lunes, 17 de agosto de 2015

El viejo petirrojo.-

El petirrojo está entre las ramas de una zarza. 


Me mira tranquilo; pía con ese chillido opaco que emiten cundo quieren comunicarse. Se parecen sus cantares a los sonidos que emiten los grandes mamíferos marinos que consiguen llegar muy lejos.
Sus ojos grandes parecen cansados. 
Esta tranquilo.


Si ningún temor, despreocupado, baja de su laberintico y espinoso escondite y se me muestra corriendo por la hierba a un escaso metro de mí, como si algo quisiera mostrarme, decirme.
Me mira, vuela tres metros y se posa en el árbol de ribera que está justo enfrente.
Es un petirrojo viejo, muy viejo. Su porte ya no es el del joven petirrojo orgulloso de su terreno.


Parece querer algo, indicarme algo, contarme algo. No se va de mi lado y se mantiene constantemente a esos dos metros o tres de seguridad.
Para el debo ser igual de grande que un rascacielos y prefiere mirarme desde arriba, con aire de superioridad, demostrándome que en eso él es más grande que yo.
Su pecho ya no esta tan anaranjado como el de los machos jóvenes y casamenteros, por el deben haber pasado varios inviernos y hay un deje de tristeza en su mirada.


Quizás con sus trinos me está contando su vida. Describe con ellos sus años de juventud, en esta misa zarza, cuando era el señor poderoso del lugar y dominaba esta parcela del rio. Sus alas fuertes y su trino le hacían el dueño de las damiselas que por allí pasaban. Su descendencia tuvo que buscar otros lugares donde criar, porque él era el dueño de la zarza y del árbol.



Ahora sabe que su territorio está en peligro. Puede llegar un macho joven y apuesto para expulsarle de su zarza y de su árbol. Quizás por ello me deja que me acerque. En sus generaciones ha visto a muchos cazadores pasar por las orillas del Cofio y sabe que no llevo escopetas, ha visto disparar contra otros, nunca contra él.
Parece querer compañía, como si llevase mucho tiempo solo.
Las plumas de sus alas aun están perfectas, gracias a eso vuela, pero las de la cabeza y el pecho comienzan a describir la vejez.
Curioso, parece querer indicarme de nuevo algo.


Cambia de rama y pía como si su voz saliese de un apartado lugar de la zarza, amortiguada por las espinas y las moras.


Comienzo a entender su mensaje. Sabe que si el invierno es crudo, no lo pasará. Comunica su tristeza por dejar un mundo donde ha vivido, amado y disfrutado. Y quizás me ve y piensa lo mismo de mí. Seguro, el petirrojo me está diciendo que yo también me estoy haciendo viejo y que mi zarza la ocupará otro dentro de poco. Mantenemos un dialogo los dos colegas viejos, el pía, yo susurro pequeños trinos. Nos comunicamos, nos vemos; en el silencio del campo nos entendemos. A mí me gusta tenerle cerca, me da confianza; a él le gusta sentirme al lado, le doy compañía. El en su soledad y yo en la mía nos comunicamos y nos entendemos. Cruzamos las miradas y sabemos el uno y el otro que podemos pasarnos horas hablando en silencio, sin molestar al bosque, ni al rio, ni al aire que nos envuelve a ambos.


Llega el momento de la despedida. Lo miro por última vez. Me mira por última vez. Los dos sabemos que tenemos que andar nuestro camino; los dos sabemos que vienen los inviernos y que al final lloraremos al perder de vista la belleza que nos rodea, nuestras zarzas y nuestro árbol. 
Doy un paso atrás. Da un corto vuelo y se introduce entre las espinas de la zarza. A él no lo sé, pero a mí me entra una especie de congoja por no haberle dedicado unos minutos más. El petirrojo sabe que debo seguir mi camino y me facilita la huida. Y sigo mi andar, echando de vez en cuando la mirada atrás, al árbol y a la zarza. Seguro que desde allí me observa alejarme.



Al cabo de unas horas, cuando bajamos de nuevo, rio Cofio abajo, me acerco al árbol con la esperanza de volver a ver al petirrojo viejo. No lo encuentro. Me quedo un rato, haciendo los mismos chasquidos que cuando estuvimos juntos, pero el petirrojo viejo no aparece.


Dejo el árbol y la zarza y continúo mi camino. Un chasquido conocido me llega al oído. Me giro. No lo veo. Estoy seguro que ha sido una despedida.
En el rio Cofio, 8 de agosto de 2015.
Ami amigo el petirrojo viejo.

5 comentarios:

  1. Emocionante relato, Antonio. Fiel reflejo de muchas soledades humanas en el devenir de la vida. Y solo quién te entiende te hará feliz. Un abrazo.

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  2. Me encantan tus artículos y la manera en que los presentás. Gracias!

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