudan a la meditación y al recuerdo.
 
 
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Moles graníticas que en un pequeño cabo nos cierran el paso y nos obligan a desplazarnos unos metros hacia el interior. Quizás, de muchacho hubiera subido tranquilamente por los pedruscos, pero ahora que el tiempo ha pasado y las canas surgen en mi cabeza, es más prudente dar el pequeño rodeo, que seguro que tiene su recompensa.
 
 
Y la recompensa llega. Un bello árbol, como faro para los espíritus con ansia, aparece en mitad del desvió indicando la ruta a seguir. Majestuoso, me dice que el otoño está avanzando más rápido de lo que creemos y que el frio está pronto a realizar su visita anual, Una ligera brisa se levanta l pasar junto a él y me regala una maravillosa y dulce lluvia.
 
 
 
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Allí al fondo la cruz del Valle y entre las nubes tapado el pico de Cabeza Lijar desde, el que suba hasta su mirador, donde se pueden contemplar en días claros las interminables extensiones de las dos castillas.
 
 
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Álamos y enebros junto a algún roble colorean el paisaje de la foresta junto al agua, mientras que un poco por encima una alfombra de pinos que sube desde prácticamente la orilla tapiza la montaña entera.
He retrocedido en el camino. Es hora de regresar a casa a disfrutar de otro placer: la comida.
Pero antes de tomar el portón de salida de la presa una última mirada a las aguas y a las montañas ahora que el día ha abierto y las luces y contrastes son fantásticos.
 
 
 
 
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Me queda la sensación de paz y de grandeza que produce esta naturaleza semiartificial en la que el hombre ha puesto su gran grano de arena al construir unos muros que permiten que el agua almacenada produzca este maravilloso efecto.
 
 
 
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Espero que os haya gustado el paseo de hoy, último sábado del mes de octubre de dos mil trece; es tan fácil disfrutar de él que solo es necesario ponerse unos zapatos para andar por el campo y abrir el portón de la entrada.
Sed felices
Antonio