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miércoles, 6 de febrero de 2019

El hombre de la cabeza gacha.-


En los últimos viajes que he realizado en el metro he observado y mirado descaradamente a mi alrededor y me he dado cuenta de que vivimos en un mundo cada vez mas distanciados los unos de los otros , más lejano para aquellos con los que no mantenemos unas relaciones de amistad o de familia. Surge, cada vez que se toca este tema, la discusión si las técnicas modernas acercan o alejan; si se lee mas ahora con los móviles o las tabletas que con los libros de papel. Pero lo que es cierto es que cuando subes a un vagón de metro solo ves ojos puestos en los aparatos electrónicos y no se desvían de ellos como si mirar a otro lugar  fuese saltarse una norma de urbanidad.


Y hace falta observar para darnos cuenta que no estamos solos; nos rodea un mundo de miseria, de desgracia y desesperación, que aquellos que algo tenemos, no queremos ver y preferimos mirar a nuestros aparatos electrónicos, a nuestro interior.
Un mundo de silencios acompañados de una música celestial que llega a los oídos a través de infinidad distinta de tipos de cascos, pero con oídos sordos a los lastimeros gemidos de aquellos que quieren hablarnos de sus penas, de aquellos que nos suplican su atención. Y nos rodean a cientos, incluso cada uno de nosotros puede ser uno de ellos, porque hay muchas penas distintas en este mundo.
Las más vistas son aquellas que tienen relación con el dinero, el paro y la falta de tener cubiertas las mínimas necesidades, que conducen primero al resquemor, ala vergüenza, luego a ejercitar la mendicidad solicitando unos euros, comida, un cigarrillo, alcohol, luego cualquier cosa. Y esa desesperación que no queremos mirar o ver, conduce a caminos tan dispares como el ostracismo, la desesperación, el robo o el suicidio, esto último de infinidad de maneras distintas que no tienen porque llevar a una muerte física; a veces esta ultima mucho mejor que una muerte psíquica y de desesperación.
¿Por qué escribo esto? Tan sencillo como la presencia de tres indigentes distintos en un espacio de veinte minutos y seguramente rodeado de algunos más que aun no habían atravesado el primer estadio de lo dicho anteriormente.
El que más destacaba, era un hombre al que se le veía desesperado. Doblado sobre si mismo, mirando al suelo; no se atrevía a levantar los hombros como si una terrible carga recayera sobre ellos. Sus zapatos, casi botas, recias, miraban hacia adentro, como señalando el punto a donde sus ojos de se perdían en la desesperación. Ocupaba un asiento al extremo de la fila. Daba la espalda a todo el que se sentaba a su lado. Estaba solo; solo y rodeado de gente. Ni una sola vez levanto la vista hacia mí, ni hacia nadie. Cuando sus manos se desenlazan, abre algo los brazos, como si quisiera aceptar algo, y vuelve a entrelazarlas. Sigue mirando al suelo. Así seis o siete estaciones. ¿Cuál será su problema?
Seguro que la falta de trabajo y de dinero. La desesperación del que desea y no puede dar; desesperación si hay hijos pequeños a los que alimentar.
Sigue sin levantar la cabeza, sigue buscando una solución a su problema. Seguramente estará pensando que la suerte le ha abandonado, que todo está perdido…
Y todos seguimos mirando a nuestros móviles o escuchando música con la mirada perdida como si estuviéramos viendo un recuerdo, como si aquel hombre de la cabeza gacha no existiese.
Y realmente para los que vamos en el metro los hombres de cabeza gacha no existen porque no queremos verlos; no queremos sentir cerca de nosotros la pobreza. Nos asusta, nos da miedo que llegue un momento en el que tengamos que enfrentarnos a lo mismo y no queremos saber nada del hombre de la cabeza gacha, de los hombres de cabeza gacha. En el fondo con tanto transistor, con tanto adelanto, nos hemos convertido en maquinas egoístas que solo nos miramos a nosotros mismo y no queremos ver reflejada en nuestra mente la miseria de los demás.
Sed felices
Antonio

jueves, 6 de diciembre de 2018

Mis pensamientos debajo de Torre Europa


Me encanta fotografiar los edificios modernos.
No tienen los detalles arquitectónicos del romanticismo, modernismo y postmodernismo, pero sus estructuras suelen conducirnos hacia el cielo de manera sistemática por su altura y esbeltez.
Ayer, muchos lo sabéis porque os dila lata con mis fotos, me baje andando desde Cuzco hasta el Café Gijón.
Era ya tarde.


Iba solo, tranquilamente andando y pensando. Las cámaras fotográficas arrinconadas en casa, pero como no puedo dejar de hacer fotos utilice mi teléfono que no es demasiado bueno, pero lo importante era dejar algo de perspectiva fotográfica.
Con sus 120 metros aproximadamente de altura, el edifico Europa o Torre Europa, es uno de los más alto de la capital de la España.
Diseñado por el arquitecto Miguel Oriol e Ybarra, muestra una elegancia exquisita; te obliga a mirarle y a mirar hacia arriba.
Me encanta ver esos nervios que crecen paralelos hacia el cielo, aunque las perspectivas darnla sensación que van a juntarse en un punto no muy lejano.
Me encanta mirar entre esos nervios  y observar como la luz natural y la artificial conviven juntas en un atardecer cálido de noviembre.


Pero hay algo que me llama poderosamente la atención que seguramente pasa desapercibido para la mayoría de los viandantes: su reloj.
Los nervios se abren para abrazarlo y dejarle espacio.
¿Alguien saca el suyo y lo campara con ese otro colgado?
Hoy estamos acostumbrados a mirar el reloj de muñeca o el que la pantalla del teléfono nos muestra.
Ese reloj que marca las horas sin campanadas, en solitario.
A mi personalmente me gusta, pero me entristece el verlo solo colgando de la hermosa fachada.
Y sin quererlo, el reloj me acerca a toda esa cantidad ingente de pobre gente que duerme debajo de los soportales del centro empresarial, alrededor de las altas torres.
Pobre gente, colgados de las fachadas de las personas sin una mirada, como el reloj de allí arriba.
Me pregunto muchas veces ¿Por qué la Naturaleza nos hace tan diferentes a unos de otros? ¿Por qué tu eres mas inteligente y agraciado que yo? ¿Por qué mas rico?


Miro de nuevo al reloj y me doy cuenta de que llego tarde a mi cita con un gran hombre en el café Gijón. Y dejo de pensar: ¡Que fácil lo tengo!
Para todos nosotros es fácil dejar de pensar y olvidarnos de las penas de los demás.
¡Y quiero ganarme el Cielo!
Sed felices
Antonio

jueves, 22 de diciembre de 2016

Reflexiones tras dos viajes en metro y un bocadillo de tortilla.-

Reflexiones tras dos viajes en metro y un bocadillo de tortilla.
Ayer, al coger el metro y entrar en el vagón, me encontré de bruces con una guitarra que acompañada por un estridente altavoz intentaba interpretar unos acordes que las manos que la tocaban no eran capaces de compaginar con la música.


Mire a la cara a la que conducían aquellas manos y me di cuenta que aquella persona debía tener la misma edad que yo y estaba allí porque no podía hacer otra cosa. Y sentí pena, pero no una pena de compasión, no, una pena profunda por una sociedad que navega cada vez mas y mas dispersa y con modos egoístas.
Me dejó marcado. Tuve la sensación que un cardo rasgaba mi interior y me clavaba sus pinchos.
Y a la vuelta una flauta intentaba interpretar fragmentos de las Cuatro estaciones de Vivaldi transformándolas en todo, menos en lo que realmente eran, acompañadas por una especie rara de aparato que producía una música algo metálica.  Y mire también a los ojos de aquel hombre, también mayor, y pude comprobar la angustia. Y volví a sentir pena, pero no por el hombre que ya la lleva consigo permanentemente, si no por la indiferencia que había en el vagón. Solo una señora seguía con atención la pobre música que salía de aquellos labios a través de la flauta.
Y lo que me termino hundir moralmente fue que el único euro que llevaba en el bolsillo, me lo había gastado en un mísero bocadillo de tortilla, que ya había empezado, y que envolví de nuevo en el celofán y lo guarde en el bolsillo, para que el delgado flautista no me viera comérmelo.


A mí no me hacía falta haberme comprado aquel bocadillo y a aquel flautista le hacía falta no solo el bocadillo, sino también el euro.
Si, ya se que cada uno de nosotros no podemos ser el estado o una sociedad benéfica, pero deberíamos pensar mas y no escurrir el bulto, hacia dónde camina una sociedad cada vez más injusta con los que no han tenido suerte, con los que les falta lo esencial. Y no queremos mirar porque en el fondo tenemos pánico que nos pase lo mismo que al guitarrista o al flautista; tenemos miedo, creo que esa es la razón fundamental. Por lo menos a mí, y no me asusta decirlo, me da pánico tener que coger un instrumento o un cartel y ponerme a pedir por la calle.


Y aunque se sabe que entre todos ellos hay mucha mafia y mucho pedigüeño ficticio que se aprovecha de la miseria de los demás, lo cierto es que en muchos ojos se ve el sufrimiento y la miseria.
Y pienso, que de aquí en adelante, cuando pase por el puesto de bocadillos a un euro de la estación del metro, me vendrá siempre a la memoria el flautista y el bocadillo guardado en el bolsillo.
Sed felices.

Antonio

martes, 13 de diciembre de 2016

Mirando al cielo a través de los árboles .Filosofía de albañil.

La niebla estaba muy densa y baja esta mañana. Alrededor de las farolas un halo de color naranja parecía querer imitar al sol. Más allá de ellas solo se intuían oscuras figuras sin significado ninguno.


Un árbol casi desnudo del todo, mostraba junto a la ventana la humedad en su tronco, daba sensación de abandono e impotencia. La niebla le envolvia y me envolvía a mi desde fuera y una sensación de escalofrío recorría mi interior. Mi mente estaba igual que la calle, extraviada en una niebla densa que me mantenía angustiado. 
Hacía falta renovar el pensamiento y el espíritu y entonces recordé aquellos árboles contra un cielo luminoso que fotografié no hace mucho.


Era también un día extraño. El cielo presentaba jirones de nubes que presagiaban un cambio. Nubes aisladas pero continuas recorrían tranquilamente el cielo, sin prisa, provocando en el ambiente una lucha constante entre la sombra y la luz.


Recuerdo que decidí mirar a la luz e intentar comprender algo, quizás el cielo.
Caí en la cuenta que vivimos, esclavos, prisioneros, dentro de una maravillosa esfera que nos mantiene alejados de otros mundos, pero vivos. Vagamos por el espacio como una nave sin rumbo a cientos de miles de kilómetros por hora alrededor del centro de una galaxia tan cercana como infinitamente lejana.


Cien mil millones de estrellas la forman, cien mil millones de soles, más o menos como el nuestro, giran armoniosamente alrededor de ese centro que no somos capaces de distinguir. Perfecto reloj formado por un engranaje estelar que es incapaz de retrasarse un solo instante en su cometido.
Las nubes siguen avanzando perezosas. A través de los árboles, casi vacíos ya de hojas, puedo seguir extasiado su lento movimiento. De vez en cuando un cielo azul se marca de forma maravillosa, como si de una mutua compañía se tratase. Cielo y nubes juegan ambos en un constante coqueteo de ahora te toca a ti, ahora a mí.


Los árboles saben que tienen que invernar, y se están preparando para ello. Primero sus cambios de coloración nos indicaban que debíamos ir preparando el refugio y ambientarlo para los próximos meses. Luego, en un chillido ya angustioso, comenzaron a cubrir los suelos de alfombras, cada vez más gruesas y sus ramas quedaron vacías, esperando las nieves que están a punto de llegar.
Entre las ramas de los árboles y bajo las nubes del cielo volví a descubrir la importancia de elevar de vez en cuando los ojos al cielo y sentir la inmensidad que nos rodea. 


Expandir nuestros pensamientos y comprender que nuestra grandeza está en poder apreciar, comprender y convivir con las maravillas que nos rodean. Somos infinitamente pequeños en comparación con cualquiera de las magnitudes del universo, pero lo que nos hace infinitamente grandes es que somos capaces de entenderlas.
Quizás seamos más capaces de entender ese maravilloso Universo que nos rodea que a nosotros mismos. Somos incapaces de comprender y compaginar el Universo Humano, incapaces de girar todos, con sentido común, en un único esfuerzo  alrededor del eje del bienestar. En un momento en que las nuevas tecnologías se imponen y acercan unos a otros, el hombre se distancia cada vez mas de sus congéneres e incluso de la tierra donde vive. Se están alcanzando tasas de bienestar increíbles y a la vez tasas de pobreza nunca vistas.


Está claro que el hombre no levanta la vista a los cielos, no mira las nubes entre las ramas de los árboles y es incapaz siquiera de observar el mundo que le rodea. El hombre, se ha encerrado tanto en sí mismo, se ha alejado del dialogo y de la familiaridad, que ni siquiera en capaz de mirar a los ojos o entablar una conversación con un desconocido, a veces con su propia familia o con cualquiera que le acompañe en un medio de transporte,en un ascensor...
Espero, no sé si soy demasiado optimista, que las futuras generaciones sean capaces de corregir el rumbo, de apreciar al hermano, y al que no lo es, y luchar por un bien generalizado, aportando, a una sociedad industrializada que fabrica máquinas que cada vez necesitan menos al  hombre, capacidad de rellenar el tiempo ocioso, el tiempo libre, en la necesidad primaria que debe seguir teniendo de aprender, saciarse de cultura, de conocimiento disfrutando e incluso mirar al cielo, aunque sea a través de las ramas de los árboles y alcanzar la satisfacción plena al comprender su pequeñez.


Sed felices, mirar al cielo de vez en cuando, aunque sea a través de las desnudas ramas de los arboles.

Antonio