viernes, 27 de noviembre de 2015

La primera puesta de sol después del hospital.-

Estaba esta tarde escribiendo sobre un tema románico-gótico, cuando al mirar a través de la ventana me he dado cuenta que unas nubes livianas cruzaban el cielo.
He pensado que bien abrigado, protegido contra las miasmas del frío y del viento, quizás valiese la pena ver si ese cielo era capaz, como en tantas otras ocasiones, de darme un maravilloso espectáculo.
Para que os situéis, os diré que las fotos están hechas a unos treinta kilómetros de Madrid en dirección oeste, allí donde la llanura comienza a dejar de serlo, para con suaves lomas irse acercando a las tierras altas de Valdemorillo como antesala de una sierra que se acerca a pasos agigantados.
El terreno, como ya he dicho de suaves lomas, sembrados, encinas que pululan como en toda la meseta donde las dejan, produciendo unas sombras largas de las que otros días os presentaré cuentas gráficas de ellas.



Cuando llego al lugar desde donde quiero hacer las fotos, el sol esta aun alto, demasiado alto, pero no me importa y hago una primera foto de las ciento y pico que he hecho a este atardecer.
El cielo azul impresiona, salpicado de unas nubes que parece que me van a dejar en la estacada.


Espero tranquilamente, un ratito más. El sol aun alto, pero unos tonos comienzan a cambiar en los algodones que inmóviles se dejan moldear por el viento. Formas alargadas y fusiforme, señal que haya arriba los aires son fuertes y las nubes toman su forma aerodinámica para volar en el viento y permanecer largos ratos en el mismo lugar.

Levanto mi vista a lo alto. Me siento pequeño cada vez que, solo, hago esto. Te das cuenta que eres infinitamente pequeño bajo ese cielo enorme que te cubre.
Unas nubes gaseosas, suaves y ligeras contrastan con otras más densas. De momento todo sigue igual. Tengo la sensación que mi espera se va a ver frustrada.



Estoy abrigado como si estuviese en el Polo Norte y la verdad es que no hace excesivo frío. Es más molesto el aire. Pero aun así he tomado mis precauciones y estoy tapado como podéis ver en la foto.


De repente algo comienza a suceder. Primero las nubes se entonan con cálidos y suaves tonos pastel. Adquieren un color que está entre el blanco y un gris marrón. En los bordes parece que, como si fuese un cometa, la nube quiere ir desprendiéndose de parte de sí misma para formar la cola.



El sol se ha colocado detrás de esas nubes que se ven abajo en el horizonte, ya no molesta a los ojos.
Una nube fusiforme, parece brillar como si el sol estuviese dentro de ella.
Algo me dice que he acertado viniendo esta tarde.
Siento gozo y siento miedo. Me pregunto si he hecho bien viniendo, después de tantos días en el hospital. Pero me encuentro bien, estoy disfrutando como un crío, puedo estar de nuevo en contacto con la tierra y el cielo. Soy feliz.



De repente comienza a producirse el milagro.
Una nube me arroja reflejos rojizos mientras el resto del cielo sigue con los tonos pastel.
Si esta, que es la más cercana a mí, se está empezando a poner así, aquí va a pasar algo fantástico.
Las puestas de sol castellanas son espectaculares. Siempre lo son. Veamos a ver qué pasa.



El cielo se convierte de repente en un fuego que va incrementando sus tonos de forma espectacular.
Abajo, en el horizonte el sol se ha escondido definitivamente entre las nubes y sus rayos al atravesar tanta atmósfera se ralentizan y tienden al rojo. La nube fusiforme ha dejado de ser una luminaria y solo sus bordes inferiores reflejan la luz brillante del astro rey. Tras ella una cola al estilo del más puro cometa comienza a dejarse ver.
El horizonte tras las encinas ruge fuego.



Han pasado otro cinco minutos quizás o algo menos, pero está claro que la maravilla del este atardecer se está presentando en toda su fuerza con una explosión de color maravillosa.
Abajo el fuego del crisol que quiere convertir las nubes en oro mientras están intentan en un último y desesperado esfuerzo conservar la luz del astro, la vida.
Los colores parecen estar en una guerra constante. Rojos, dorado, grises y azules combaten por tener un lugar importante.
Y sigo solo. Aquí nadie ha venido a observar esta maravilla. De vez en cuando pasa un coche y me mira. Debe pensar que estoy intentando fotografiar algún bicho, pues me doy cuenta que no son capaces de mirar al cielo infinito.
Y tú no estás conmigo, ni tu tampoco, Soledad.



Me voy hacia casa. Tengo que luchar conmigo mismo para no seguir clavado mirando el cielo.
Hace frío y viento. Tengo que moverme.
Los tonos son ya demasiado escasos. Las nubes comienzan a convertirse en monumentales sacos negros y solo alguna enseña color.
Cada diez pasos me giro a mirar. Cada diez pasos una foto. Luego vuelta a mirar y a disfrutar. Otros diez pasos; otra foto, otro mirar.
Y sigo andando solo hacia casa.
Sed felices.
Antonio

3 comentarios:

  1. Preciosas las fotografías, lo que cuentas y como lo cuentas, nos transportan a un precioso lugar, que no conozco, pero que sin duda lo es... no me extraña que te hayas sentido feliz ante tanta belleza. Cuídate mucho y sigue deleitándonos con tu trabajo. Eres un gran fotógrafo. Un saludo, Rosi

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  2. Gracias Antonio, me ha encantado el reportaje. Soy una fanática de los atardeceres creo que es el momento más sublime del día, el momento de la reunión de los astros con la luna y de las musas del sueño. Un saludo

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