jueves, 24 de abril de 2014

HISTORIAS DE MI MADRE I: LA INYECCION

Hoy voy a inaugurar una nueva etapa en el blog, basada en las conversaciones que todos los jueves mantengo con mi madre. Historias de su juventud, de la posguerra, de sus dos bodas etc., conversaciones que ella sabe que voy a editar contando la historia, sin decir ni en qué ciudad, pueblo o provincia de España donde se produjo, ni colocando los verdaderos nombres de los personajes.


 
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Ahora con sus casi 95 años, tiene más memoria que yo y en este momento la estoy oyendo hablar con una sobrina suya de cosas de 1925 mas o menos y me está dejando impresionado.
Para empezar vamos a contaros una historia titulada La Inyección.
Corría el año de 1943 o 44, y ella había realizado el curso de enfermera y le adjudicaron que todos los días fuese a distintas casas necesitadas a poner las inyecciones a los enfermos.
Comenzaba su andar por ciertos barrios de una periferia de una ciudad española e iba de casa en casa con aquellos cachivaches de latón o acero donde se hervían las jeringuillas y las agujas de múltiples usos, colocando en su interior un poco de agua y utilizando la tapa para verter en ella alcohol y producir así el hervor del instrumental de cura.
Pues estando en esas, le toco ir a una casa donde una señora de unos sesenta años, de condición humilde tenía una enfermedad grave.
La mujer estaba colocada en su cama, cuidada por su hermana.
Mi madre llegaba y después de preparar sus instrumentos de tortura, retiraba las sabanas de la enferma, le subía el camisón y ante la atenta mirada de la hermana, que observaba la operación con cierto temor, le ponía la inyección donde se hace normalmente.
Así una y otra vez durante dos meses.
Un día llego a la casa y se encontró a la enferma rodeada su cama por seis o siete sillas y en ellas sentadas unas cuantas mujeres que rezaban algo, no recuerda si era el rosario o cualquier otra oración, y comenzó con su ritual de siempre.
Hirvió jeringuillas y agujas bajo el fuego de aquel alcohol de quemar, quizás más tiempo del necesario distraída por la aglomeración de gente a su alrededor, vertió el suero dentro de la ampolla de la medicina, vatio bien el medicamento y como siempre se dispuso a poner la inyección.
Se dirigió a la cama de la enferma y retiro como siempre la sabana para acceder a la zona donde pincharla y pego un grito porque se encontró a la enferma vestida de negro, de un negro rabioso, con medias del mismo color, y zapatos más negros que las medias y el traje.
Fue tal su susto que ni pincho a la enferma y cogiendo en un aparte a la hermana le pregunto:
¿Pero cómo tiene Ud. a su hermana vestida así y con zapatos si no puede moverse?


 
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A lo que la mujer respondió:
Mire Ud. enfermera, es que el médico nos ha dicho que no le queda mucho,  que cuando se mueren se quedan rígidos y nos va a costar mucho vestirla.
Le estaban haciendo el velatorio en vida, la tenían amortajada y preparada para enterrarla. Mi madre, no recuperada del susto, salió de aquella casa corriendo.
La mujer por lo visto aun duró dos días, y fue enterrada con el mismo traje, las mismas medias y los zapatos negros.

--o0o--


Esta es una  de las historias que tengo apuntadas en mi cuaderno de campo, pero hay muchas más.
Buen día a todos.
Antonio

2 comentarios:

  1. Esta nueva etapa en el blog promete y mucho ¡Qué cosas! !Qué susto!

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  2. Decíamos ayer de Gerald Durrell... tu no le andas lejos.. escribe escribe... jajaja

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