jueves, 27 de diciembre de 2012

ADIOS AL OTOÑO.- Hojas de los robledales de El Escorial

 





Ayer estuvimos andando un rato por las cercanías de la Silla de Felipe II en El Escorial. Pensé que iba a encontrar más gente paseando, pero el día gris y frio no invitaba; el silencio en el monte era una delicia, solo roto de vez en cuando por una leve ráfaga de aire que presagiaba una lluvia que llegaría mas tarde. Fuimos a despedirnos del otoño. Las últimas hojas estaban intentando prolongar su estancia en el árbol deseando poder seguir contemplando las maravillosas vistas de  Abantos y los montes escurialenses. Sus compañeras, caídas ya en la propia  alfombra a tejer, no entorpecían su visión.
 
 
 
 
 

Hojas, siempre hojas que marcan el paso del tiempo. Relojes nuevos todos los años que nos marcan poco a poco con horas de color el paso de las estaciones. Hojas de arboles que eternos viven al sol y duermen en los fríos del invierno. Me gusta fotografiarlas; son todas iguales, pero cada una tiene su personalidad. Su estatus dentro de las jerarquías del árbol. Las ultimas en abandonarlo, las más fuertes, las más arraigadas.
 











 
Los robledales eran una mancha gris del tono de las ramas, salpicadas de vez en cuando por motas amarillas y quizás alguna aun verde que les daban color. Allá abajo, el monasterio y antes los prados verdes de un campo de golf jugando con ellos a estampar el paisaje. De vez en cuando, en mitad del robledal, una mancha de verde oscuro, pequeña, dejaba a la vista un enebro que la naturaleza espontáneamente ha colocado en el lugar.
 

 
 
 
 
 
 

Y contrastando con el robledal, en las faldas de Abantos y San Juan, los pinos dejan su otro tono verde, distinto, casi azulado en la distancia pareciendo querer señalar las pequeñas manchas blancas de la nieve que aún queda de la semana anterior.










Todo es paz a nuestro alrededor. Silencio que no nos atrevemos a romper porque en ese momento no hace falta. Las rocas, engalanadas ya con sus mantas de invierno, de un verde rabioso, y los arboles con sus manguitos de líquenes grises nos acompañan; parece que nos persigan en nuestro paseo.








 
Unos con formas enrejadas parecen querer obligarnos a no traspasar el lugar; como cárceles naturales donde las ramas son las rejas; otros, rasgados por un animal o por la mano del hombre, resisten el embate del tiempo; aquellos, que refugiados en sitios más cálidos de la espesura, son como faros encendidos de tonos verdes y amarillos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Llegamos a una tapia de piedra y desde allí, respetando lo que ella significa, nos dimos la vuelta a contemplar el paisaje. Delicioso. Suave y brusco a la vez. Y en cada árbol una hoja o dos, nos recuerdan que el invierno está a punto de llegar y que debemos despedirnos del otoño. Un otoño que ha pasado rápido, veloz, casi sin darnos tiempo a empaparnos de él. Y mañana, cuando lleguen las fuertes heladas invernales y las verdaderas nieves, lo echaremos en falta, por su calidez y su color. Tendremos que esperar cuatro meses para que aquí mismo el tono gris desaparezca dando paso a la vida nueva que surge cada primavera….
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Nada más. Espero que os hayan gustado. Sed felices
Antonio


1 comentario:

  1. Me ha encantado. Es una verdadera delicia leerte mientras contemplo tus magníficas fotografías; pero, sobre todo, la cuarta y la última. Sublimes. Un abrazo.

    ResponderEliminar