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martes, 12 de mayo de 2020

Meditaciones en el jardín de los campos.


En memoria  de mi amigo Luis Fernández que se fue.
A mi amigo Moli que se ha quedado entre nosotros después de Covi-19

Después de cincuenta días encerrado necesito salir un rato a pasear. Hace un radiante día, luminoso y caluroso para principios de mayo. Pero por mi edad tengo restringidos los horarios y de siete a ocho de la tarde puedo tomar mis maquinas e irme a meditar un rato por los límites del campo y la ciudad donde vivo.


Han pasado tantas cosas desde el uno de enero de dos mil veinte, que aún no hemos tenido tiempo de asimilar lo que realmente ha pasado. No hemos tenido tiempo de darnos cuenta del drama que estamos viviendo, todos, la humanidad entera. Y por eso el paseo en soledad, al que estoy acostumbrado desde hace muchísimos años, ayuda a la meditación al tiempo que puedes gozar de los pequeños detalles que te ofrece el campo cuasi urbano.
El calor aprieta; mi gorra roja con un enorme letrero que dice “España” la voy rotando en todas direcciones de acuerdo a mi posición con el sol. Unas veces parezco un ciclista con cara de velocidad con la visera hacia atrás y otras un muchacho, ya quisiera parecerme a un muchacho, con la visera a un lado e inclinada.


Las pequeñas alondras, salen de los campos cuando me acerco a sus lugares de descanso o de nidificación. A ellas no les incumbe lo que el mundo está pasando, no, más bien estaban disfrutando de una temporada sin ser molestadas. Habíamos desaparecido casi por completo y el campo lo demuestra también, hermoso y florido hasta la saciedad. ¡Ojala llueva pronto! para que la tierra, ahora cubierta por tanta vegetación pueda aguantar la humedad y tengamos flores hasta lo más tarde posible.
Pienso en los veinticinco mil muertos que llevamos sobre nuestras espaldas. Lo mismo que diez atentados como los de las Torres Gemelas o, ciento quince como los atentados de Atocha. ¿Cómo es posible esto? Ando despacio; tantas muertes inútiles pesan sobre mi conciencia. ¿Cómo es posible? Y hasta el momento nosotros somos la décima parte de los muertos en el mundo; la décima parte; que pronto se dice…


Las espigas están soltando sus semillas. La vida volverá con ellas este año si vuelve a llover o el año que viene cuando el invierno permia que arraiguen. Tan pequeñas, tan frágiles al son de la música que el viento impone, llevan en su interior la vida. Que pronto se dice, la vida y que bien suena la palabra vida. Es todo lo contrario a la muerte. Vida, maravillosa vida que ha encontrado mil formas distintas de burlar a la muerte en un constante nacer, en un constante nacer.


En un rincón del jardín del campo, donde las altas hierbas han dejado paso a un cardo de hojas puntiagudas y molestas, la flor de este reluce maravillosa imponiéndose a la vista y a los pensamientos. Es un rincón de belleza natural que surge espontaneo como si un experto paisajista lo hubiese diseñado. Rodeado de viboreas y malvas silvestres el cardo tiene luz y sombra y su flor atraerá en cualquier momento a una pléyade de insectos que se alimentarán de él.
De repente me doy cuenta que mis pensamientos se han desviado, que el campo ha conseguido sacarme de mi confusión y me ha transportado a un mundo idílico de luz, color y olor.
¿Quién nos iba a decir que la humanidad iba a atravesar una crisis como esta? ¿Quien no fue capaz de gritar al aire ante los primeros síntomas que nos protegiésemos? ¿Cómo se puede no prevenir a la gente? ¿Cuál es la misión de los gobernantes? ¿Por qué nos han dejado sufrir?


Las margaritas son la alegría de los herbazales. Allí donde las hierbas altas crecen, allí ellas aprovechan y crean simpáticas alfombras que forman infinitos dibujos llenos de sonrisas. Recuerdo cuando era bastante crio, con aquella primera novieta, la de margaritas que pudimos llegas a deshojar… Si, no, si, no, como han pasado aquellos años románticos llenos de platonismo de los doce a los catorce. Sí, no…lo ves no me quieres. Y la pobre margarita desecha quedaba a los pies preguntándose porque ella debía ser el juez que marcase la veracidad del amor.
Me detengo un momento. Vuelvo a mis pensamientos. Se me ha ido un amigo y a otro he estado a punto de perderlo. Esta enfermedad, que no se quien la ha inventado, ni para que, ha destruido anti natura lo que a base de mucho tiempo hemos ido fundamentando. He podido palpar los sufrimientos y los daños colaterales que han sufrido los que la han pasado.
Angustia de familiares, de esposas y maridos, hijos que no han podido despedirse de sus padres…


La Naturaleza nos muestra su simetría en todo lo que la vista alcanza. Las hierbas de todo tipo giran por regla general alrededor de un eje  todas sus flores. Incluso algunas son capaces de llevar al sumun esto y construyen perfectas esferas transparentes de una belleza increíble que, no están hechas para la admiración, sino para extender por los aires, hasta donde los vientos quieran sus semillas en forma de helicópteros como los que tenía pensado Leonardo. Ligeras aspas que tienen por misión transportar y generar nueva vida, no nueva muerte.
Me está pegando una paliza el sol. No está acostumbrado este cuerpo a él después de tanto tiempo encerrado. Parece mentira como el ser humano es capaz de asimilar el castigo y obedecer. Encerrados en casa como si fuésemos terribles asesinos en serie a la espera de ser juzgados. ¿Por qué no se tomaron las medidas oportunas antes? Porque hacía tiempo que se sabía que venía esto…


Las espigas de la cebada han emprendido su vuelo, el viaje sin retorno a la conquista de nuevos territorios para su especie. Las glumas que las han envuelto mientras maduraban parecen aplaudir al son de la brisa que las hace danzar en una interminable y eterna sinfonía que durara hasta bien entrado los calores estivales. Mientras tanto las otras esperan impacientes que lo que en su interior han protegido durante tanto tiempo emprendan la marcha, al igual que sus hermanas.
Las consecuencias de este ataque brutal y despiadado, impensable hace seis meses, no son solo la enfermedad y la muerte. Ahora llega el momento terrible de la desesperación por la falta de trabajo. Ha llegado con la epidemia otra epidemia terrible, la epidemia del hambre y de la desesperación. Cuanta gente vive con miedo los meses venideros; están buscando la forma de encontrar un trabajo que se les niega por el miedo al contagio. Nos estamos contagiando de egoísmos absurdos, porque somos nosotros los que queremos estar por encima de las penalidades de otros, nos subimos un peldaño para que el barro no nos llegue a manchar los zapatos.


Veo a las abejas compartir una con otras el néctar que les da su vida en las flores de las malvas silvestres. Una a una van recorriendo las flores, cogiendo su polen y engrosando la bola de el que se va torneando en sus patas. Y seguirán así hasta que el peso de la bola les permita volar. Y cuando se llegue al límite volaran raudas hasta su colmena a compartir el alimento con las demás.  Vaya ejemplo nos dan algunos animales de solaridad.
He decidido que no quiero seguir pensando. Necesito que mis pensamientos vuelen en otras direcciones, en otros valles más alegras que ese. Las cifras y las estadísticas de los meses de marzo y abril las veo reflejadas en la curva que las televisiones se empeñan en enseñarnos todos los días como si las muertes se tratasen de una ecuación matemática que al final tendrá una asíntota en el infinito porque tarde o temprano nos tocará el turno a los demás.


Por ello quiero belleza. Quiero presenciar la belleza que cada metro cuadrado de vereda me ofrece para distanciarme del problema, para intentar olvidarme de él, asumiendo, deseando impregnarme del color y las formas que estas hierbas del campo me ofrecen. Y tenemos hierbas tan bellas que quieren asemejarse a pequeñas orquídeas.
Luchemos por vencer nuestro miedo, luchemos por ganar a un virus maldito; luchemos por seguir siendo nosotros y que esto no nos cambie. Estoy deseando poder dar un abrazo a la mujer, al amigo y al hijo y no un encuentro de codos que no llevan a ningún lado. Vivamos y disfrutemos de la belleza que baila a nuestro alrededor Disfrutemos con poco. 


Seamos capaces de  volver a asombrarnos con una amapola. Si conseguimos esto, volveremos a ser de nuevo humanos. Sepamos disfrutar de la que nunca debimos olvidarnos: la Naturaleza.
Sed felices
Antonio

martes, 23 de abril de 2019

Flores y música


Desde la ventana de un apartamento me llegan las notas del concierto para piano de Chopin.


Notas y flores son un conjunto perfecto. Armonizan el piano y la orquesta con cada una de ellas y en su conjunto.
¿Qué discurrirá allí dentro? Quizás alguien este leyendo tranquilamente una novela, o ¿Por qué no escribiéndola?


Quizás no sean letras de largos y tediosos capítulos; puede ser una poesía inspirada en alguien: con esta música solo puede ser romántica.


¿Sera hombre o mujer? Lo que está claro es que está viviendo un momento de belleza, de plenitud escuchando estos maravillosos acordes.


Curiosamente todas las flores miran hacia donde provienen las notas.
Algo bello tiene que estar sucediendo ahí dentro… Vete a saber
Avanzo hacia la ventana.


Me siento en un banco y me dejo transportar en un sueño musical.
Las flores me acompañan. En mi está sucediendo algo bueno; me siento en paz.


Miro las flores que me rodean. Ahora son ellas las que me observan.
¿Será que mi cuerpo vibra con las notas románticas de Chopin?
¿O a caso estoy trasmitiendo los sentimientos que me inspira cada nota?


La tarde va cayendo poco a poco y la música se acaba de repente. 
El concierto ha acabado.
Pero hay en el jardín un ambiente distendido, solo roto ahora por el canto de un mirlo que protesta porque no hay ya sones que embellezcan la tarde.


No me levanto del banco.
Surge la noche; me quedo allí eternamente mirando las estrellas.


Qué muerte más tranquila he tenido
--o0o--
Sed felices
Antonio

domingo, 26 de agosto de 2018

INCONGRUENCIAS: Obligándome a escribir


Incongruencias


De hace un tiempo a esta parte tengo la sanación  que mi cerebro se ha vuelto perezoso; mi imaginación deja un rastro de vaguería total; la inapetencia marca cierta pautas de mi conducta que hasta ahora no habían surgido nunca.
Luchar contra ello es una imposición que yo mismo me he impuesto.
Luchar contra la inapetencia es cuestión de voluntad.
Contrala imaginación comienza a ser un poco más complicado y creo que lo más difícil es luchar contra la pereza de mi seso.
Pero vamos a ello con vuestro permiso y que mejor que ocho rosas para acompañarnos en un relato que puede estar lleno de incongruencias y contra sentidos.


Me gustan las flores. Y muchas rosas en especial. Me encanta verlas plantadas en jardines y rosaledas formando grandes islas de color en medio de un mundo de asfalto que las rodea.
Siento pena cuando comienzan a estropearse sus pétalos y poco a poco van muriendo encima de su tallo, dejando a otras roas ocupar su puesto. La vida corta de la rosa, una belleza efímera y a veces con unas tijeras afiladas la hacemos aun más corta.


Comparten sus rincones las jóvenes y las viejas. Eso me recuerda un viaje que hice en mi juventud a Dinamarca y allí los patios de los colegios compartían el uso con las casas para mayores; las residencias y colegios juntos. El principio y el fin dándose la mano. ¿Y aquí juntamos a ambos? 


A veces, las flores se juntan, formando preciosos ramos que no necesitan de grandes floreros de cristal para lucir su belleza. No necesitan nada para cumplir su trabajo. Forman una unión perfecta que ya quisiéramos muchos a nuestro alrededor. Composiciones poéticas sin tener que escribir el mas mínimo verso el poeta.


Una flor, puede traernos el recuerdo de una persona. Su visión puede achuchar los sentimientos escondidos que mantenemos en secreto en nuestro corazón y nuestra cabeza. Cuantas veces una rosa ha sido el complemento de un beso o de una solicitud de amor. También lo son del recuerdo y del deseo. Guarda su visión el cariño escondido en lo mas profundo de nuestro ser; el mejor secreto guardado.


Me encanta ver volar a los insectos por encima de las flores y posarse en ellas con una seguridad increíble. Unas flores tienen sus corazones abiertos a los insectos. Otras, por el contrario, lo cierran alrededor de infinidad de pétalos, como las rosas,  como si quisiesen limitar el acercamiento de estos y dejar su intimidad solo para algunos elegidos. ¡Qué forma tan distinta de crear vida entre los humanos y las flores!


Colores de oro mezclados con los de la tierra producen efectos maravillosos. La belleza y la rudeza de las tierras se compaginan a veces como en esta rosa, que a la sombra, no se atreve a mostrar otros tonos. Pero si muestra una belleza increíble. Seguramente muchos ni siquiera giraran sus ojos hacia ella… como muchos no quieren girarla vista a la vida desigual que a nuestro alrededor sucede. Y yo sigo mirando flores. 


Qué extraño. Parece querer la rosa abrigarse de los vientos serranos apoyándose contra el muro de ladrillo. Da la sensación de resguardarse con miedo. Posiblemente tema que su belleza anime al jardinero a usar sus tijeras y acabar en el triste vaso de cristal de una cocina o en el jarron opulento de un salón. Hay que preguntarse si somos y sabemos admirar la belleza que existe en nuestro mundo. Pienso que la creamos como aquel poeta que lanzaba poemas al publico solo para satisfacer su vanidad sin sentir su escrito, no como otros que dejan sus lagrimas, sus sentimientos en forma de pétalos maravillosos sobre el pergamino. 


Pienso si es incongruente desear, sabiendo que nunca serás correspondido. Como la rosa que se inclina sobre la otra solicitando sus caricias y sabiendo que es imposible que ni siquiera sus pétalos se rocen. ¿Cuántas veces ocurrirá a nuestro alrededor esta situación? Sentir y no sentirse en un mismo tiempo, solo añoranza y tristeza infinita equilibrada por el amor. Amor, correspondidos o no.
Espero que mis incongruencias no os lleven al desanimo, pues para mi, todos sin excepción, sois parte de mi existencia.
Sed felices
Antonio

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El valle de las mariposas mutiladas.- (Filosofía de albañil)




Las mariposas parecen lentas hoy en sus vuelos.
Les cuesta tanto como a mi caminar cuesta arriba.
Quizás el calor y la edad ya adulta de todos nos hace más difícil el subsistir.
En las alas de las mariposas se ve su vejez. En mi caminar lento se ve que mi juventud ha quedado bastante atrás. Mariposas y yo estamos en una fase que nos conduce inexorablemente hacia el final, desde el principio.


Las pobres mariposas, si las cosas siguen así, terminaran antes que yo su ciclo.
Sus alas ya están rotas, mis huesos aun aguantan.
Se han roto de volar en días de aire fuerte entre las matas y las zarzas y se han dejado parte de sus alas allí.


Algún depredador ha intentado cazarlas y ha fallado, pero ha dejado su ataque en bocados que pueden apreciarse en sus bellas extremidades.
En eso nos parecemos. Estamos rodeados de oportunistas depredadores a los que les importamos poco. Cada uno a lo suyo...


El valle esta en silencio.
Mi calle también suele estar en silencio. Nadie se habla con nadie. Las mariposas por lo menos liban juntas; nosotros solo trabajamos juntos, eso si cada uno en su mesa.
El valle esta en un inmenso silencio solo roto por el canto de algún sofocado pajarillo.


El valle sabe que cuando las mariposas presentan este aspecto, pronto comenzará otra etapa.
Se convertirá en el valle de las mariposas muertas.


Pero ahí no hay cruces, ni ramos de flores que las recuerden. Claro que nuestros cementerios están llenos de tumbas sin flores, viejas, olvidadas. Otro valle muerto, pero con decoración, como si a la muerte le hiciera falta un artista que la definiera.¡Esta tan definida...!


De momento sabe el valle de las mariposas mutiladas que aun está vivo y que lo seguirá, aunque las mariposas vayan muriendo.
¿Qué hago yo en el valle de las mariposas? ¿Por qué las observo y las admiro? Mi cabeza da vueltas en derredor de ellas y sus alas mutiladas y pienso. ¿Sería yo capaz de volar sin mis alas? ¿Seguiría mi vida normal sin mis apéndices?
Las mariposas me están enseñando que la vida es para vivirla con los sentimientos, disfrutarla, lucharla para terminar, muriendo,  habiendo cumplido nuestra misión.


Si, el valle de las mariposas mutiladas esta en silencio.
Como la calle de las palabras vacías, de los labios sellados, delosbesos olvidados.
Mañana, cuando las nieves hayan borrado cualquier vestigio de ellas, el silencio será más profundo bajo el manto de nieve, donde la vida se estará preparando para el año que viene. Si, las mariposas me están enseñando el camino.
Y aun así, mutiladas, siguen con su belleza inundando de colores y movimientos el valle.
Mi calle esta quieta, sin color; puede decirse que es una calle en blanco y negro, pero dominando el negro.


Me cuesta andar. Giro ciento ochenta grados y desciendo hacia mi calle: las mariposas me han vencido...
Sed felices

Antonio 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Un capitel del MAN que me emociono: El descendimiento. S.XII o XIII.-

Dentro del maravilloso espacio que es el Museo Nacional Arqueológico, en la segunda planta existe una zona, relativamente pequeña, dedicada al arte románico español en la que se pueden apreciar, pilas bautismales, cruces, sarcófagos, bajorrelieves, vírgenes y sobre todo capiteles provenientes de distintas iglesias y monasterios del norte de España.


Y dentro de todo el conjunto, para mí, es especial un capitel que representa un descendimiento en el que hay cinco personajes: lógicamente un Cristo, José de Arimatea, Nicodemo (o eso me parece a mí), María madre de Jesús y creo que el quinto es San Juan, aunque me hizo dudar.
Proviene del Monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo, Palencia.
Según el catalogo del MAN, pertenece al Segundo Maestro que trabajó y labró capiteles para la construcción del convento.
Datado entre los siglos XII y XIII, según indica la ficha, la estructura del mismo es muy concisa, los personajes están muy bien colocados, y las formas y movimientos recuerdan el arte románico primitivo.



Las medidas del capitel son, siempre según el catalogo del MAN, 46 cms de alto, 62 de ancho y treinta y cuatro de fondo.

Ante todo, perdonarme la calidad de las fotos, pero la iluminación de esta sala es bastante oscura y hacerlas a pulso y sin flas se nota algo.

Si os parece bien, podríamos entrar en las disquisiciones que a esta cabeza mía y al corazón se le han ocurrido para relataros mis sensaciones ante la contemplación de esta maravillosa piedra caliza.

REALISMO Y TERNURA.

Me paro delante del capitel. Siento un pequeño escalofrío. Me da la sensación que en cualquier momento los integrantes del mismo comenzarán a moverse. Reacciono. Doy un paso atrás. De momento no me atrevo a usar la máquina de fotos…
Pongámonos en el momento de la Crucifixión. Un viernes ya tarde, casi anocheciendo, y al día siguiente fiesta judía. Jerusalén ha vivido unos días mágicos. Tumultos, regocijos y al final muerte.
Dejemos que sea un testigo quien nos narre los acontecimientos.
Leamos en el Evangelio según San Juan:




“Después de esto, rogó a Pilatos José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por temor de los judíos, que le permitiese tomar el cuerpo de Jesús, y Pilatos se lo permitió. Vino, pues, y tomo su cuerpo. Llego Nicodemo, el mismo que había venido a El de noche al principio, y trajo una mezcla de mirra y aloe, como unas cien libras. Tomaron, pues el cuerpo de Jesús y lo fajaron con bandas y aromas, según es costumbre sepultar entre los judíos.” San Juan 19, 38 a 40.

Me quede mirando largo rato el capitel. Una sensación de armonía trasmitía a mi mente aquella piedra caliza tan bellamente labrada.
Ella, me estaba narrando uno de los momentos cumbres del Evangelio: el descendimiento.
Analicemos el capitel paso a paso.
Primeramente si miramos el conjunto podremos observar como el autor del mismo nos ha trasmitido un montón de sensaciones en el mismo.
La muerte en la rigidez del cuerpo de Cristo; el amor en el beso que María madre le da en la mano derecha a su hijo muerto. La desesperación de ¿Juan o Maria Magdalena? a la derecha del capitel que parece preguntarse porque. La ternura con que José de Arimatea sostiene el cuerpo del Cristo mientras que Nicodemo, o un siervo, va retirando con serenidad poco a poco los clavos y los sostiene en su mano derecha.



Cristo está muerto. El maestro escultor ha conseguido trasmitir la sensación de muerte, no de sueño; la rigidez del brazo derecho que no se dobla al desclavarlo, indica un rigor mortis. El hombre ha dejado de sufrir, pero el padecimiento aun está en el rostro.
Fijaros cuando estéis delante de este capitel, en la parte interna de la cara de Jesús. Dala sensación de ver el rostro hinchado, abultado por los golpes.
Hay un detalle muy tonto en el capitel, pero que le da una sensación de realismo increíble: el agujero en la cruz donde ha estado clavado el brazo derecho. Ese agujero es un puente de unión entre los tiempos: esta y fue ahí donde estuvo.
Fijaros en la ejecución de la cruz. No es la cruz realizada a base de troncos o maderos como estamos acostumbrados a ver, no, está moldeado, realzada de alguna forma para, sin quitarle importancia a la escena, incrementar su valor simbólico.
Mis sentimientos mirando al Cristo me hacen reflexionar. ¡Dios! ¿Por qué tanto sufrimiento? Un pequeño sesgo de emoción noto dentro. Me pregunto si la última mirada de Jesús fue a su madre. Cuando lo bajan, la primera mirada muerto es para ella.
Emociona el beso de María en la mano de su hijo muerto. 




Estamos acostumbrados a ver a la Virgen con Cristo en brazos, llorando, sufriendo. Aquí sufre también, cuando vayáis a ver el capitel fijaros, hay dolor en la escena, pero el beso, ese beso de madre a hijo muerto es un detalle impresionante del maestro escultor.
¡Que tétrica y a la vez que armonía en la composición! Dolor y amor están unidos en un detalle fantástico. La madre toma la mano del hijo y la besa. Y es que María, es madre. Aquel cuerpo que José de Arimatea está ayudando a bajar es su hijo, carne de su carne. Y lo besa en un intento desesperado de trasmitir calor a aquel cuerpo de momento muerto.
Me sigo emocionando y cuanto más lo miro más me emociono.
¡Que delicadeza en las posturas y en los actos de las imágenes labradas! Que realismo en la escena en la que no ha hecho falta añadir ningún tipo de ornamento exterior a la gran tragedia.
En la figura de José de Arimatea se dan un montón de circunstancias.






Primero la suavidad con que la mano colocada sobre la espalda sujeta el cuerpo, mientras que su mano derecha intenta mantenerlo en una posición para que puedan desclavarle la mano izquierda.
Las piernas dobladas realizando el esfuerzo de cargar con el cadáver de Cristo. La mirada cerrada en un momento de infinita pena, da la sensación que quisiera oír los latidos del corazón del Maestro apoyando su mejilla en el pecho del crucificado.
José debe estar padeciendo el no haber sido más generoso con Jesús, de haber aceptado públicamente que era seguidor suyo. Pero intenta compensar ahora su falta, solicitándole a Pilatos el cuerpo de Cristo y desclavándolo de la cruz.


Juan (o María Magdalena) está desesperado. Dice el Evangelio que María madre y María Magdalena con otras mujeres estuvieron presentes en el Calvario, por ello no me atrevo a indicar qué esta imagen es ella y no San Juan.

Juan tiene apoyada la palma de su mano derecha contra su mejilla como reflexionando que lo que está viviendo no puede ser, al mismo tiempo que recuerda las palabras del Maestro.
Pero ¿Y si fuese María Magdalena sin el velo? El hombre que la devolvió la serenidad y la esperanza a muerto, se queda sola




Pero ella allí estuvo. Presencio el calvario que sufrió su amigo, su maestro y le acompaño hasta el final. A Él y a su madre, desesperada, pero allí estuvo.
Por fin, la figura que está retirando los clavos: ¿Nicodemo?
Quizás si, quizás un sirviente de José de Arimatea, pero la figura ocupa un lugar esencial dentro del cuadro, esta desclavando a Cristo y se ve que pone un infinito cuidado en ello. Y tanto cuidado pone, y tal alto es el valor que le da a lo que está haciendo, que no tira los clavos que va sacando sino que los conserva en su mano, como si aquello para él fuera un tesoro.



¿Y por que sostiene dos clavos si solo ha desclavado una mano? No lo sé, pues en el madero hay un solo agujero y los pies siguen aun cosidos al madero. Quizá el escultor mas que clavos quiso representar unas tenazas.
Es curioso que en el capitel haya movimiento y quietud en un mismo compás. Las figuras, excepto la de Jesús, demuestran vida. El Maestro está inmóvil, totalmente inmóvil.
Me quede mucho rato mirando el capitel porque a diferencia de los demás de la sala, este trasmitía una emoción increíble, era cercano, real, trágico a la vez y tierno, como ya he dicho antes.
Otros capiteles quizás estén mucho más elaborados, con espadas y soldados, o Pantocrátor ascendiendo al cielo, o niños colgados por los pies para ser sacrificados en nombre de Herodes.



Pero este descendimiento me ha sobrecogido. Y quizás no sea la obra de arte más importante de las reunidas en la sala, seguramente no, pero es con todo la mas real de todas las allí representadas.
Me impongo marcharme. El capitel tira de mí como si quisiese atraparme en su interior, como si quisiera hacerme participe de lo que en él se representa. Doy un paso atrás. Lo miro por última vez y comienzo a descender lenta y pensativamente por las escaleras.
Salgo del MAN muy tranquilo, excesivamente tranquilo de espíritu.
Está claro que el capitel y su historia me han cautivado. Una piedra de hace mil años y una historia de hace dos mil me han atrapado.
El ruido de un autobús me descubre que estoy andando tranquilamente por la calle Serrano, paseando sin saber a dónde me llevan los pasos. ¡Caramba con el capitel!
Sed felices.
Antonio