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lunes, 5 de diciembre de 2016

Alamedas: lineas rigidas

Líneas rectilíneas. Excesivamente rígidas, excesivamente monótonas. No permiten otro movimiento que el suyo propio y solo, cuando desaparecen de tu vista se expanden en misteriosas bóvedas de cañón de los mas diversos colores.


Líneas plantadas por el hombre para marcar caminos, distinguir lindes y ensombrecer los días calurosos del estío para los que por debajo circulen se protejan de los rayos abrasadores del sol. Enormes bóvedas de crucero realizadas a base de ramas y hojas, como inmensas capillas donde el caminante, encerrado en ella, pueda alzar sus oraciones.


Soledad al fin y al cabo en las interminables caminatas bajo ellos cuando andas solo, en un desierto verde y blanco, o marrón y gris, dependiendo del tiempo que lleves caminando, como en la vida, que se pasa del cabello de color a una cana irreversible que marca el destino que llega.


Líneas paralelas enfrentadas como la vida misma. Caminamos en los mismos espacios pero uno delante y otro detrás, unas veces en el mismo sentido y otras en sentido contrario. Y en estas ocasiones, cuando disponemos de unos minutos para saludarnos, la línea cuadriculada de la educación y la tradición no nos permiten llegar a donde queremos.


¡Ay! Soledad, caminamos por los mismos caminos y da la sensación que cada uno vamos por detrás de una línea de árboles y no somos capaces de vernos entre ellos; tan rígida es nuestra educación, tan rígidos nuestros cimientos, tan cuadriculados, que no puedo abrazarte, ni tú a mí, porque nos saldríamos del paralelismo impuesto por la sociedad.


Y me pregunto: ¿Vale la pena prescindir de momento así?¿Hay que estar quieto como cualquiera de los arboles de una alameda porque no somos capaces de romper la línea paralela que nos separa?


Que sensaciones más extrañas cuando te tengo cerca y tengo que contentarme con mirar las paredes y las lámparas, hablar de temas inocuos, sentir que se pasa el rato y todo sigue exactamente igual que al principio, como las líneas de esas alamedas.


Me siento como esos árboles que están ahí quietos, castigados por un destino que los ha fijado al suelo sin poder moverse, sin poder caminar. Viven mirando siempre al mismo lugar, viendo constantemente solo a su vecino árbol, que esta tan inmóvil como él. Esos árboles que no abraza nadie, como nadie me abraza a mí.


Me encantaría abrazarte, Soledad, y que tu abrazo se fundiese en nuestros cuerpos ya viejos, pero vivos, conocedores de casi todo y capaces aun de hacer gemir en un placer lento y consentido. Pero…
Las alamedas están hoy desprovistas de sombras. La luz mortecina de un día frío de diciembre quizá haya influido en mis pensamientos ensombrecidos por una niebla baja y fría.
Sed felices.

Antonio 

jueves, 12 de junio de 2014

Para mañana II.- Diez fotos de un mes de julio.

Es curioso como el volver a ver imágenes te trae el momento de la fotografía y sus detalles de nuevo a primer plano de tu memoria.
Esta serie es la primera que guardé de las que os iba poniendo por las noches. Es un popurrí de fotos que en su conjunto no tienen un enlace, solo la máquina y la mano del que las ha hecho, pero que todas significan algo, todas tienen un por qué.
Vayamos viéndolas y analizándolas:
 
 
 

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Es curioso los veteados existentes en los postes de teléfonos o de la luz antiguos. Sus maderas, carcomidas por los elementos, sol, aire y agua en todas sus especies, van dándole una patina de vejez increíble. El nudo en mitad del poste rompe la linealidad de las fisuras en la madera y forma a su alrededor un extraño campo de líneas magnéticas.

 

 
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¿No os recuerda esas luces que se venden en Navidad por las calles? En mitad de la sequedad ya de un verano, florece entre las hierbas secas esta florecilla, que tiene que avisar a sus polinizadores que está ahí, que la miren, que la vean; y lo consigue.
 



 
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Da la sensación que están dispuestas para usarlas como pequeñas tazas de sake, colgadas unas a continuación de otras. Están abiertas y sus semillas seguramente estén ya en el suelo esperando las lluvias del otoño que las harán germinar.
 
 



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Una adelfa del jardín de mi madre, fotografiada a primeras horas de la mañana. Todos los días en verano fotografió una flor distinta de las dos plantas que tiene mi m adre en el jardín. Son flores que vistas desde lejos quizás no digan nada, pero cuando las encuadras y les dedicas unas miradas de atención descubre la belleza que hay en ellas.
 



 
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Entre las espinas de las zarzas bailan su danza estas florecillas. Pequeñas y débiles, ante los poderosos brazos del zarzal, tienen que ingeniárselas para ocupar su espacio vital. Aprovechan las zonas de la zarza donde solo hay brazos, donde no son competencia. Les queda ya poco, el sol está haciendo estragos y las altas temperaturas les darán poco tiempo de permanencia en pie.
 



 
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Frágiles y bellas a la vez. Las envolturas de las gramíneas salvajes me fascinan. Me llama poderosamente la atención verlas ahí, con esos tallos tan finos y tantas banderolas que sostener. Y si os fijáis en el campo en ellas, cuando ya han soltado los granos, podréis descubrir que algunas sirven de vivienda a pequeños arácnidos.
 
 



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Una mosca asesina comiéndose a una asesina menor. Un coleóptero mira asombrado la escena. Se dará la vuelta con pies en polvorosa y dando gracias a la Naturaleza por haber evitado ser el comido. Lo curioso de esta foto es que la mosca vino a posarse para su comida al lado mío, como si quisiese hacer una sesión fotográfica de su hazaña, pues me permitió realizar un montón de fotos y al final fui yo el que se marcho.
 



 
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Efectos de luz y sombras en estas semillas con la luz de un sol radiante elevándose a mitad de mañana. Lo que fueron unas hermosas flores son ahora un simple recuerdo, pero algo de belleza queda en esos gráciles movimientos.
 




 
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Si pasa por su lado y no te fijas mucho puede pasar totalmente inadvertido. Su color contrasta con el verde de la planta que le sirve de alimento, pero el fondo seco del paisaje le ayuda. Ira comiéndose la planta hasta que se encuentre capacitado para hacer su capullo. Luego una bella mariposa…
 





 
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Ha recogido su lengua. Me mira o se ve reflejada en el objetivo, no lo sé. Sigue quieta encima de una flor que ya poco alimento puede darle. Igual quiere depositar ahí sus huevos. Es mitad de mañana de un día de julio. Hace calor. Quizás este agotada. Saco tres o cuatro fotos más y me marcho prado adelante.
 
Deseando que seáis felices, os dejo
Antonio

sábado, 14 de septiembre de 2013

LA ULTIMA FLOR.-

 
Subiendo por un arroyo seco, donde solo los restos de un tronco de pino caído revelan la importancia que puede tener este en días de tormenta o de deshielo.
 
 
 
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Y en su cauce y en sus riberas en un día de finales de agosto comencé a trepar por él, buscando algo sin saber muy bien lo que buscaba,  o si me buscaba a mi mismo, y encontré, como no en estos días, las espigas y las flores secas correspondientes al mes de agosto.
Se preguntará más de uno de vosotros porque de mi insistencia en sacar espigas y pequeñas plantas que están entre la vida y la muerte, entre el principio y el fin de sus días.
Lo cierto es que en ellas está la esencia de la vida misma, un ejemplo de la continuidad de los seres, la permanencia de la especie, la lucha por el devenir, la constancia. Y soy yo en mis caminatas solitarias el que se pregunta constantemente por el misterio de la supervivencia de generación en generación de todas ellas.
Desde espigas que tienden puentes entre ellas a pequeñas flores que una vez cumplida su misión se apoyan en las primeras formando un puente de mutua amistad, de mutuo apoyo. Y en mitad del claro, sobre las rocas de granito del sistema Central, los musgos y los líquenes acompañados de pequeñas plantas carnosas cuentan la misma historia: supervivencia, trasmisión a la siguiente generación.
Y en cada semilla hay una memoria escrita no sé donde que hace que la nueva planta sea igual a sus antecesores, que sepa cuándo debe germinar, crecer y morir.
Todas las plantas que veréis en esta entrada están fotografiadas siguiendo el curso del  pequeño arroyo seco. Una zona de pinares mediterráneos, con los suelos dominados por la pinaza, secos, y los claros por las zarzas y la broza.
Son parte integral del paisaje veraniego, aunque muchas veces pasen desapercibidas tanto las pequeñas plantas como los lugares.
Y entre ellas, en las zonas más húmedas, aun puede verse una flor con sus campanillas a la luz de agosto y a otra como una palmatoria elevando una oración…
 
 
 
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La ultima flor del verano en el arroyo seco en medio de tanta espiga.
Sed felices.
Antonio